Ni
la gravedad ni ningún mítico poder mágico podrían detener la caída de la
blanquecina y frágil tasa de refinada porcelana. El tiempo que nada perdona,
pareció apiadarse de mí –o todo lo contrario; fui presa de sus taladrantes
minutos, y retorció intempestivamente los colores pasteles de mi felicidad,
como cinta de película reproduciéndose segundo a segundo viví aquel momento.
¿Quién diría que los astillosos residuos de una pequeña
tacita serian el comienzo del triste final de un juego?
La brutalidad quebró la cálida inocencia, el descontrol
aplastó la ternura, la sucia sed de poder avasalló el amor; el oscuro líquido
que con esmero mami me había preparado ahora se encontraba esparcido, mis
suaves y esponjosos muñecos yacían en el manchado suelo, regados y humedecidos
con la horrenda mezcla de un viscoso fluido carmesí y té dulce.
En un arrebatado instante aquel hombre se había propuesto
acabar con el brillo de mis ojos. Corrí a
esconderme, el fuerte y aberrante olor a alcohol viciaba el aire de
nuestra pequeña casa. Mi mamá se encogió y a lo lejos pude ver cómo le decía
algo a ese monstruo, él alzo los brazos frenéticamente, y seguidamente descargó
su ira contra la inestable mesita donde estaban los finos platos de mi juego de
té.
Tomó entre sus manos la rosada tetera que con tanto
esfuerzo mamá me había comprado y la impactó sin remordimientos contra el
empastado piso, el estruendoso sonido hizo mella en nosotras y un respingo
salió de mi boca. Decidí salir de mi refugio y mi madre corrió hacia mí, “¡sal
de aquí Elie!”, me dijo con una expresión de horror en su dulce carita. la que, cual ahora, estaba marcada por las lágrimas. Aquel hombre dio grandes zancadas y
ella con inigualable gallardía se colocó en frente, me aferré de sus piernas con
fuerza. Comenzamos a retroceder.
Nuestro verdugo, mi padre, balbuceaba amenazas, sus ojos
inyectados de sangre me miraban como león tras su presa. Había vuelto, empujado
la puerta y estaba decidido a acabar con la armónica atmósfera que, desde hacía
un tiempo mamá y yo, habíamos dedicado a construir entre risas y juegos.
“Te amo Elie, todo estará bien”, me susurró mamá cuando me
cargó entre sus confortables brazos, no importaban los gritos y fierezas que el
monstruo dijera, tenía a mi mejor amiga conmigo. Me apretó contra su pecho y
cerramos los ojos.
Siempre adoré jugar a servir el té.
Mami me enseñó, era nuestro pasatiempo y encuentro
favorito.
El juego de té había terminado.
