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Un blog diferente.

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martes, 24 de septiembre de 2013

Vida en tus sueños.

Nunca te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío se queme,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay Fuego en tu Alma,
Aún hay Vida en tus Sueños.

Mario Benedetti

***

Lentamente los ojos de Ramiro se fueron cerrando. Sofía, asida de sus manos, lloraba, casi sin hacer ningún ruido. Solo unos sollozos, suspiros incompletos, mutismo sobrio. Todo en ella parecía tomar un sentido cada vez más sutil. La forma en que articulaba las palabras, la entonación y fuerza en que se emitían parecían desvanecerse. Hablaba para sí, no para los que le rodeaban. Las preguntas que tenía se le acumulaban sobre sus párpados de noches completas. ¿Cómo sería todo después de esto?

Aún no quería estar en el presente. Solo deseaba ese momento, ese espacio cálido en la última mañana de invierno en la que su pequeño le abrace y sonría con la mirada cansada por un día de mucho jugar. Hasta mañana mami, te quiero mucho. Hasta mañana papá, cuida de mamita desde dónde estes. Te quiero... Unos minutos después, un susurro tenue que se escucha en todo el pasillo. Te amo.

Los objetos no solo se contienen a sí mismos. Los objetos cargan, sin saber, los recuerdos de sus dueños, de sus interacciones a través de ellos. No respiran, no miran, no duermen, ni hablan. Sin embargo, inertes, mudos, vacíos, nos cuentan sus testimonios de lo que viven, de lo que les tocó compartir con sus dueños, de las emociones que despiertan en ellos. Los objetos le ayudaban a retener el pasado en el presente. Ella lo volvía a vivir junto a ellos.

Un pato flotante, pequeño, sonriente. Con un diminuto hueco en la boca para que salga el agua en un chorro y juegue el pequeño Ramiro mientras lo bañan. Fue entonces cuando empezaron a darse cuenta que algo no iba bien. Un estornudo y una sonrisa a medias. Diana, la jovencita que le cuidaba, no le dio mayor relevancia sino hasta que lo estuvo secando. Le pareció poco usual que el niño no estuviera inquieto. El pequeño no se escapó de las manos que lo arropaban, estaba muy calmo después del baño. Lo alistó para dormir y no tomó mucho tiempo para que las luces del recinto se apagaran.

El carro que su padre le hubo enviado. Un vehículo azul marino con líneas blancas. Luces que se prendían al sonido de una tierna música de cuna activada por una pita que recogía mientras duraba la canción. Ese juguete fue testigo y consuelo después de un día de fiebre cuando el pediatra lo evaluó y posteriormente explicó lo que estaba pasando en el cuerpo decaído de Ramirito.

Unos cubos de juguete con dibujitos, letras y números en alto relieve que se caían de la cama de la clínica cuando se quedaba dormido después del jarabe de las ocho. Papá, vino uno de esos días, acababa de llegar de Frankfurt. Lo miró durmiendo. Arregló el peinado de su bebé, el valiente capitán del crucero Golden Knight en el jardín de la casa cuyo camino empedrado era tierra firme y el pasto alrededor era el inmenso Océano Pacífico.

Un antílope galopante, cuyo rostro le causaba gracia imitar su expresión. Fue el último juguete que recibió y que le acompañó el día en que se fue. El día que su padre lo envió estaba en Nueva Delhi, acababa de aterrizar. Encontró el juguete en una tienda de artesanías. Sin pensar más, y pensando en la recuperación de su hijo, lo envió de inmediato. Llamó a su suegra, Viviana, y le dijo que pronto llegaría un juguete para Ramiro, para que lo espere jugando una vez recuperado de su enfermedad. No deseaba sentir dolor, estaba centrado en pensar en que se recuperaría en cuanto regresara, sin embargo a veces la realidad nos muestra el lado duro de la vida.

Padre. Eric Berne escribió sobre este rol. Uno aprende a ser padre desde que es hijo. Es más, uno actúa como padre cuando juzga que debe actuar de ese modo al pensar que debe proteger o corregir una conducta en una interacción con alguien de confianza. Uno se siente padre, además, cuando tiene un ser que depende de las decisiones que uno tome. Christian, no se sentía padre aún cuando se enteró que había dejado de serlo. No lloró, no sufrió, pareció no afectarle en lo absoluto. Desconcierto, por ponerle un nombre a lo que sintió entonces. Una sensación de no saber qué hacer, ni qué decir.

No fue sino hasta el día siguiente del entierro de Ramiro en que se dio cuenta que las cosas deberían tomar otro rumbo. Sofía no había dormido, había pasado la noche entera guardando los juguetes, recordando cada episodio y aventura que hubo vivido con su hijo. Sofía sutil, con las fuerzas debilitadas, parecía que su cuerpo se hubiera reducido al vestirse de negro. Christian despertó de madrugada y la encontró en el cuarto de Ramiro con el carro azul marino cantando su melodía alegre, la abrazó. Entiendo lo que sientes, yo también lo siento

Lloraron juntos. Sofía por el tiempo que no regresa, Christian por no poder regresar el tiempo.

***
Shjol. Palabra hebrea para llamar a los padres que perdieron un hijo. Una forma de identificarse como deudo, un modo de saberse dolido por la falta de ese ser indefenso que cuidamos con ternura y paciencia. Sin embargo, ese amor y ese querer sustentar una vida que quedaron pendientes por prodigar pueden tomar un nuevo rumbo, una nueva perspectiva y canalización de nuestro afecto. El apoyo a quienes carecen de ello, a pequeños huérfanos de afecto que buscan en la mirada ajena un ápice de certeza que tienen un lugar y función en esta vida. Que aún hay vida en sus sueños.

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