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Un blog diferente.

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domingo, 21 de septiembre de 2014

VI. Un día y nada más

Miguel esperó paciente de pie junto a la puerta cristalina de la biblioteca. Su reloj marcaba las seis con veinticinco minutos y no había señal de la persona que esperaba. Pasaron diez minutos más, muy largos, y a lo lejos se divisó alguien que caminaba torpemente, distraída, y chocando con algún transeúnte por casualidad. En vez de adelantarse a su encuentro, esta vez permaneció quieto y observando sus pies por si se presentaba la ocasión de verla trastabillar sólo para sentirse entretenido.
Con la misma paciencia de siempre se plantó ante él, acomodó sus cabellos negros y con una sonrisa, muy similar a la de aquella primera vez, le entregó el libro. El comportamiento extraño que había tomado lo dejó perplejo y, por un buen rato, se mantuvo observándola sin decir nada.
- ¿Sucede algo? - dijo la observada al verlo tan extraño, pues empezaba a creer que estaba loco.
- Nada, absolutamente nada- respondió apartando la mirada y sosteniendo el libro casi al nivel de sus ojos - te lo regreso.
- ¿Qué? ¿Qué tienes?- en su rostro se manifestó una notoria perplejidad. Se acercó un poco más para poder observar mejor su expresión - ¿Por qué no me lo dijiste antes para no venir?
Él guardó silencio por escasos segundos que a ella le parecieron durar más, pues la idea de haber perdido el tiempo no le era muy agradable. Retrocediendo un poco como para recuperar su espacio, que a voluntad había cedido para satisfacer su curiosidad, volvió a observarlo pero con impaciencia más que con extrañeza.
- Yo ya terminé de leerlo - respondió.
- Tú, seguramente, crees que uno tiene mucho tiempo para perder.
- Ya terminé de leerlo, cedértelo no estaría mal. Sólo quería recuperar mi marcador.
- Entre la gente rara que he conocido tú sí te pasas...
- Me voy. Adiós- dijo Miguel sin darle tiempo a hablar más y aseguró su mochila para irse.
Lucy lo vio retirarse con cierta curiosidad. Y nada nuevo sucedió ese día.

La mañana de ese miércoles fue gélida y gris, el invierno parecía haberse establecido por adelantado en ese momento. Con una manta sobre los hombros, sentada, casi acurrucada, en uno de los sillones de la sala, Lucy leía concentrada y como fuera de ese mundo. Por momentos despegaba su mirada y la dejaba perdida en algún punto inespecífico.
Cerca de las nueve de la mañana cerró el libro, lo metió en su morral y se dirigió hacia la puerta. Su madre, despierta mucho antes que ella, sólo se dignó a asomar la cabeza por la puerta de la cocina, pero esta vez se volvió rápidamente para evitar ser descubierta. Lucy había recordado algo: no tenía que darle el libro otra vez. Dibujo una sonrisa victoriosa, por haberse quedado con el libro, pero después esa sonrisa se borró. Seguramente en ese momento se sintió incómoda al darse cuenta, como si no lo hubiese hecho ya, que Miguel había terminado de leer antes que ella y que burlándose de su poca velocidad la había citado sólo para pedir su marcador. Dando vueltas en su mente pronto se cansó y retomó su lectura en el mismo sillón.
Casi una hora después descendió por unas escaleras que conducían al segundo piso, un hombre en bata que llevaba una barba mal afeitada, cabellos ya en escacez, ojos grises o negros desteñidos, cejas pobladas, barriga notoria y arrugas en la frente. Era su padre, de rostro más severo de lo que realmente era, que bajaba pesadamente las escaleras para desayunar. Nunca se atrevió a preguntarle acerca de sus salidas de mañana y ella sabía que no lo haría. Su padre era probablemente uno de aquellos a quienes etiquetarían como "perros", pero reformado y sometido a prueba. Esa situación lo llevaba a ser siempre sumiso, no sabría asegurar si lo que lo movía era el amor por su mujer o el miedo a perderlo casi todo a causa del divorcio, pero allí estaba como fiel guardián de la casa, hombre de trabajo y padre casi ausente y sin voz. De ello había aprendido, Lucy, a sacar provecho, provecho que más usara para su libertad y para ir cada vez que podía a reuniones con sus amigas. Sin embargo esta vez abandonaba a su familia un tiempo y se iba a estudiar a otro punto del país, y por voto unánime entre el padre y la madre. Aunque su padre no se entrometía en sus asuntos estaba siempre al pendiente y sucedió que la había visto con un chico desconocido cerca a la biblioteca por lo que había persuadido a su madre de enviarla a alguna universidad donde pueda retomar de una vez los estudios que había dejado una y otra vez.
En estas cosas, cercanas, ella no pensaba en ese momento. Leyó casi todo el día. Se levantó muchas veces de su lugar, fue a su cuarto, leyó sobre su cama, sobre el suelo, en una silla, caminando y para la hora de la cena llegó a la mesa y mientras con una mano tomaba la taza, con la otra cuidaba no perder la hoja que leía.
"Si vas a leer, te vas a tu cuarto". Dijo su madre, pero Lucy sólo despegó los ojos del libro algo después, se disculpó y cenó velozmente. Cuando terminó, lavó los platos, tazas y cubiertos con la misma velocidad en que comió y fue a tumbarse en el sillón satisfecha. Se disponía a leer cuando su celular dio aviso de un nuevo mensaje.
---- Mañana me das el libro. Imagino que ya lo concluiste. Recuerda que yo usé mi carnet para sacarlo.----
Miró el celular con cierta viveza como tramando algo, pero esa era quizá su típica forma de ver las cosas cuando algo la tomaba por sorpresa.  Las luces de la casa brillaron unas horas más mientras, en el mismo sillón y luego en su cama, Lucy leyó hasta quedarse profundamente dormida, con las luces prendidas de su dormitorio.

Vnto



domingo, 14 de septiembre de 2014

V. La casa vacía

La mesa estaba dispuesta, diversos alimentos entre los que figuraban frutas, oleaginosas, cereales y pan se presentaban desordenadamente en una canasta al centro de la mesa. Una mujer de aspecto algo rechoncho movía un cucharon dentro de una olla vieja pero muy bien conservada mientras silbaba alguna canción antigua. En una de las sillas del pequeño comedor, un hombre delgado y serio leía algo en el celular, quizá noticias, quizá otro tipo de información. Para las diez de la mañana de ese día, el resto de la familia se unió al desayuno y al cabo de algo más de media hora, uno por uno fueron retirándose en progresión silenciosa, casi religiosa.
Para las diez con veinte, una llave giró la cerradura de la puerta que daba a la calle y esta se abrió lentamente. Lucy entró despacio y temiendo alguna recriminación. Llevaba aquel mismo libro que se ha mantenido en el anonimato hasta hoy y aferrado a este, se dirigió sin pensar más hacia la cocina: La casa estaba vacía.
En ese ambiente, una mesa circular, pequeña y de patas relativamente cortas, le daba la bienvenida con una nota escrita en una hoja grande, con una letra desordenada: "Hay comida en el fridge". Tomó la hoja, la arrugó y la depositó en un tacho cercano. Tras esto, se dirigió a uno de los sillones que estaban en la sala y se dejó caer en uno de ellos. Abrió el libro y observando la página en que estaba, parecía ser que pretendía terminar de leer un capítulo inconcluso.
Aquellos que han seguido la historia desde el comienzo se preguntarán la razón que justifique que Lucy tenga en su poder el libro siendo que ella, según el acuerdo, lo recibía en la tarde y lo entregaba en la mañana...
El día catorce de ese mes, Miguel no se apareció jamás, ella tampoco lo hizo, pues al enterarse de que no iría a recoger el libro, celebró la ocasión con un día de lectura en algún parque distante de su casa. De esa forma se invirtieron los turnos y aunque nada conveniente para Miguel, pareció no importarle mucho. Así Lucy quedó un tanto más convencida de que aquel trato había resultado en un buen negocio.
La fecha que marcaba el calendario era el décimo séptimo día del mes de junio. Este día tuvo en el cielo un cielo radiante y nubes escasas, llegaban rayos de luz que parecían proceder de muchos soles al mismo tiempo, que invadían la casa y se reflejaban en espejos, lozas, vidrios y todo objetivo que pudiere reflejarlos. Ante la observación de ello Lucy dejaba el libro para abstraerse en sus pensamientos. Pensar que de un momento a otro tendría que alejarse de su ciudad, su familia, su biblioteca favorita, sus parques elegidos para el buen ocio y la recreación. No derramaba lágrima alguna, pero el corazón lo mecía compungido en actitud triste, algo por lo que su familia había evitado hacerle observación alguna sobre sus salidas y actitudes.
En tanto seguía encerrada en sus pensamientos, el celular sonó. Su contestación algo apagada se llenó de sorpresa y tras un par de minutos de conversación, se levantó pesadamente del sillón, recogió sus llaves y también el libro, y salió a paso ligero.
La casa quedó inmóvil recogiendo la alegría que llegaba con los rayos de luz, asumiendo un aspecto primaveral aunque era otoño y el invierno se asomaba ya. Los ambientes inhabitados se refrescaban con el paso del viento frío y en el patio un pequeño aspa de molino giraba suavemente.

Vnto

domingo, 7 de septiembre de 2014

IV. La página negra

Tras dejar las maletas en el vestíbulo, Miguel indicó a su hermana cómo pensaba disponer de las habitaciones y le dio a elegir una. Para ello no tardó más de diez minutos, y tras ese lapso se encerró en su dormitorio.
La habitación era amplia. La cama consistía en un colchón puesto sobre un esqueleto de cemento trabajado artísticamente, y una decoración muy ingeniosa, que quizá al verla uno podría pensar que se trataba de un lujo sumamente costoso. El lado izquierdo de la cama estaba casi empotrado en la pared y medio metro más arriba había espacios ahuecados en forma cuadrangular que guardaban ciertos objetos y algún libro que otro. Pasando la vista de la cama hacia la ventana era inevitable prestar atención a sus libreros, muy ordenados, que encerraban gran cantidad de libros de diferentes temas, aunque llamaban mucho la atención obras de la literatura peruana y universal, puestobque eran los mas abundantes. Con leer los títulos, sin necesidad de más, uno sentíase escuchando una clase de literatura, con aquel profesor apasionado por el arte, recitando a conocidos autores y grandes obras. Pasaban por los ojos Moliere, Víctor Hugo, Tolstoi, Dickens, Kafka, Dumas, Neruda, Becquer, Machado, Witthman, La generación perdida en su totalidad, entre otros que harían la lista muy larga. Habían también tomos de enciclopedias, libros de cocina, ciencias de todos los tipos, historia, entre otros que ya habían perdido el título con el desgaste que traen los años. Era en sí, una biblioteca muy bien abastecida, y la mayoría de estos libros parecían haber sido devorados una o dos veces. Si revisabamos, en ese momento, el cuarto, de canto a canto nos íbamos a encontrar con muchos más objetos que nos harían imaginar que Miguel era uno de esos que viven de lo que el arte les puede ofrecer. Pero dejaré esa descripción para más adelante cuando el la situación lo amerite.
En ese momento, él se encontraba recostado de lado y en una postura incómoda. El libro en la mano, abierto y con las hojas tendidas de la manera particular en que lo hacen cuando uno escudriña las profundidades de un libro. Sus ojos absortos se perdieron en la lectura e hubiese estado en aquella postura y estado de concentración por horas si no hubiese llamado a la puerta su hermana. Dejó el libro abierto sobre la cama, metió sus pies en unas pantuflas que tenía debajo de ella y salió a atender el llamado.
Las horas habían transcurrido veloces y la noche llegaba a sus doce. Las calles de la ciudad habían quedado sin almas que quizá, las sombras que rondaban algunas calles eran de penitentes o ladronzuelos inexpertos.
Miguel y su hermana se miraban fijamente. Miguel tan sereno y poco comunicativo acababa de despachar a un hombre que llevaba un sobretodo gris muy oscuro, y se había presentado como Ron Marrón. Aquél hombre de barbas y cabellos castaños dijo que tenía algo importante que hacer y que no podría explicarle muy bien "aquel asunto". La pequeña conversación que entablaron pareció llevar consigo el recuerdo de alguna historia desnutrida, que tenía cierto rezago en la "página negra".
Tras la despedida de aquel hombre extraño y del que aún no sabemos mucho pero que es importante saberlo, Miguel regresó a su dormitorio y cerró la puerta tras sí. El ligero frío del otoño penetraba por las ventanas abiertas de par en par, pero parecía no importarle a él. No parecía molesto y quizá eso encerraba una alerta mayor, pero que el tiempo podía solucionar. Se dirigió a su cama, cerró el libro que yacía sobre su cama, lo dejó en un lugar inespecífico y se metió en su pijama de rayas grises y blancas. Su hermana apareció en la puerta, tocando suavemente como si temiese que ya hubiese quedado dormido. Miguel abrió la puerta bruscamente y se encontró muy cerca del rostro de su ella que llevaba una pequeña bandeja con una taza que contenía lo que parecía ser manzanilla.
- ¿Olvidé desearte buenas noches? Lo siento. Pero espero que no me pidas que te cuente un cuento- dijo Miguel, dejando que una sonrisa se dibuje en su rostro, una sonrisa a medias.
- No. Para eso ya habrá oportunidad. Toma, una manzanilla le dará algo de felicidad a tu noche- dijo la muchacha entregandole la bandeja y haciendo el ademán de retirarse- Descansa muy bien. Y no ronques.
- Yo no ronco.
- Ese secreto te lo guardaré - Sonrió de esa forma tan diferente a la de él y se fue tarareando alguna canción que acaso había inventado en ese momento.
Tras tomarse la manzanilla, Miguel se envolvió en sus sábanas y quedó profundamente dormido al intante. Las luces se apagaron en casi toda la casa, excepto en el patio por cuestión de seguridad pues era la única vía de entrada para algún inescrupuloso ladrón, que si bien eran escasos y usualmente tan torpes o poco ingeniosos que realizaban sólo pequeños robos, valía la pena ser precavido. El silencio comenzó su intento de reinado contra los ruidos que débilmente emitía la naturaleza y los habitantes de la zona se entregaron plácidamente a las horas de descanso y sueños.

Vnto

domingo, 31 de agosto de 2014

III. Los encuentros (segunda parte)

El viaje en metro, cuando no había asiento disponible, era largo y muy largo. No se disfrutaba de nada, incluso la observación era tediosa. En esos momentos la ansiedad, la frustración, la impotencia ante la situación, lo llenaban de ira. Tenía el libro, que hace menos de media hora había recogido, en la mochila y las ganas de leerlo metidas en un bolsillo, o quizá entre sus dedos encrispados. Qué diferente hubiese sido estar entre páginas con olor a papel viejo, viajando a lugares desconocidos dentro de ellas, conociendo y conociéndose, dejando por un momento el lugar reducido de un asiento y así escapando de todo y de nada. Pero a esa hora, poder tocar el suelo y respirar eran hazañas de mérito entre tantas personas que empujaban desde todas las direcciones. Una señora obesa empeoró la situación. Las filas y columnas, que no se distinguían unas de otras, se desplazaron con el mismo desorden, la mujer pasaba entre todos con los codos abiertos y jalando tras sí un bolso naranja que se atracaba entre el desorden de cuando en cuando. Miguel, atrapado en el espacio que hay entre una y otra columna de asientos, apenas si pudo contener la respiración para soportar la presión que se ejerció a los pocos segundos. Él sólo miró alrededor suyo, cosa que con su más de metro y setenta centímetros no era muy sencillo y por lo cual debía apoyarse en las puntas de sus dedos. Así pudo distinguir algunos edificios cercanos a su destino. Lo siguiente que hizo fue asegurar su mochila contra su pecho para atravesar aquel irregular y resistente conglomerado de personas de distintos tamaños y contexturas. Sin mucha dificultad, lo cual seguramente fue debido a que no era la primera vez que lo hacía, salió por las puertas del metro hacia la estación central, alisó un poco sus ropas, acomodó sus cabellos con la mano e inició la marcha.
Afuera caían gotas de una garúa ligera. Algunas personas, escasas realmente, llevaban paraguas y otras avanzaban acumulando pequeños puntitos blancos en sus cabezas y en sus prendas de algodón. El viento era suave, pero tenia la velocidad suficiente para hacerse sentir, frío y traicionero. Era una tarde buena para quedar en casa, cerca de alguna chimenea, como las que se describen en los libros de autores de épocas pasadas, en compañía de una jarra de leche caliente y galletas recién horneadas.
El cielo se abrió un poco más y la garúa se hizo más abundante lo cual parecía casi una escena de lluvia. Bajo el refugio de un árbol, alto y mal alineado, Miguel se detuvo por un tiempo no muy prolongado esperando que la lluvia cese o quizá a alguien, o las dos cosas al mismo tiempo. Allí, bajo el frondoso techo que se extendía sobre él, extrajo el libro (el mismo que tanto le había costado obtener) de su mochila y se disponía a leer cuando entre las escasas personas, que transitaban los espacios abiertos de suelos mojados, se hizo presente una silueta irreconocible, pero que para él parecía ser muy familiar.
- Hermano querido - diciendo esto, la muchacha, de cabellos oscuros y mirada audaz, que aparecía ya más claramente, rodeó el cuello de Miguel, abrazándolo fuertemente y estampándole un beso en la mejilla. Seguido de esto, estampó muchos más resistiendo los esfuerzos que hacía nuestro presonaje por librarse de ella.
-Hermano querido, lindo, precioso- seguía diciendo la recién llegada sin desprenderse del cuello de Miguel- no sabes cuánto te he extrañado. No he recibido ningún mensaje tuyo, apenas ese libro que lo debo tener en algún lado. Ya sabes como soy yo de pobre ignorante con esas cosas. A mi dame notas, no textos inmensos...
- Vámonos.
- No has cambiado nada. Sigues siendo el mismo gruñón. ¿Por lo menos te dignarás a ofrecerme tu brazo, cierto? - dijo al mismo tiempo en que adelantaba un poco la mano.
Con el rostro serio, que más que solemnidad parecía expresar enojo, Miguel caminó a zancadas, casi arrastrando a su acompañante, quien parecía divertirse con eso. Ella hablaba de muchas cosas, parecía que las palabras nunca se le acababan y si hacía alguna pausa era para oxigenarse, pues a veces daba la impresión que se olvidaba de respirar mientras contaba sus anécdotas.
- Debo decir que realmente te extrañaba - dijo y regaló una sonrisa franca.
- ¿Hace cuánto tiempo llegaste?
- No sabría decirlo - vaciló un momento. Observó el rostro de Miguel que seguía serio, pero esta vez ya había adoptado una expresión meditabunda que en realidad era la típica expresión en él. Tras recibir una mirada algo impaciente por una respuesta más precisa, continuó hablando - una semana, ¿es una respuesta acertada señor? Una semana, dos días y tres horas. Me estoy hospedando en uno de esos hoteles baratos. Es bueno saber que siempre tengo a donde regresar. ¿No te parece? La vida en Europa no es tan fantástica como crees, la gente es gente con otra forma de hablar y algunos se pueden parecer a alguno de nuestros maestros cultos y bien formados, como te puedes topar con un beodo crustáceo que donde cae la lata cae él. ¿Me estás escuchando? Sé que lo haces. Sigo...
- La casa no ha tenido mucha limpieza en este tiempo. Tendremos que mover algunas cosas.
- Papá...
- No lo menciones. No quiero saber más. Vayamos a comer algo y después te ayudaré a instalar te.
El silencio se manifestó por varios minutos. Ella bajó un poco la cabeza y siguió avanzando ya no con la misma expresion divertida de antes, sino con cierta nostalgia. Mirando una vez el rostro de su hermano, se aferró un poco más a su brazo y se dejó guiar por él lo que quedó del camino, con la mirada caída y la expresión perdida.

domingo, 24 de agosto de 2014

II. Los encuentros

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Transcurrieron cuatro días tan ligeros como el viento de aquel otoño, sincopado pero veloz. Eran siete para las nueve de esa mañana y, sentado en la banca que queda fuera de la biblioteca, esperaba él de la misma manera en que lo hizo los días anteriores: con un vaso de chocolate, un croissant y un libro cerrado.
Ella llegó tres minutos tarde, lo cual ya le irritaba bastante. Llevaba los cabellos alborotados y la casaca arrugada, de lo que seguro no se había percatado. Se saludaron con un beso seco, que quizá fue más un ligero roce de sus mejillas que un beso y se quedaron en pie mientras ellas extraía el libro de su morral. Él la apuraba con la mirada, lo cual parecía despertar cierto placer por el sufrimiento ajeno en ella. Así y casi de la misma forma se habían repetido los hechos en los días anteriores, y tan igual como sucedió lo anterior, él recibió el libro, giró sobre sus talones y se marchó.
Así pasaron tres días más. El libro contenía dos marcadores que poco a poco habían avanzado hacia en final, a veces iba uno por encima del otro y otras, al revés. Dentro de esto, no exagero al afirmar que ninguna sonrisa se dibujó durante esos encuentros, y que si se saludaban era un mero formalismo. Pero esa frialdad dejó de ser o dio un primer indicio de ello quizá ese lunes de tarde.
Ella llegó cuatro minutos tarde y subió unas gradas pequeñas para llegar a la biblioteca. Esta vez él, cansado de esperar paciente a que ella se acerque con aquella lentitud única que puede quitarle la paciencia a cualquier santo, se puso en pie y se adelantó a su encuentro. Lo siguiente que pasó fue ver a aquella chica trastabillar, resbalarse y caer lentamente. Casi instintivamente la tomó del brazo, y la sostuvo, pero el suelo estaba mojado por la garúa de la tarde, y por la velocidad con que se dieron las acciones no pasó más que un instante para que desafortunadamente él también resbalara. Y allí estaban los dos, en el suelo, algo adoloridos. En tanto él refunfuñaba, se miraron por un instante y ella sonrió.
- Mi nombre es Miguel.- dijo de forma automática devolviendo la sonrisa, la cual parecía costarle cierto esfuerzo- Nunca lo preguntaste.
- Sí lo sé, lo dice el marcador que has dejado en el libro- respondió ella asumiendo el rostro inexpresivo que había mantenido durante ese tiempo y parándose al mismo tiempo que extraía el libro de su morral.
- Muy bien, Lucrecia- dijo mientras se incorporaba, también, y extraía el libro de los brazos de ella. -Adiós.
Ella quiso refutar algo, pero el intento era en vano. Miguel ya había cruzado la avenida sin mirar atrás y a paso muy veloz. Caminó el corto trecho hacia un paradero y llamó un taxi.
En el reloj de una parroquia las agujas llegaron al punto más bajo: las seis y media. Nuevamente pequeñas gotas se precipitaron durante una hora o algo menos y en las calles la gente se ocultaba entre las sombras. El tiempo se tornaba cada vez más frío; las noches, más oscuras; las tardes, más ralas y las horas más cortas. Se terminaba la primera semana desde aquella ocasión de la biblioteca y con ella decrecía la cuenta regresiva para su viaje...

domingo, 17 de agosto de 2014

I. Aquel día en la biblioteca.

 Leer capítulo anterior
i
Mientras repasaba con la mirada los títulos que se extendían delante de él, se topó con uno en especial. Lo observó largo rato, meditabundo, y, tras ese lapso, lo separó del resto cuidadosamente.
- Es una buena elección- dijo una voz detrás, a la que le siguió una risa pequeña-. Lamentablemente, te has llevado el último.
Él giró la cabeza y sonrió. Las dos jóvenes que estaban detrás le devolvieron la sonrisa.
Ambas vestían de manera similar, se diferenciaban notoriamemte sólo en que una de ellas usaba gafas, de marco grueso. Compartiendo ese metro cuadrado y mantuvieron la mirada entre ellos, los tres, hasta que aquella risa pequeña volvió a escucharse. Entonces ambas miraron lo que él tenía entre sus brazos. Llevaba, él, mucho tiempo esperando por ese libro. Todas las veces que habia ido a buscarlo a la biblioteca, este ya había sido prestado. Entonces por instinto lo abrazó más fuerte.
- Me gustaría leerlo. Me iré de viaje pronto y llevo tiempo esperando por él- dijo, decidida, una de las jóvenes - ¿Podemos llegar a un acuerdo?
- Lamento decir que no- respondió con la cabeza gacha y el ademám de huida. Pero no pudo dar más de dos pasos, porque la misma que decididamente le había pedido el libro, estaba parada frente a él. Con los puños cerrados y un gesto usual de una paciencia agotada, aunque motivos aparentes para haberse agotado tan pronto no parecían existir.
- No cederé, no insistas.
- ¿Es que ya no existen los caballeros?
- Es que ahora abundan las caprichosas y la caballerosidad está desmerecida.
- ¡Cómo te atreves! - con un gesto de indignacion se acercó más a él- Dime, ¿tú quieres este libro?
- Así es.
- Yo también lo quiero- se acercó más. Su mirada intensa hizo retroceder a su interlocutor.
- Te daré una salida- agregó- con la cual ninguno de los dos perderá.
- No me inter..
- Sí que servirá. Cada día, durante las dos semanas que calculo para terminar de leerlo, nos encontraremos en esta puerta. - respiró y prosiguió - Entonces uno leerá en la tarde y otro en la mañana.
- Que no me int...
- Y si no llegamos a un acuerdo, te prometo hacer un escándalo - finalizó.
El choque de ambos coincidió en una justificación extraña, pero el pacto fue sellado y a partir de entonces tomó rumbo el acuerdo. Ella más astuta que él lo dejó a la suerte y como ya se clavaban las agujas del reloj de la biblioteca en las seis de la tarde, acordaron que a las seis de la tarde y las nueve de la mañana se darían los cambios.
Él salió de la biblioteca con un sinsabor, cuando buscaba más paz era cuando menos la encontraba. Y ahora esa mujer Lucía, Lupe, como se llame, había arruinado sus tardes perfectas de lectura. Sin embargo, eso era mejor a tener arruinado el día por una caprichosa de tal nivel.
Cargó la tarjeta del metro y se embarcó en una de las líneas, que a esas horas estaban no tan solicitadas, y se sentó a leer.
Leer siguiente capítulo.

domingo, 10 de agosto de 2014

L'adieu

Los días han sido más noche que día. El frío ha invadido cada espacio posible y los solitarios se han sentido presas del invierno, que recién apunta a alcanzar su etapa más cruda.
Dentro de estos días gélidos, exactamente hoy, está de pie en el paradero. Su casaca impermeable soporta la caída de las gotas de las lloviznas misteriosamente abundantes, tiene unas zapatillas de lona gris que están empapadas, tirita un poco de frío y busca la fuente más cercana de calor... Pero no ha llegado aún. Quedaron en encontrarse en el paradero. Por primera vez siente tanta emoción por algo, por su mente pasan ilusiones del futuro cercano, construye planes meticulosamente pero de una forma muy torpe y, en tanto espera, se congela más y más. La gente deja el lugar cada vez más solitario y frío.
Recuerda sus brazos rodeando su cintura, sus ojos chispeantes, su sonrisa traviesa y ese nosequé que nadie puede definir, pero que le da ese plus a este tipo de situaciones. Quizá para él es perfecta, quizá es la única, pero ella no lo sabe. La espera terminó. El viento que traía las nostalgias carga también con ella y la acerca más y más. Él es feliz, dentro de esa posible mentira, se cree feliz.
- Hace frío- dice ella con un gesto común, pero rechaza la casaca que se posa sobre sus hombros.
Ha pasado poco tiempo y su frialdad, tan parecida al tiempo, le dice todo y nada. Pero quizá más todo que nada. Las horas han pasado volando, el camino es oscuro y cada paso se ha llenado de un pesimismo único. La posibilidad de rechazo lo hace retroceder unos pasos, su sonrisa se esfuma, su corazón se deja enfriar, sus palabras se endurecen y su cuerpo gira en torno a sí. No sabe cómo pero ahora está muy lejos. Se ha ido sin decir adiós. La olvidará, ha dicho, abruptamente. Ha dicho un sinnúmero de cosas más en voz alta que quizá no recordará o de las que se pesará.
Y el amor se acaba, se va con un suspiro, suave y pausado. Su frente se afecta por un gesto de dolor y su mirada se nubla por las pequeñas gotas que recorren ya sus mejillas.
- Es lo mejor- se dice. Porque no sabe qué más decir. Quizá la vida tiene métodos de enseñanza muy duros, pero "todo estará bien".
Camina a lo largo de las veredas húmedas. Piensa en algo que no se puede saber a ciencia cierta. Sabemos que sufre, como todos podemos llegar a hacerlo algún día... Así se va, con sus sueños (que son pesados) para tirarlos al mar...

Pero el pasado está aún allí, perenne, y cuenta desde el primer momento, ese que enciende la chispa de todo lo demás...

Vento 
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