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Un blog diferente.

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Mostrando las entradas con la etiqueta Loui Casafranca. Mostrar todas las entradas
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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Fuego.

Cuando se pone así, es insufrible. El metal en ese punto de calor puede partir tus huesos como si fueran tiza y nada pasa en vano, duele. Y la verdad es que duele bastante, más que nada, compañerito.
Pero, si duele tanto, ¿por qué lo han hecho así? No entiendo. Ese procedimiento solo puede tener una finalidad y es la de torturarnos. ¿O no?
No, compañerito, te equivocas profundamente. Tú eres muy joven aún para entenderlo. A la edad que tú tienes todo es tan simple, tan fácil. Mientras más chiquillo, más irresponsable con tus pensamientos, peor con tus palabras. Por eso dices sandeces.
El procedimiento tiene la finalidad de volvernos más fuertes. Por eso nunca hay que esperar a que llegue a estar tan caliente, eso es ilógico. No solo te harás más fuerte; te vas a hacer más rápido.
Y, ¿para qué? ¿Para qué debemos ser más fuertes y, de pronto, más rápidos? Dime tú, compañero, ¿para qué
¡¿Cómo que para qué?! Pues para que puedas sobrevivir. Para que luego no estés dando pena. Deberías agradecer al gobierno y no cuestionarlo.
El gobierno nos pone en una situación contra la pared. Nos da violencia y nos vuelve violentos para defendernos de lo que ellos mismos nos ocasionan.
Y, te has puesto a pensar, cumpita, ¿por qué ellos que tienen todo el poder y encima nos cuidan, quisieran tenernos asustados a todos?, ¿para qué? Si ellos son más fuertes...
Te equivocas, compañero, te equivocas mucho. Nosotros somos más fuertes porque somos más.
Ni siquiera has pasado la prueba del fuego y dices que eres fuerte. ¡Más que ellos, encima! Qué risa me das compañerito.
El fuego que te ponen, el metal caliente no te hace más fuerte. Te mantiene a su merced, a su expectativa. Te vuelve dependiente porque son ellos quienes administran ese terror. Te ponen fuego para debilitarte, para que te sepas inferior en todo sentido, para que no digas nada, para embrutecerte. Y te ponen en un medio adverso para que no tengas a dónde ir, para que mueras en el intento. Ellos no te cuidan, ellos nos condenan.
Estás pensando mucho, compañerito. Los chicos a tu edad están mirando televisión, están enamorándose, quizás reproduciéndose, los demás compañeritos están en pos de una moda. Sigue la tendencia, compañerito, no vaya a ser que te pongan el fierro más caliente y te mueras.

Ya no. Seguro alguien en alguna parte está pensando como yo. Y quizás somos algunos los incómodos. Y quizás hemos despertado y, quizás, esto se acabó. Pero no voy a esperar a que una duda se resuelva sola. Prefiero el fuego extremo que me mate de una a vivir quemado por años, que me maten por partes y me arranquen las esperanzas. Como no quiero quedar como tú, elijo ser diferente, muy a pesar de cualquier fuego.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Tuyo y de nadie más.

Que controles los minutos que solían ser sólo míos,
que respires dentro mío en el espacio infinito.
Que me tomes de la mano y no te atrevas a soltarla,
que me lleves a esa estrella sin que pueda yo dejarla.

Que me selles como tuyo y de nadie más que tú,
que me sigas hasta mañana, no me dejes caminar,
que me digas que me amas aún si no puedo escucharte,
que me escuches en silencio, que te atrevas a besarme.

Porque de todo lo que diría, podría asegurar
que jamás en este mundo podría yo amar
a alguien como a ti así como te amo.
Confieso, mi amor, que eres mi milagro.

Que me distinga entre todos porque eres sólo mía,
que la gente tome en cuenta cuánto yo no merecía,
de las muchas bendiciones llegaste tú a mí,
hermosa damisela cuánto a mí me haces feliz.

Que las múltiples razones que existan para mí,
que ninguna sobrepase el poder que me une a ti.
Porque te amo con verdad, como nunca he amado yo,
estoy seguro que contigo... He encontrado el amor.

*Publicado por primera vez el 9 de Junio de 2011.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Cacosmia.

Esa tarde había sido diferente, diferente de todas las demás. La cocina estaba un poco desordenada y en la sala principal de la casa (ataviada y pulcra siempre) se dejaba ver una pequeña revolución. Que no todo esté en el lugar indicado era un indicativo de la ruptura del 'siempre' para convertirse en un 'ahora', distinto. La rutina de años estaba quebrada como un vaso de cristal que por años nadie había tocado y que de pronto al querer darle alguna utilidad, este resbala de los dedos y choca con la materia de la realidad, emitiendo el sonido característico del cambio, de la sorpresa, de lo nuevo y lo que pasó. La cocina y la sala sonaban a cristal roto. ¿Qué le había pasado a esta mujer?
El señor, marido, don algo, el buen ciudadano que todas las mañanas salía a comprar el pan y la leche siempre a la misma hora y en los mismos lugares escogiendo las mismas especies de todo lo que conseguía, estaba abrumado. El cristal roto le era hediondo, ¿qué había pasado con la mujer?
Al instante, se abrió la puerta principal, el sonido siempre de la misma llave al ingresar por la cerradura se lo había anticipado. Ella lucía diferente, radiante, vestida como se visten las solteras sin hijos, pero su gesticulación al verlo cambió velozmente, el sinsabor se representó en una mueca que no dice nada y por ello explica todo. Verla así lo llenó de ternura, la vio entrando como la primera vez que entraron en ese recinto y la casa era nueva y ella al verla gesticuló emoción, intensidad, alegría, la emoción de lo nuevo.
Y recordó el mismo gesto en su rostro de joven, antes que lleguen los años con sus días iguales, cuando terminando de hacer el amor por primera vez ella lo sujetó con fuerza por el brazo izquierdo y le dijo que era el hombre de su vida, que ella era la mujer más feliz del mundo. Era el mismo rostro que puso al ver a su primer hijo nacer, luego los tres más que siguieron. Como cuando le dijo que sí la primera vez o cuando un beso era el beso que recordarían mientras no se acostumbraran, esa palabra, qué palabra la costumbre, el mismo gesto que puso luego del primer beso y de la primera vez que hizo él pública la relación. Era el gesto, la cara, la forma visual del cristal roto. Si el cristal al romperse hubiera tenido cara, esa sería su cara precisamente.
Pero los años, pero la misma almohada, pero los hijos, pero la casa, pero la escoba, pero la calle, pero el mercado, pero los domingos familiares, pero la ropa que se ensucia, pero la ropa que se compra todos los días 29, pero las salidas en familia, pero las formas, pero la educación, pero el qué van a decir los vecinos, pero la iglesia, pero los viernes a las 10 de la noche que el televisor se veía apagado y ya no se encontraba un sentido al porqué, pero las conversaciones familiares todas iguales, pero los mismos besos por tantos años todos iguales y repetitivos, pero la misma canción, pero los días de la madre, pero los días de la mujer, pero los cumpleaños, pero las navidades, pero las mismas flores, pero el mismo perfume por treinta años, pero los besos sin sabor ni sentido, pero las mañanas frías, pero las noches que tenían sueño, pero el café sin azúcar, pero la misma comida favorita, pero el mismo champú, pero el mismo jabón, pero los jueves de hacer el amor, pero la jamonada en el pan, pero su camisa que le queda bien, pero la plancha, pero las mandarinas, pero los estados de cuenta, pero los salarios.
Al final nos hemos acostumbrado a ver la misma porquería y estamos acostumbrados a la repetición y nos creemos felices. No, nos sabemos infelices. Nos creemos normales, eso.
Y la mujer que aburrida cogió otro bigote ese martes a las 3.30 de la tarde. El cristal se rompió.
El señor, el don, el marido, el buen tipo deja pasar a su mujer y le indica que ponga todo en orden, que se va a bañar, que ya está retrasado en comparación de -todos-los-días-.
Qué bonita es la misma tarde todas las tardes y el mismo embotamiento emocional que sabe dopar y anular la novedad. Qué hermoso comer todos los días y decir que está sabroso. Ella se preguntaba si acaso cocinar un día cualquier cosa con el peor sabor no sería por lo menos una bendición.

Un día más en el calendario. El calendario colgado con estricta prudencial distancia con el reloj y más abajo una tarjeta colgada, un regalo (o condena) de algún amigo que los visitaría alguno de estos domingos para hablar siempre las mismas cosas. Rezaba el rótulo: Y fueron felices para siempre.
***
Cacosmia.- “Perversión del sentido del olfato en cuya virtud resultan agradables los olores repugnantes o fétidos.” - JULES MICHELET;. Francia; 1798-1874.

Loui

miércoles, 6 de agosto de 2014

Noche.

De noche se escucha la calle ladrar, es un ladrido seco y chillón, como si a un perro le estuvieran despedazando los dientes, como si a la llorona le hubieran arrebatado nuevamente a sus hijos. Vivir en el pueblo donde vivo no es cosa de chiste, el cemento ha cubierto todo, pero no es agua bendita como para matar demonios. Ellos están allí, quiero decir, siguen allí, nunca se fueron. El curita dice que hay que rezarle al santito, pero yo no creo en esas cosas, no le creo al cura ni al alcalde, tampoco le creo mucho a mi 'apá, solo he creído en lo que he visto y yo los he visto. Los he visto a ellos, ellos que salen de madrugada para espantarnos, para vengarnos, para echarlos a los otros, para volvernos a nuestra raíz que era su gobierno. El cemento no los ha matado y yo creo que ellos van a liquidar el cemento, al cemento y a quienes lo trajeron. Así dice la abuela, a ella sí le creo.

La noche es seca, helada, el viento pesa como un costal de papas, cada paso es una batalla, la calle está dura dicen las chicas de faldas cortas a estas horas en la esquina de la plazuela, pero yo no he venido para verlas a ellas, yo quiero ver a la viuda negra, a la duenda, a todos ellos que yo sé que no se escondieron detrás del cemento, a ellos que no le tienen miedo ni a los tractores ni al desarrollo. He venido a ver a la duenda y no me importa que me lleve, mejor que me lleve la duenda antes que la policía.

Pasando dos cuadras de la plaza, en una de las direcciones hacia la chacra, rápidamente el cemento se va perdiendo entre la tierra y la luz de los postes se va mezclando con la oscuridad y la fuerza de nuestros antepasados obligan a que las sombras se hagan más grandes y más oscuras hasta que ya no hay camino ni sendero, solo estás en la chacra, en la oscuridad, plantas, perros que ladran en alguna parte y el cuchicheo silencioso de los demonios, así dicen.

La invoco. No aparece.

La vuelo a invocar. Nuevamente, no aparece.

He traído refuerzos, me dieron unos cuantos gramos esta mañana, es suficiente, sobrado puedo verla con esto. Le tengo un encargo, mi alma. Que se la lleve la duenda, los apus o el tunche, no me interesa, prefiero el infierno a cemento, a sus rejas de fierro, a sus políticos, a la religión, a los padres y al desarrollo. Prefiero el infierno y ya siento que mi cuerpo empieza a sentirse liviano.

La duenda no aparece. La vuelvo a invocar.

Una sirena suena a lo lejos, con melodía ovalada, de espacios muy prolongados y lejanos, se combinan con la sombras y el brillo azul que apenas vibra en mis párpados.

¿Por qué no apareces, duenda del mal? La abuela es la única que no ha mentido.

El sonido y la luz se acercan y se alejan al compás de ondas de ríos visitados en mi niñez, como cuando me ahogaba brevemente y a propósito, esa sensación de mareo, de tener los oídos bajo el agua y que te griten desde afuera, la visión acuosa, sazonada de alucinaciones. El sonido que se va y viene. El brillo azul que rompe el paisaje oscuro, algunas voces, segurito son los críos del cemento, peor aún, sus perros guardianes. El crujido de la hierba al ser pisada. La luna. La duenda que no viene. Mis pies que están por encima del suelo, la culpa, la duda, la moral, las reglas, la abuela que murió anteanoche, la culpa, la droga, la sangre, las sombras, las voces, la culpa, el cuchillo, la abuela muerta.

Los demonios que no vendrán porque nunca se fueron. El demonio soy yo.

- ¡Arriba las manos! Suelte lo que tenga en las manos y muestre las palmas donde las podamos ver - sonó el megáfono -. Por fin atrapamos a este maldito, ya cayó, avísenle al comisario, al cura y a su familia, este maldito ya cayó.

La luna que no estaba brillando.

jueves, 26 de junio de 2014

El cuaderno.

Como cada tarde, salió a escribir frente al mar, recostado en el pasto fresco y helado de esa mañana con cielo blanco percudido, la brisa no alcanzaba a tapar la melancolía tan fuerte que lo aplastaba. Colocó el cuaderno entre sus manos y vio el corte en una de ellas, en su dedo índice, los recuerdos revolotearon con violencia como si fueran aves desesperadas, los colores, las escenas, ella gritando, él rogando, el sonido filoso de la cachetada en el rostro, el golpe, su rostro lleno de ira, de decepción, sus lágrimas que inundaban el revoloteo continuo de memorias que insistían en quedarse, su cartera negra lustrosa que daba vueltas al ritmo de su imparable ira, sus uñas rojas clavándose contra su mano. Él rogando, ella mirándolo con el odio que se odia al enemigo. ¡Suéltame, imbécil!, la forma en cómo arrastraba la ese inclusive para gritar, su respiración desesperada y finalmente cómo se soltó arañándole la mano.
Su mano ya no estaba sangrando, solo era una cicatriz.
Tomó el lápiz, le encantaba escribir con lápiz, lo interesante del lápiz es que cuando querías lo podías borrar, tan diferente a la memoria. Tomó el lápiz y escribió su nombre, no el nombre de él mismo, el nombre de ella, con perfecta armonía y curvas cadenciosas, con la rapidez necesaria y precisión exacta. Escribió su nombre y cerró el cuaderno. Ya no había más qué escribir. El nombre de ella era el título, era la introducción, era la historia y ese mismo nombre era el final de todo un cuaderno por escribir que nunca quiso ser escrito y que ya no debía escribirse jamás. Escribió y cerró el cuaderno. Su dedo aún tenía la cicatriz, pero el cuaderno ya estaba cerrado.
Se puso de pie y miró el mar, cómo se ondulaba y bailaba frente a él en la inmensidad de ese invierno bochornoso. A ella no le gustaba el mar, le gustaba atravesarlo, sentirse inmersa en él. El mar nunca se iba a retirar de su lugar. Sujetó el cuaderno con delicadeza y se dio media vuelta, de espaldas al mar caminó alejándose de él, con el cuaderno cerrado, con la herida cicatrizada, con el revuelo de las aves coloridas que palmoteaban violentas en los pasillos de su mente.

La calle estaba tan triste, era hora de volver a casa.

miércoles, 4 de junio de 2014

Campo de margaritas.

Esa tarde es solo una tarde, las margaritas no se despintan con el aire, el viento no puede deshojarlas. Ella está quieta mirándolas, contemplándolas fijamente, está inánime derramando lágrimas que caen luego a las margaritas y las riegan de su dolor, de ese dolor que del alma emerge, de ese dolor que del cuerpo escapa.
Sus manos le tiemblan y caen sobre un par de margaritas el papel arrugado, insignia de la cobardía, del hombre repugnante y pusilánime, ese hombre que hasta ahora ella ama, pero que no puede, no puede amar porque él ha hecho lo que ha querido, él se ha burlado, ha tirado por el suelo todo. Y es como si una terrible película se proyectara entre el charco de sus lágrimas que inundan sus ojos y se sucedieran las escenas con las margaritas al fondo.
La noche en que se apareció por primera vez en la puerta de su casa como un vendedor de pizza, ella estaba muerta de risa porque un atrevido repartidor había tenido el atrevimiento de entregarle una margarita. Todas las noches que sucedieron a ese particular antojo de pedir pizza siempre a la misma hora y de coleccionar margaritas del extraño repartidor que luego se lo encontró en la universidad y descubrió que era un becado estudioso, que pronto serían amigos. Es vez que él la invitó a salir y fueron al campo de margaritas donde ahora ella ahoga su dolor. Él le confesó que el mejor trabajo que había tenido era haber sido repartidor de margaritas. Cuando él le dijo que su rostro era más hermoso que todo un campo de margaritas. Cuando le sonreía de día y también cuando eran casi las cuatro de la tarde. Cuando le dejó una carta entre sus cuadernos. Cuando le confesó su amor. Cuando fueron ese día al parque de diversiones y ella descubrió que estaba irremediablemente enamorada. Cuando se dieron el primer beso y ella sujetaba una margarita entre sus mano que hasta ahora conserva. Cuando decidieron ser novios. Todas las veces que rieron juntos, que se tomaron de la mano, que se escuchaban hasta la saciedad –nunca saciada- los te amo. Cuando él entró al estudio de abogados más importante de la ciudad. Cuando cambiaron las salidas más simples a las más sofisticadas. Cuando entraban de la mano a un evento de sociedad. Cuando el amor se enfrió. La propuesta de matrimonio. Cuando el amor volvió a ilusionarla. Cuando se puso el vestido y ella imaginaba como se le ponían los ojos a él de verla tan hermosa. Cuando estaba entrando por la iglesia y él estaba al fondo.
Y de pronto la sucesión terminaba. La realidad la tocaba frío. Él no pudo con eso y se fue. Delante de todos él se fue. Y no se fue solo, se fue con otra. Con otra que ni siquiera ella conocía, ¿de dónde había salido? Cuando le dijo, perdóname. Cuando no podía perdonarlo. Cuando todas las margaritas se marchitaron y se volvieron un gran muladar de mentiras.
Sus ojos estaban inundados de dolor y ella sentía un terrible dolor en todo lo que podía componer eso que decían alma. Si pudiera describir ese momento ella le hubiera puesto igual el nombre de todas las margaritas.

Su vestido se veía como una mancha blanca en medio del blanco de las margaritas, con puntitos amarillos, el viento alzaba de cuando en cuando su vestido, era hermoso verla desde lejos sufriendo, llorando, intentando olvidar en el único lugar donde jamás podría olvidarlo. Darse media vuelta era renunciar al amor y ella no quería renunciar al amor, no podía. El amor le había renunciado y las margaritas eran como un consuelo de esos que se tienen cuando ya no queda nada ni la dignidad ni la historia, ni el amor ni la esperanza.

miércoles, 14 de mayo de 2014

La Palabra Escrita.

 La razón máxime y principal del uso de nuestras letras es la función expresiva, resultando ser esta a su vez un instrumento de la comunicación o la comunicación una herramienta de la expresión. 

     Si cada palabra dicha es un conjunto de fonemas con significado propio, pues cada palabra escrita es una agrupación de grafemas que posee múltiples significados. Es así que la palabra escrita puede funcionar para el mismo objetivo que la palabra hablada, pero, aunque coinciden en este punto, pueden distar de otros más. 

     Escribimos de una forma y -quizás- hablamos de otra. Esto solo se puede dar debido a que las palabras graficadas cargan consigo una esencia propia, un latir individual que no comparte con la palabra sonora. 

     Me refugio pues, en el arte bello de escribir y plasmar mi alma, mis sentires y mis fantasías en ese gran panel donde todo puede ser representado, el texto. Y es en esta caverna donde la vida pesa menos a la que me remito para que se me acuse o se me defienda en el momento en que sea preciso hacerlo. 

Escrito por primera vez el 02 de Setiembre del 2011.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Adiós, Carlitos.

Carlos:

Tengo que hablar contigo. Tengo que decir mucho y, no sé, siempre hago las cosas mal. Tengo que empezar a hacer las cosas bien, no sé cuándo empezaré realmente, pero hoy he fumado tres cigarros y he pensado mucho. No estoy bien todavía, no lo estaré en una semana o en dos o en tres; quizás en cuatro, sí, no sé. El problema es que tú llenas todo alrededor mío, realmente me siento feliz contigo. Cuando conversamos empiezo a sentir mucho, pero esto no debe seguir, no. Yo, hoy, me mega pellizqué y, sí, te quiero mucho y también me gustas mucho, pero yo necesito salir del entorno de Sebastián y estando contigo no será así. Necesito que pase tiempo, que realmente yo esté a salvo de las inseguridades que todo esto me dejó. Me siento horrible. Es como si hacer esto estuviera mal y bien al mismo tiempo, pero si está mal es por algo y basta para no hacerlo. Yo no puedo cambiar los hechos ni la realidad, no puedo cambiar nada en absoluto y las cosas suceden y son así porque solo lo son y tú eres demasiado importante para mí, pero hoy me di cuenta que el amor y eso no crece porque sí. A veces siento que nadie será como tú eres conmigo y tal vez eso sea lo peor de la decisión que tomé hoy.

Que estaré sola, Carlos.

Es mejor tomar distancia. Y dejaré de llamarte, de hacer lo que hago. No quiero que te sientas mal. No quiero hacer que sientas más y que te duela, no quiero sentir remordimientos por estar bien y feliz, por eso prefiero tomar la decisión de alejarme, de tomar decisiones que definan que me aparten o no. Yo sé que esto no funcionará, sé que te molestarás conmigo, pero prefiero que te molestes conmigo ahora a que yo después no te dé ninguna seguridad y tú la necesitarás, Carlos, créeme que será así. Y yo no puedo.
No puedo dar amor ni cariño, soy un tempano, Carlitos, todo me reprime y es mejor que me sienta mal sola que contigo. En serio perdóname por todo. No sé qué pasará, espero que estés bien y tienes razón al decir que todo tu cariño de esa forma no estará por siempre y yo solo espero no arrepentirme de esto.

No me odies, Carlitos. No te sientas mal. Tal vez nosotros solo entramos en nuestras vidas para hacer el cambio y tú has hecho demasiado por mí. Siempre, desde que te conozco. Yo solo soy una chica que se deprime mucho, con facilidad, que no deja el pasado y cuando por fin se decidió, tiene momentos tristes y, Carlitos, yo no estaré bien ahora ni mañana ni en unas semanas y no puedo hacer que tú aguantes todo esto. Sencillamente eso es menos justo que alejarme por un tiempo hasta que todo esté bien y, soy de lo peor, ¿no? Mejor que me duela ahora, Carlitos, porque esa sensación de estar haciendo las cosas mal no pasará, Carlitos. Como una vez lo dije, yo siempre seré la ex, él siempre será el chico por el que moría y tú siempre serás su hermano, incluso al cual yo conocí por Sebastián. Esos hechos nada los cambiará.

Perdóname mucho, Carlitos. Te quiero mucho, que Dios te cuide mucho. Gracias por todo, Carlitos, en serio, eres increíble, Descripción: smileeres todo lo que una chica debería tener en su vida. Yo quisiera no tener pasado, Carlitos. No sentirme así. Quisiera ser mejor y me frustra no poder serlo y ser una idiota que solo no sabe hacer muchas cosas. ¡Carlitos, yo te quiero mucho! Y todo va a estar bien, ya verás. Espero que logres ingresar a ese trabajo que tanto anhelas. Te quiero, Carlitos, no sé cuándo hablaremos, espero que todo esto pase pronto.

***

CARLITOS, ya me arrepentí de todo lo que escribí, ahora te extraño.

***

Carlitos, yo no me puedo alejar de ti. Maldición, no sé qué hacer. Carlitos, ya, en serio, perdón por todo ese mensaje en tu buzón.

miércoles, 30 de abril de 2014

Una sociedad consumista.

Hemos visto últimamente que ha surgido una ola de pensamiento sin características tradicionales cuya consistencia es su oposición al consumismo. Su discurso contiene  una dura crítica –con mucha razón en algunos puntos- contra el sistema consumista que hoy en día nos envuelve a todos como consumidores y, en cierto modo, productores de bienes o servicios de consumo. Si bien, es cierto que el sistema está saturado, mi punto de vista es que no había otro camino a seguir. El ser humano es competitivo por excelencia, es ambicioso, nadie quiere quedarse con lo que tiene, todos quieren tener más, es parte de lo que nos hace humanos (Pirámide de Maslow), entonces este escenario iba a suceder de algún modo y no podemos culpar a los genios que nos condujeron a esta circunstancias. Porque ese enorme poder económico superior a los gobiernos, ese gigante capitalista se hizo con inteligencia, con habilidad, con esfuerzo, con mucho cálculo; no es premiado con el azar sino por su perseverancia. Y así tenemos que, inclusive herederos de grandes fortunas, cedieron parte de sus riquezas a muchos hombres habilidosos e inteligentes que accedieron al sistema por algo que solo la libertad de mercado ofrece en tan grande dimensión: la oportunidad. Ese aborigen despojado de su comunidad y desprotegido por la gran transnacional no se ve obligado necesariamente a ser un peón de la línea operativa más baja, puede ser un gerente general que cambie la historia de la extracción y le dé a su comunidad un giro inesperado. Porque las grandes oportunidades solo pueden surgir cuando el gobierno es pequeño y no asfixiante.

Mientras más grande es un gobierno, mayor será la corrupción que por su propia naturaleza genere. Esta corrupción aliada del empresariado sin ética, genera el mercantilismo que es lo que se debe repudiar, pues no se tratas ni de mercado libre ni es respetuoso con el medio ambiente y mucho menos con los derechos de las personas. Al ser una alianza entre dos poderosos gigantes que alimentan el uno al otro, no hay espacio para la oportunidad ni el crecimiento. Cualquier amenaza al capital corrupto, el gobierno corrupto sofocará. Este es el principal error del sistema: el Estado.


Debe existir una reingeniería del sistema de consumo a nivel mundial, de la empresa y eso ya está sucediendo, la Responsabilidad Social Empresarial es una muestra clara de ello. Las empresas empiezan a darse cuenta que es más rentable ser amigable con el medio ambiente, respetar los derechos laborales y no afectar a las comunidades que reciben su impacto, saben que deben favorecer a los más necesitados y ser transparentes, hasta sonrientes. Y ahora lo ven y practican porque la gente ya no es tonta, la gente está despierta, la gente ya sabe, ya ve, y sobretodo, ya habla. Y habla y grita y reclama porque la información ahora está en su punto más álgido de la democratización y esto sucede gracias a internet, obra maestra del sistema consumista y que no le juega en contra sino que le permite una reinvención creativa, solidaria e inclusiva. 

miércoles, 23 de abril de 2014

Unión Civil.

Se ha encendido un acalorado debate sobre la Unión Civil en el Perú. El objetivo de esta fórmula legal que pretende ser aprobada es que personas del mismo sexo puedan compartir derechos que hasta ahora solo les corresponde a las parejas reales y no a las imaginarias.

Por un lado los sectores libertinos han desencadenado una serie de manifestaciones para promover 'conciencia' en favor de las parejas del mismo sexo, desde todos los ángulos donde se ventile opinión hay propaganda pro unión civil. Se han modernizado tanto sus argumentos que no estar de acuerdo con este derecho (¿?) es casi cavernario y recalcitrante.

Por otro lado, los sectores más conservadores de la sociedad han lanzado una maquinaria de contra respuesta impresionante. Debido a que superan largamente en número y poder al grupo anterior, su influencia se hace sentir sin mucho esfuerzo, se ha configurado, en base a este tema, además, un juego de quién es más poderoso. Quién logra finalmente imponer su punto de vista sobre los demás.

Desde mi punto de vista, la unión civil no puede ser considerada de manera tan ridícula como un derecho. Para empezar, el nombre que se le pretende atribuir a la ley es demasiado sugerente y hasta es nauseabundo. Desde el fujimorismo han salido otras dos propuestas de ley que propondrían igualar en derechos a todos los ciudadanos del país sin miramientos de sexo -inclusive cuando las parejas sean de las reales, sí, hombre y mujer- para que estas uniones sean reconocidas civilmente sin necesidad de que exista matrimonio de por medio. ¿Con qué fines? Derechos civiles: herencia, patrimonio en común, seguros sociales y de protección patrimonial, etc.

Fernán Altuve ha declarado recientemente que lo que propone la Unión Civil es abiertamente discriminatorio, pero de la discriminación positiva, pues está en la búsqueda del privilegio. Y no se puede ceder en ese sentido, no se puede permitir, además, que esta ley sea una puerta que conduzca al mal llamado matrimonio gay. Este conjunto de aberraciones deben ser descartadas de plano.

Desde esta columna me pronuncio enérgicamente en contra de la Unión Civil, pero creo que el proyecto de Martha Chávez, muy moderado por cierto, debe ser revisado y analizado. Su propuesta es inclusiva y debe entenderse que así como no queremos dictaduras de mayorías, tampoco es justo crear un mecanismo de tiranía de las minorías. El Perú es un país laico, no es Sodoma, aún no lo es y todavía somos mayoría quienes creemos que podemos detener ese abominable proceso.

miércoles, 16 de abril de 2014

Aroma.

Por la abertura de la comisura de tus labios exhala el aliento que le da vida a cada latido.

Por el aire se desplaza el sonido de esa onda delicada que es el amor en esa extraña forma.

Si tan solo supiera en qué código se ha escrito ese exótico lenguaje del aroma dulce de tu aliento.

Si tan solo vinieras y te acercaras y me impregnaras de ese perfume los labios.

Hazlo. Te lo exijo.

Que tus labios no se cansen de aromatizar los míos, quiero de tu aroma y solo de ese perfume respirar, eres el amor para mí, desde tu sonrisa hasta la escritura inmortal, erre de cé, somos el uno para el otro:

Báñame de besos esta tarde y todas las que restan porque hoy y hasta que se pueda contar, te amo.

miércoles, 2 de abril de 2014

El Golpe.

1. Golpe: Choque repentino y más o menos violento de un cuerpo contra otro.

"Fujimori dispuso anoche disolución del Congreso". - 
Moderado titular en portada del diario El Comercio (06/04/1992)

Para ningún peruano vivo debería quedar la menor duda de que la peor cara de la política (social) del país viene con el sello de la izquierda, es decir, del comunismo y sus modernas y/o antiquísimas variaciones. El velascato, la política económica de Alan García I (estatización, dejar de pagar deuda externa, cerrar el comercio con el exterior, etc.), Sendero Luminoso, MRTA, Susana Villarán. Si bien no podemos generalizar y tildar a toda la izquierda de malévola o inepta, o ambas a la vez, lo peor que le ha ocurrido al país ha salido de sus escuelas, de sus canteras. Y como quien no quiere la cosa, hoy ya renovada y con la cara lavada, la izquierda luce democrática, inclusiva, pacífica, esperanzadora, esgrimiendo los mismos argumentos que Marx y Engels incitaron a finales del siglo XIX y que han permanecido vigentes en las doctrinas comunistas, llámeseles caviares, rojos, fósiles, LGTB, chavistas, anti-imperialistas, ateos, antiapristas, antifujimoristas, anticiprianistas, panteístas, nuevaeristas, y otras deformidades más.

Enumerar la podredumbre que ha salido del comunismo es inútil, todos lo saben. ¿Pero qué sucede con los héroes? ¿Quién te aplaude por la comodidad de la que hasta hoy gozas? El capitalismo es esencia, la libertad. Y cuando la libertad es producto de un duro -y traumático- golpe, ¿acaso debemos dejar de agradecer?

El coche bomba no amenaza hoy, la hiperinflación es una leyenda, las colas ahora se dan en el banco de La Nación, ya nos miran con interés desde afuera, no somos el patito más feo de América Latina. Las mieles del capitalismo gustan a todos, pero hemos de crucificar por siempre al líder que tuvo el coraje y los pantalones de romper los huevos para hacer las tortillas (Villarán dixit), de aquel ser humano de quien la historia se encargará de premiar y nosotros, ¿enterrar?

Un presidente caviar con mano tembleque no hubiera podido hacer nada con un congreso comunista entregado al embotamiento mental de discursos elocuentes e infructíferos, peor aún, ningún shock económico nos hubiera sacado de la podredumbre si este no venía con un cambio social de formalización, de lucha contra el terrorismo, de una necesaria censura a la doctrina que engendraba muerte, léase, el comunismo.

Hernando de Soto, destacado economista liberal, ha elogiado a Fujimori y señalado como importante el cambio ideológico de Alan García. La transición de los 90 volvió posible lo que en el FMI y el Banco Mundial era considerado un imposible: el milagro peruano. La formalización de cientos de peruanos microempresarios dio paso a que la acción voluntaria, la empresa, la iniciativa privada, le dé el pie de lucha al oscuro sendero. Cuando al hombre rezagado por la historia se le empoderó para que tenga su propia empresa (por fin algo propio), en ese momento, surgió el milagro. Esa no fue una prédica ideológica porque el mercado no es ideología, el mercado es acción, es pragmatismo. El mercado son hechos con resultados palpables. Los procesados ministros Boloña y Hurtado Miller accionaron un cambio auspiciado por Alberto Fujimori con la habilidad gerencial que las drásticas decisiones ameritan.

Armeane M. Choksi y Demetris Papageorgiou, dos ex funcionarios del Banco Mundial que participaron en las negociaciones con el gobierno peruano para estabilizar la economía a inicios de los noventa, han declarado así:

"Entre nosotros y el gobierno hubo un alineamiento casi total. Ellos eran los principales convencidos de que había que hacer las reformas y nosotros jugamos, más bien, un rol de apoyo... En efecto, el gobierno puso las metas y nosotros las discutimos extensamente con ellos. Pero siempre estuvieron en el asiento del piloto. Y debo reconocer que en muchos casos me sorprendieron con las cosas que estaban dispuestos a hacer."
En el Perú, el gestor del cambio está preso. Y simpatizantes ideológicos del germen de la casi destrucción del país, libres y gobernando. No sé cuántos de nosotros tengamos el valor de reconocer con la hidalguía que amerita el caso, que fue Alberto Fujimori el gran revés de la historia del país, revés para el beneficio de todos. 

Decía Aldo Mariátegui con la certeza liberal que le caracteriza: "Lo cuerdo es atraer al fujimorismo al ‘mainstream’ político, limándole sus aspectos repudiables y olvidando un poco el pasado, que los 90 fueron fruto de las barbaridades anteriores y de una coyuntura apocalíptica. Y ya pasó"

El golpe, por cierto, fue antidemocrático, inconstitucional, no fue lo mejor. Pero, ¿vamos a juzgar lo que nos trajo paz y prosperidad? Se cerró un congreso inútil, un poder judicial corrupto. Se desmembró el estado elefanteásico inútil, se privatizó, todos cambios durísimos, pero ciertamente necesarios, fructífieros y productivos. Pragmatismo, le dicen.

"La economía abierta y la nueva clase media son frutos de esta victoria política. Sus autores son quienes dieron su vida por defenderlas, pero también los políticos que rompieron la inercia del statu quo y permitieron que se aplicaran las recetas económicas por las que lucharon..." - Hernando de Soto. 

miércoles, 26 de marzo de 2014

El objeto.

Solamente concluyo en esto: ni tú ni yo lo sabemos, ni nadie más lo sabe, somos conscientes de nuestra ignorancia y al mismo tiempo negamos la proposición pues al afirmar que nadie sabe de algo, inclusive nosotros dos, se habla de un objeto que al ser mencionado deja el anonimato y el espectro del que todos ignoran, se retira de su escondite, pasa a ser iluminado. El solo hecho de que diga que algo no lo sé es porque una mínima parte de su naturaleza ha pasado a ser de mi conocimiento, el saber que existe. Lo cual debería conducirnos a concluir una vez más y de modo distinto. 

Ensayo una vez más.

Solamente concluyo en esto: ni tú ni yo lo entendemos ni nadie más lo entiende. Sabemos que le hay, que existe, que tiene una forma y una serie de características, pero no le entendemos, aunque le percibimos, aunque puedes describirle tú de una forma y yo de otra, por supuesto. Qué curioso el cerebro humano, el mismo objeto cambia de forma y de funcionalidad, su naturaleza misma es distinta vista desde mi cerebro y observada desde el tuyo. Es decir, no lo entendemos, pero no porque no podamos describirle, pues al sentirlo puedes describirle tú y puedo describirlo yo, pero ambas descripciones estarán contenidas de características diferentes aún cuando el objeto es el mismo (¿es el mismo?, ¡claro que lo es!). El objeto se divide en dos, pero no por fuerza propia sino porque tú y yo le damos formas diferentes en nuestras desquiciadas mentes. No es que no le entendamos sino que le entendemos de diferentes formas. Lo cual debería conducirnos a concluir una vez más y de modo distinto.

Ensayo una vez más.

Solamente concluyo en esto: ambos, tú y yo, sabemos que existe, lo conocemos, lo entendemos, pero no somos capaces de observar el objeto sin transformarlo porque nuestras mentes transforman todo, todo el sistema de datos almacenados en las líneas de nuestras vidas afectan seriamente en lo que el objeto será para nosotros. Tú y yo miramos el objeto, pero al ser nosotros mismos distintos el objeto se percibe de manera distinta. O sea que, el objeto no cambia, el detalle es que nosotros somos diferentes y el objeto es un factor de equivalencia. Ese objeto, al ser compartido, establece un punto en común de donde tú y yo, aunque diferentes, por esa visagra, en ese hilo conductor que ambos miramos y compartimos, nos igualamos. Y no dejamos de ser diferentes, solo que aquello que sabemos que le hay, que le entendemos aunque diferente porque somos diferentes, ese aquello, nos une, nos identifica, nos iguala frente a él, entonces no somos nosotros y volvemos al objeto. El objeto es ese algo que como objeto no me atrevo a describir, pues mi descripción ha de ser distinta a la de todos los demás seres vivientes. Lo cual debería conducirnos a concluir una vez más y de modo distinto.

Ensayo una vez más.

Solamente concluyo en esto: Tú y yo, ambos, nos amamos. El amor, el objeto.

miércoles, 12 de marzo de 2014

A los ochenta en París.

A los 79 años ya nada debe parecerse ni verse similar, ni siquiera lejanamente parecido. ¿Cómo es que están dispuestos a esta monumental locura este par de ancianos desquiciados? Se preguntaba con una solemne sonrisa que le servía de máscara para ocultar sus pensamientos de hartazgo. Ser nieta de un adorable anciano de casi ochenta años era un privilegio del que ya casi nadie contaba. Pero tampoco nadie esperaba que de un día para otro al viejo se le ocurra hacer un viaje de cientos de kilómetros para hacer lo último de su vida, un suceso que él mismo calificaba como el final feliz de una larga y terrible historia.

- Nadie puede oponerse. Nunca nadie pudo oponerse, que me hayas acompañado no quiere decir que gracias a ti estoy aquí, solo me has acompañado, esto tenía que pasar de todas formas. Ese siempre fue nuestro destino, estar aquí. - Le dijo el anciano sonriente con un gesto de amabilidad y dulzura que solo los abuelitos buenos pueden reflejar.

Ambos estaban sentados en una sillita de fierro en un parque precioso de alguna parte del mundo bajo un cielo celeste que se opacaba de a pocos. Entonces el anciano le agradeció a su nieta haberlo acompañado, pero que era momento de que se vaya, ella ya iba a llegar y no quería que nada más los interrumpa, ya demasiadas cosas les habían interrumpido como para que ahora una más les sirva de pretexto para una tantas veces repetida postergación.

Entonces la nieta se fue y el anciano quedó solo por una hora y media más. Tomando un café muy caliente y leyendo Le Monde. Esperando con la paciencia de los ancianos. Y de pronto, ella se asomó con una sonrisa enorme que seguía siendo la misma a pesar de tantos años en su haber.

- Oye, viejo cojudo, ¿qué estás esperando?, ¿no me vas a dar un abrazo? - le dijo la anciana emocionada y casi riéndose.

El anciano saltó de inmediato y abrazó a la decrépita mujer que estaba allí enchalinada con un vestido blanco floreado, como en los sueños cuando los abriles aún rodeaban los veinte.

- Casémonos ya.

- Sí, hagámoslo, tómemonos este café y brindemos todas estas noches, las que nos queden, mirando a la Torre Eiffel, en este París que nos es ajeno, pero que es nuestro desde que éramos un par de adolescentes cobardes, incapaces de ser felices.

- Dos matrimonios fallidos en mi caso.

- Nunca me casé, pero tener un hijo no es gracia. Ser madre soltera era casi uno de mis sueños, una meta, tenía que hacerlo y demostrar que podía.

- No quiero postergar la historia, limoncita.

Los ancianos se tomaron de la mano y recordaron cada instante de sus vidas y cada uno de los vericuetos que los había mareado a lo largo de sus vidas y les habían condenado a ser felices cuando ya ni lágrimas existían. Solo risas, solo sonrisas. Lo único que les rodeaba era Francia y Europa y el dinero de sus haberes acumulado y muy bien amasado y ropas e historias, y muchas ganas de todo, de vivir, de empezar a serlo. La anciana tomó al anciano por el cuello y lo besó como si fueran dos adolescentes locos el uno por el otro y el anciano le siguió el beso. Por un momento todo el escenario se había transformado. Eran un par de jóvenes besándose y soñando una vida juntos, la verde vegetación que les rodeaba era testigo de sus jóvenes pasiones y sus manos traviesas. Luego de sesenta años una historia culminaba, muy cerca de que sus vidas entregadas a todos los días del verano estén cerca a la culminación, también.

miércoles, 5 de marzo de 2014

La mujer de junto al pozo.

- Hola, Cleia. Soy Lucy, es un gusto tenerte aquí en nuestra familia. - Le dijo sonriente la rubilinda señora de 40 años, entrenzada y con unos ojos verdes gigantes y muy abiertos. Su mirada advertía una sonrisa extraña. Parecía fingida.

- Hola, Lucy. - Dijo de una manera efusiva Cleia. Rubia también, pero de ojos azules con una expresión mucho más transparente y hasta de alivio. - La verdad, Lucy, es que yo ya practico el ashtanga yoga desde hace un par de años, ¡me encanta!, ¿ya?, y ya pues, o sea, yo he venido aquí para continuar mi práctica y todo el asunto ya que yo me inicié en San Francisco como te decía, como que hace unos dos años y medio. El punto, Lucy, es que estoy muy interesada en hablar contigo sobre otro tema un poco más complejo. No sé si puedas ayudarme.

A su lado una enorme estatua dorada y pesada de Ganesh les infundía una sensación de tranquilidad inexplicable. Al lado del objeto un incienso se iba quemando bañando todo el ambiente amaderado en un fragante cítrico. Y más allá estaba Clara, tomando notas de todos los artículos, elaborando un inventario. Muy escéptica de casi todo lo que escuchaba allí, solo le interesaba la grata sensación de estar en un lugar donde nadie jamás enfurecía.

Luego de una breve introducción, Cleia fue al punto. Era una joven normal y feliz apunto de casarse con el sobrino del embajador de Israel, una lindísima y sonada boda en toda la sociedad limeña que valga conocer, a sus 28 años no había tenido ningún logro excepcional, pero había viajado a tantas partes del mundo que ello le permitía jactarse de un conocimiento autodidacta sobre el ser humano y, bueno, el padre, el apellido, todo ello le autorizaba socialmente a fungir de socióloga sin serlo. Y, bueno, su matrimonio se celebraría en un mes, y hasta hace dos semanas su vida era normal. Pero algo cambió repentinamente el curso de los hechos, dos días antes de culminar una de sus visitas a Estados Unidos, en San Francisco algo la dejó perpleja y se lo contó a Lucy.

- Estaba con Rodrigo, mi novio, haciendo compras a full porque ya nos veníamos en dos días y pucha, yo soy una compradora compulsiva. Y ya pues, nos enteramos que cerca a la escuela de yoga habían abierto una feria artística de pinturas de arte impresionista y a mí me encanta el impresionismo. Cuando revisamos el flyer, estaban allí importantes artistas contemporáneos y se iban a exponer también cuadros clásicos. Entonces ni lo dudamos y pactamos ir para ese mismo día, cosa que era imposible de postergar ya que ese iba a ser el último día de todos que funcionaba la feria en la ciudad.  Fuimos a un plan de las siete de la noche y estábamos fascinados, yo más que él, aunque estaba recontra feliz porque cuando estoy feliz con Rodrigo, mi felicidad se multiplica por diez. Y ya pues, como que estaba súper emocionada y luego llegamos al apartado de un muy joven británico de cabello muy negro, guapísimo, con unas facciones preciosas, el hombre era un modelo. Pero, bueno, me interesé un poco en acercarme a ver su obra y me encantó, tenía una técnica muy buena y sus cuadros estaban montados en épocas muy antiguas. Guerras medievales y cosas por el estilo eran la temática de casi todos sus cuadros. Le pregunté curiosa el motivo de recrear situaciones románticas, bélicas y hasta costumbrista de tiempos tan remotos y me dijo, con la mirada fija en el cuadro, yo toda embobada con su voz de británico cien por ciento varonil, que él sentía que tenía un fuerte compromiso pendiente con el pasado, que siempre lo había sentido así y que no podía vivir este tiempo sin dejar de buscar el lugar común que su mente le antojaba devolverle en sueños y recuerdos que no existen.

Clara se detuvo de realizar el inventario y se interesó en lo que allí iba a escuchar, ya que un muy candente desenlace y muy predecible para una trabajadora de un club yoga se asomaba como una cereza roja y liza deslizándose entre los dedos de quien la va a morder.

- Entonces, ¿qué pasó? - Le dijo Lucy interesadísima con su pésimo español que por momentos su infancia canadiense no le permitía conjugar con facilidad.

- Entonces, como que se interesa demasiado en mi conversación y ni siquiera me había mirado una sola vez, ignorando totalmente a Rodrigo, me dijo, ven. Y me mostró una pintura que yo, siendo la primera vez que la veía, ya la conocía muy bien. Debajo de toda la borrosidad del impresionismo, con toda la luz y colores expuestos, podía ver el pozo, la vegetación, el baldecito de madera, las flores rojas, el cielo celeste, hasta el olor del bosque se me vino a la mente cuando miré el cuadro fijamente. Era el mismo lugar que asaltaba mi mente tantas veces en tantos sueños. Rápidamente vinieron a mí violentamente, muchas escenas y empecé a espantarme, ¿cómo es que ese tipo sabía? Me veía allí, en fugaces imágenes corriendo al pozo, llorando, abrazando a alguien, lágrimas, un exhalo de dolor, un caballo negro, el sonido de metales chocando, el olor a las flores, el dolor, mucho dolor y algo aún más terrible, el amor.

- ¿Qué había pasado? - Lucy estaba explotando de la curiosidad. Sus ojos estaban más grandes que nunca.

- El tipo no decía ninguna palabra, pero el olor de su perfume amaderado ya había sido reconocido por alguna parte de mi cabeza y me estaba volviendo loca. Es como cuando alguien te pregunta algo y sabes la respuesta, pero no te acuerdas. Ya, así, como ese tránsito entre el olvido y el acierto, esa terrible sensación de saber que estás a punto de saberlo porque ya sabías sino que estás buscando en todos los registros de tu cabeza, ¡eso me pasaba! Y, entonces, el apuesto británico me miró fijamente a los ojos, por primera vez, Rodrigo no existía en ese momento, fue fatal. Sus ojos negros y con abundantes cejas y pestañas penetraron mi alma, no recuerdo su expresión del rostro, pero entonces supe que estaba viéndolo a él, al de mis sueños, al que me encontraba en el pozo de tantos recuerdos inexistentes, estaba allí ese caballero que me despedía con lágrimas y angustia. Entonces despegó la mirada y casi con la misma desesperación con que mi corazón corría, sacó una última pintura escondida, era el rostro de una mujer que no podría confundir de ninguna manera, Lucy, porque esa mujer era yo.

Clara estaba extasiada. Lucy tenía los ojos afuera del rostro.

- Me fui corriendo con Rodrigo. - continuó Cleia. - Lo tomé de la mano y me fui corriendo, estaba espantada, finalmente entendí demasiadas cosas sin entenderlas. Solo sabía que ya sabía eso que aún no entendía y por lo tanto no podía decodificar. Rodrigo nunca me volvió a preguntar y bueno, nos vinimos a Perú y ahora te busco, Lucy porque quiero que me hagas una regresión. Quiero saber qué pasó allí, quiero que alguien me lo confirme, estoy asustada, lo peor es que ya no soporto a Rodrigo cerca, ahora siento que no es el indicado y estoy horrorizada porque no quiero que el británico se vaya de mi vida porque siento que una vez yo me fui y ahora he vuelto a hacer lo mismo. - lágrimas de desesperación empezaron a surgir del rostro de Cleia. Lucy la abrazó y empezó a calmarla.

En alguna parte del mundo el británico pintor se estaría preguntando qué había sucedido. Por qué la mujer con la que tantas veces había soñado se volvía a ir, así como esa vez junto al pozo, por la maldita guerra. Juraron volverse a buscar hasta encontrarse y ya se habían encontrado, había que buscarse mil veces para encontrarse mil una y al fin, luego de tantas idas y venidas, cumplir con su destino, ser felices. Por lo menos en una de esas vidas.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Para ella (para ti), con amor.

Cuando la vi por primera vez fue un milagro.

Han pasado poco más de ocho meses y hoy sé que esa primera vez, sea cuando sea aquella vez que nuestras retinas se conectaron, allá en la arena y sacudidos por la brisa, esa primera vez, cuando sus cabellos lacios y negros surcaban el aire y le daban fragancia y movimiento, una danza perfecta y armoniosa de brillos azabaches; esa primera vez supe que ella era, que tú eras. Siempre y cuando tú -léase, tú- seas Carolina Elizabeth, mi amor.

Cuando tu sonrisa me cautivó; cuando tu voz entonada para alabanza me encantó; para cuando tu figura se erigía bella y delgada bajo los colores de los vestidos sabatinos; para cuando tus manos y tu boca encontraron la manera de darme el calor del amor, para cuando llegó ese momento, cada vez y a cada paso, en cada centímetro de la línea recta del tiempo, yo me enamoraba más de ti.

Fue cuando nos besamos que supe que esto no se detendría. Que mi amor no pararía de crecer jamás. Y hoy sé que te amo más que nunca y como nadie nunca podrá amar, porque te amo diferente y en superlativo, te amo más.

Te amo como se ama lo infinito, que sin conocer más del retazo que el presente muestra, se sabe y manifiesta eterno y con ello el amor sobrepasa lo que te amo. Y Dios es amor. Sonríe, brilla, muévete, camina, habla, canta, despierta, cierra los ojos, bosteza, llora, grita, ríete a carcajadas, no hagas nada en absoluto, duerme, cáete, levántate, salta, detente, explica, calla. No importa lo que hagas, te amo más, cada vez más. Siempre más.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Paraíso.

La noche es violenta, dura y caliente; estar cerca al Caribe tiene sus ventajas y sus cosas malas, claro. No soy de por aquí, de donde yo vengo, a esta hora el frío te corta los huesos. El ande no es como estar cerca a estas playas tan maravillosas, pero la gente, la gente es muy parecida. Somos personas que pensamos diferente a las otras y por eso, las odiamos.

Vine con mi esposa por primera hace tres años, cuando recién nos casamos. De hecho, este fue el muy bien recibido regalo de bodas. Allá en mi tierra no hubiera siquiera soñado con un viaje a un pueblo medianamente lejano, pero ellos me trajeron, no sé cómo enteraron de mí, no tengo idea de cómo supieron que me había casado, no sé nada de nada. Ese día llegó un modesto automóvil afuera de nuestra casita y en tono de tierras extrañas nos dijo que el Comandante nos deseaba una muy feliz vida juntos, que Dios nos bendiga y que nos extendía un presente para poder disfrutarlo, un viaje a la maravillosa nación bolivariana, todo gratis.

Es irónico, nadie nunca se había acordado de mí en mi tierra y este, que ni siquiera sabía quién era, venía y me daba un regalo de esta naturaleza. Pronto empezaron a construir casas nuevas para los que vivíamos allí, fueron rapiditos y muy gentiles con todos nosotros. Entonces llegó el día de partir, ese día, que tuve que irme para Venezuela, fue la primera vez que pisé Lima, tenía que pasar por el aeropuerto internacional así que, según me enteré después, no era técnicamente Lima, sino el Callao. Lo último que me llevé de mi país fue un, ‘¿qué más quieres serrano cochino?’, la empujaron a mi esposa y nos miró con cara de asesino, molesto, solo porque le pedí que me dijera la hora.

Entonces me fui para Venezuela, una tierra distinta. Allí me enamoré de su gente y mi esposa me suplicó para que nos quedáramos, el gobierno daba tantísimas oportunidades y beneficios que era imposible no sentirse importante. Tan diferente a mi Perú. Los pobres éramos importantes y los ricos eran tratados como se lo merecían por arrogantes, egoístas y desgraciados. Venezuela era el lugar que yo quería para vivir. Me enrolé en las filas de los que alentábamos al Comandante, no era el único extranjero, habíamos muchísimos más, todos marginados en nuestra tierra y amados allí, bajo el cielo delicioso de la rica venecita. De puro agradecimiento me metí en política y ello me dio más oportunidades para mí mujer y para mí, hace solo seis meses éramos un par de hijosdenadie allá en el ande y ahora éramos coordinadores de los hermanos extranjeros de la grande patria bolivariana. No entendí nada nunca de lo de Bolívar, pero me daban un nivel digno de vida que jamás me hubieran dado en mi querido Perú, ni siquiera los busqué, ellos nos buscaron.

Entonces, el Comandante cayó en crisis de salud.

Recibimos la noticia en Perú cuando trabajábamos para instaurar las casas del alba allí, para que más latinoamericanos sean beneficiados por la generosidad del Comandante, estaba muy mal y mi esposa me dijo que algo le olía mal. Nos decepcionamos rápido de la Nadine y sin más, quisimos volver a Venezuela. Pero ya no era tan fácil, el Comandante empeoraba su salud, decían.

Pasaron algunos meses angustiosos en el Perú, donde la miseria es el pan de cada día, donde tus hermanos te tratan como si fueras un extraño, te cholean, te serranean, fueron terribles meses que luchamos en nuestro país como si fuera tierra de otro, porque ciertamente tierra de otro era. Volvimos rapidito a Venezuela y entonces pasó lo peor. El Comandante murió.

La noche es violenta y dura, solo oigo el recorrido de la sangre de mi oído resbalar por mi rostro. Veo el cadáver de mi esposa al lado mío, lentamente cómo se enfría con cada segundo que pasa, ¡aún te amo, mi amor! Estoy desvariando. 

Este sitio es el paraíso, ¿qué pasó?

Se vinieron contra nosotros cuando ya no hubo pan qué repartir, cuando escaseó la leche, el azúcar, cuando de tanto repartir ya no había nada qué producir, cuando todo escaseó, volvimos a ser extranjeros, claro, en tierra extranjera. Entonces Maduro endureció su discurso, con la imagen del gran tonto seguidor del glorioso Comandante, traicionó a nuestro gran Hugo Chávez. Porque el Comandante jamás hubiera hecho cosa semejante. Yo sé porque el Comandante era bueno y nos daba a todos, sí pues, yo soy fiel al Chávez y aunque el Maduro sea malo, como es del Chávez, yo soy fiel al Maduro. 

Mi esposa ya no está conmigo. Lloro, sufro.

Mi tierra, ¿dónde está mi Perú? No hay médicos en Venezuela que se den abasto ni profesionales que vivan como merecen, por eso nunca estudié nada, así vivía mejor; si fuera profesional, volvería a mi Perú, pero ya estoy muriendo, me duele la cabeza y de pronto desaparece el dolor, muchos están muriendo y nadie se está enterando. ¡Comandante, sálvenos, a mí y a mi amada esposa! Puedo ver la luz, como la del alba, la luz de todas las izquierdas, conduciéndome hacia la muerte.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Ya no suenan las palmas ni las risas.

Saliendo de la habitación ya no había nadie afuera, ni siquiera los que le habían acompañado antes cuando los tiempos eran buenos y no como los que ahora se vivían. Ni un saludo afuera, los tribunales no se comparaban con las lujosas mesas servidas en los mejores lugares del mundo, sitios a los que ningún peruano común hubiera podido llegar si no hubiera sido por esa apertura que él mismo inició. 

En este país el éxito está condenado, todos son una bola de débiles mentales, debí matarlos cuando pude. Se dijo mientras intentaba lucir a pesar de todo, digno como solía serlo y con el pecho inflado, estaba bien peinado y la sonrisa no debía de faltar. Esta vez ya no tenía ningún asesor de imagen, solo un triste abogado que él figuraba perfectamente como un oportunista que succionaría hasta el último centavo de la plata que alguna vez llegó solo. Así es cuando tienes poder. Poder, esa miserable palabra, tan frágil y fugaz. 

Bajó los brazos lo máximo que podía, él que siempre tenía empuñado algún pañuelo, estaba vez las esposas le impedían extender los brazos para recibir las arengas y energías de ese pueblo ingrato que gritaba histérico su nombre y el del partido, esa muchedumbre que hoy le exige la cárcel.

¿¡Cárcel, por qué!? Es que aquí se esfuerzan por verse lo más tontos que se pueda, es un esfuerzo único y mayoritario, único, potente, incomparable. Mientras más tontos se vean, mejor se sienten. En ningún otro país del mundo esta porquería podría suceder, pero este es país rojiblanco que alienta con fervor y pasión el único deporte en el que su desempeño es notablemente malo y vergonzoso, y al mismo tiempo gira la cabeza y olvida a los que afuera se llevan los oro. Por eso todos los que sí valen la pena se van afuera. Y si se quedan, son egoístas y exitosos empresarios, claro, pensar en los demás de verdad aquí no sirve. Aquí no. 

En Chile se deben estar retorciendo de la risa. Siempre es así. El espectáculo de la vergüenza que damos. Ahora aquí me tienen, masa de inútiles, de fracasados, ¿de qué se jactan, comunistas asquerosos? ¿¡Ah!?

Cuando fui presidente debí acabar con toda esa gente. Pero yo sí creía en la democracia. Hay que ser muy estúpido para creer que no iba a beneficiarme, cualquiera lo hubiera hecho, ¿tú no lo harías? ¿Saben algo? Todos lo harían, tú también. Lo que te hace un buen estadista, hombre de estado, es lo que haces por tu pueblo, por tu gente, las oportunidades que les das, las puertas que les abres, la menor dependencia que les creas al estado que siempre buscará su beneficio porque todos lo hacen. Tú lo haces.

Solo que todos exigen y exigen y nadie quiere dar, nadie quiere cumplir. Tienen la mente revolcada al marxismo, pero son tan brutos que ni se han dado cuenta. Con la porquería que consumen no se podía esperar algo mejor, es lo malo de la democracia, que la gente elige y la gente no sabe elegir. Nunca sabrá elegir.

Le damos el poder de elegir los destinos de un país y de su gente a la mayoría. Y la mayoría siempre piensa como un asno colectivizado.

Sí, enfóquenme, tiren el flash con todas sus fuerzas, dispárenme; ni enmarrocado ni tras barrotes ni en la misma miseria, ni nada de lo que hagan, miserables, borrará la historia. Nada de lo que hagan la cambiará. Ustedes son más, sí, por eso son comunistas. Pero nosotros somos mejores.

Hagan el show que se les dé la gana, yo ya les gané desde el momento en que nací, fui mejor desde mi concepción. Sí, pues, tengo un ego colosal, sí, pues, ¿y a ustedes qué les importa? 

Pero volveré y me volverán a aplaudir y volverán a salir las palmas, las palomas, los pañuelos, el criollismo y la victoria. Porque nunca morimos, nunca. En el dolor, hermanos.