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Un blog diferente.

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viernes, 22 de agosto de 2014

Las chicas sin suerte.

Claro, definitivamente esa clase de chica no nace con un paquete colorido de suerte debajo del brazo, ni crece en medio del escenario recibiendo aplausos y ovaciones, tampoco se queda con el príncipe azul, ni mucho menos es considerada todo el tiempo por las personas.

Una chica sin suerte, como muchas, como yo.

Y es que si analizo un momento que significa tener “suerte”, me voy dando cuenta de que es algo mítico en lo que los seres humanos han depositado todas sus excusas, culpas y desgracias; no algo que en realidad exista. Y si existe, pues yo no la tengo. ¡Enhorabuena!

Las chicas sin suerte, aquellas que jamás tuvimos el vestido rosado de moda, las que jamás estuvimos en el listado de las más populares, ni a las que les chorreaban por montones los amigos; tenemos algo mejor, intrínseco, innato, que cuando lo usamos brilla y retumba cual relámpago. Sacude y transforma nuestra encarcelada “suerte”.

El otro día escuche que alguien decía: «La suerte de la fea, la bonita la desea», pero la fea no tiene suerte, tiene actitud. ¡Exacto!

No necesitamos sentarnos a esperar que la mendiga “suerte” venga y nos regale un poco de todo y de nada, no esperamos a que las olas nos lleven a una orilla común y corriente. Nosotras remamos con fuerza, con actitud, con nuestro propio estilo para llegar a donde queremos. Ya no pedimos limosnas, ni suplicamos por un poquitín de aquello que todas tienen, nosotras hacemos la suerte.

¿Para que el escenario? ¿Para que el príncipe azul?
Nosotras -las de mi clase-, ya nos rebelamos.

Si no eres una «chica con suerte» date cuenta que no la necesitas, jamás la necesitaste. Tú haces de tus sueños, tus aspiraciones, tus amores algo más grande, único, e inigualable. Porque somos grandes, únicas e inigualables. No las típicas “suertudas”.


No existe la suerte, y felizmente digo que soy una chica sin suerte.

jueves, 21 de agosto de 2014

Ruta B

Déjame apreciar la noche, tus cabellos, cual ella, siniestros ocultando tu rostro. Déjame detener tu mirada a mitad de camino, reducirla un instante para que quepa en alguno de mis bolsillos. Tú y yo. Juntos. Dentro de este frío dulce y sereno.
(Hablo solo).
Hoy suena alguna radio con mala frecuencia, nos dejamos llevar por un momento por el azul marino del cielo, por la velocidad del viento, por la inmensidad de los cerros que se alzan por entre los techos. Lo fatal, lo amargo, la fortuna, la pasión, se entremezclan en una amalgama color azabache que suena a amor del malo. Pero eso se pierde, se oculta bajo los misterios que las noches encierran.
(Escribo...)
Si supieras,
Si supieras tanto como yo quiero saber,
Si miraras un poco más allá, si dejaras reposar tus alas para contemplar la naturaleza humana, si vieras el correr de mis manos sobre la tinta, si escucharas las palabras que toman vida en tus labios, si en el reflejo de la luz vieras tu rostro, el mismo rostro que yo veo, el rostro de un ángel.
Si...
Un día de sol sería un eterno ritmo en nuestros pies, en nuestras mentes y en nuestras almas. Volar, caer, flotar en el aire: figuras, colores, señas, ensoñaciones. Dejándome llevar por la única realidad que me despertará de las pesadillas que parecen repetirse en la política, los canales y las calles: el amor.
(Ella)
Mi ángel se viste de negro, pero aún así no se pierde el alma argentina que lleva dentro. Es el mismo esplendor, la misma pureza, los mismos ojos entrecerrados, la misma boca pequeña, el mismo don que sólo seres creados para ello manifiestan.
Mi ángel aparta su mirada por instantes cortos y preciosos; el temor a lo humano es su debilidad y el amor, su mayor virtud. Yo soy el personaje que escribe a colores y se oculta entre sombras para esperar su llegada, si llega o si llama.

***Bumbuki

miércoles, 20 de agosto de 2014

Tuyo y de nadie más.

Que controles los minutos que solían ser sólo míos,
que respires dentro mío en el espacio infinito.
Que me tomes de la mano y no te atrevas a soltarla,
que me lleves a esa estrella sin que pueda yo dejarla.

Que me selles como tuyo y de nadie más que tú,
que me sigas hasta mañana, no me dejes caminar,
que me digas que me amas aún si no puedo escucharte,
que me escuches en silencio, que te atrevas a besarme.

Porque de todo lo que diría, podría asegurar
que jamás en este mundo podría yo amar
a alguien como a ti así como te amo.
Confieso, mi amor, que eres mi milagro.

Que me distinga entre todos porque eres sólo mía,
que la gente tome en cuenta cuánto yo no merecía,
de las muchas bendiciones llegaste tú a mí,
hermosa damisela cuánto a mí me haces feliz.

Que las múltiples razones que existan para mí,
que ninguna sobrepase el poder que me une a ti.
Porque te amo con verdad, como nunca he amado yo,
estoy seguro que contigo... He encontrado el amor.

*Publicado por primera vez el 9 de Junio de 2011.

martes, 19 de agosto de 2014

Visita

La tele era la única luz prendida de la casa. A pesar de los treinta y cinco años de matrimonio no habían perdido la costumbre de ver la novela de las ocho tomados de la mano y riéndose de las situaciones que presentaba la trama.
La piel de sus manos no tenía la lozanía de los años mozos pero la forma en que se adecuaban daba la impresión que se seguían amando renovando la costumbre por la dedicación mutua.Mientras pasaba la publicidad tocaron la puerta.
- Voy a abrir la puerta - dijo ella.
- Está bien, yo te esperaré - dijo èl.
Fue con su paso tranquilo y delicado, preparó su sonrisa.Y abrió la puerta.
- Abuelita Marta - entró sonriente el pequeño Ramiro y la abrazo con profundidad genuina de su alma infantil.
- Hola mamá - dijo Javier contento de besar su frente otra vez.
- Mamita ¿cómo has estado? - Completó Carla con la paz de su mirada.
- Bien, muy bien hijos. Estaba viendo la novela. Pero de seguro desearán tomar alguito tengo manzanilla y algunos panes con aceituna.
- Gracias mamá - dijo Javier con aquella misma mirada alegre de hace treinta años cuando escuchaba la palabra "aceituna".
Conversaron largo y tendido hasta que llegó el momento.
- Mamá, queremos que nos acompaañes al viaje que queremos hacer con Carla y Ramiro.
- ¿Viaje? No, hijo. Ya no estoy para esas exigencias.
- Mamá, lo hemos conversado mucho y creemos que todos necesitamos ir a respirar nuevos aires.
- ¿Y a dónde propones que vamos a ir?
- A Huancayo, quiero conocer aquellos lugares que me contaba papá.
- Oh, hijo. Es un bello lugar pero siempre habrá mucho que hacer por acá, tu tienes que trabajar y Carla tiene que cuidar al chico. Va a ser muy difícil.
- No te preocupes mamá. Ya lo tenemos planeado. Dentro de tres días salimos. Ya pedi permiso al trabajo y Carla ya conversó con la maestra de Ramiro. Así que sólo falta que tu aceptes. ¿Qué dices?
Por su mente pasaron muchas imágenes que se convirtieron en una lágrima retenida a punto de salir.
- Esta bien, hijos, iremos a Huancayo.

*Zch*

lunes, 18 de agosto de 2014

Dulce condena.

Durante la clase, llegó un mensaje de texto a mi teléfono: ¿Vamos a ver una película? Acepté. Sin dudarlo, ya caminaba junto a él.
̶ Aquí estoy, no pasará nada-. Pensé-. Si algo bueno tiene que pasar, pasará y si algo malo tiene que suceder, lo superaremos. ̶  
Me incluí en sus planes diciendo “lo superaremos”.
Era una simple salida, no tenía por qué significar algo más... Ya estaba por terminarse la película, pero algo en mí quería quedarse con la esperanza de que algo podría suceder si aguantaba unos minutos más. Y sucedió. Sus labios junto a los míos realizaban una combinación de movimientos armoniosos y estremecedores.
̶ Te amo. ̶   Me dijo. Y otro beso, dulce y tibio. Mi corazón latía deprisa, no sabría decir si era por mi atrevimiento a tomar su mano o por mi terrible miedo al futuro. Nunca he comprendido ese tipo de miedo, el futuro es algo que no me concierne, no está en mis planes, simplemente llega, no puedes prepararte, así que aprendí a ignorarlo, pero esa noche… Esa noche me importaba, yo pensaba en un futuro, un futuro donde éramos protagonistas.
«Hay cosas que es mejor no saberlas.» Dije. Seguro lo tomó en relación a la vida, pero yo hablaba de lo que sentía y no podía decir. Decirlo era condena. Condenarme a perder todo, por un sentimiento que podría pasar desapercibido en silencio, desahogado en canciones y plasmado en cartas sin remitente.
Al despedirnos me abrazó, mientras escuchaba un te amo salir de sus labios. Por un momento pensé que me sería imposible irme, quería quedarme, pedirle que repitiera lo dicho, una y otra vez.
̶ Buenas noches, cuídate. ̶  Debí de haber dicho más, pero alguien se aproximaba, se oían pasos de alguien que nunca llegaba, tal vez eran mis nervios o el anhelo de que alguien me detuviera.
̶ Descansa. ̶ Contestó. Fue todo lo que dijo, sólo un último te amo y un simple descansa. Sé que las palabras no fueron  lo suyo en ese momento, pero lo poco que dijo fue sincero. Y eso bastó.
Bastaron sólo unas simples palabras, en un momento preciso de la persona indicada, para desatar un corazón, para crear ilusiones y para dar inicio a un nuevo inicio. A pesar de que mis palabras quedaron esa noche en silencio, sé que lo que empezó como un capítulo, hoy por hoy, ya forma parte de una gran historia. Y es que, hay palabras que pueden condenarnos, pero siempre hay una persona con quien no importaría cumplir cadena perpetua, una dulce condena.


domingo, 17 de agosto de 2014

I. Aquel día en la biblioteca.

 Leer capítulo anterior
i
Mientras repasaba con la mirada los títulos que se extendían delante de él, se topó con uno en especial. Lo observó largo rato, meditabundo, y, tras ese lapso, lo separó del resto cuidadosamente.
- Es una buena elección- dijo una voz detrás, a la que le siguió una risa pequeña-. Lamentablemente, te has llevado el último.
Él giró la cabeza y sonrió. Las dos jóvenes que estaban detrás le devolvieron la sonrisa.
Ambas vestían de manera similar, se diferenciaban notoriamemte sólo en que una de ellas usaba gafas, de marco grueso. Compartiendo ese metro cuadrado y mantuvieron la mirada entre ellos, los tres, hasta que aquella risa pequeña volvió a escucharse. Entonces ambas miraron lo que él tenía entre sus brazos. Llevaba, él, mucho tiempo esperando por ese libro. Todas las veces que habia ido a buscarlo a la biblioteca, este ya había sido prestado. Entonces por instinto lo abrazó más fuerte.
- Me gustaría leerlo. Me iré de viaje pronto y llevo tiempo esperando por él- dijo, decidida, una de las jóvenes - ¿Podemos llegar a un acuerdo?
- Lamento decir que no- respondió con la cabeza gacha y el ademám de huida. Pero no pudo dar más de dos pasos, porque la misma que decididamente le había pedido el libro, estaba parada frente a él. Con los puños cerrados y un gesto usual de una paciencia agotada, aunque motivos aparentes para haberse agotado tan pronto no parecían existir.
- No cederé, no insistas.
- ¿Es que ya no existen los caballeros?
- Es que ahora abundan las caprichosas y la caballerosidad está desmerecida.
- ¡Cómo te atreves! - con un gesto de indignacion se acercó más a él- Dime, ¿tú quieres este libro?
- Así es.
- Yo también lo quiero- se acercó más. Su mirada intensa hizo retroceder a su interlocutor.
- Te daré una salida- agregó- con la cual ninguno de los dos perderá.
- No me inter..
- Sí que servirá. Cada día, durante las dos semanas que calculo para terminar de leerlo, nos encontraremos en esta puerta. - respiró y prosiguió - Entonces uno leerá en la tarde y otro en la mañana.
- Que no me int...
- Y si no llegamos a un acuerdo, te prometo hacer un escándalo - finalizó.
El choque de ambos coincidió en una justificación extraña, pero el pacto fue sellado y a partir de entonces tomó rumbo el acuerdo. Ella más astuta que él lo dejó a la suerte y como ya se clavaban las agujas del reloj de la biblioteca en las seis de la tarde, acordaron que a las seis de la tarde y las nueve de la mañana se darían los cambios.
Él salió de la biblioteca con un sinsabor, cuando buscaba más paz era cuando menos la encontraba. Y ahora esa mujer Lucía, Lupe, como se llame, había arruinado sus tardes perfectas de lectura. Sin embargo, eso era mejor a tener arruinado el día por una caprichosa de tal nivel.
Cargó la tarjeta del metro y se embarcó en una de las líneas, que a esas horas estaban no tan solicitadas, y se sentó a leer.
Leer siguiente capítulo.