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Un blog diferente.

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viernes, 30 de agosto de 2013

Él.

El olor a madera chamuscada invadía la habitación, las pequeñas e insignificantes gotas de la impenitente lluvia se acumulaban en el cortante borde de una oxidada ventana blanca; el sonido de los pinos con el viento añadía a la escena una connotación serena y pacífica, sin embargo, su alma no se sentía para nada armonizada con su alrededor.

Recordaba nostálgicamente cómo años atrás una linda y pequeña mujer había escrito con puño y letra una carta para su amado, con delicada atención había plasmado en el –ahora quebradizo y amarillento– papel su floral aroma. Se llevó la misiva al rostro e inspirando el pasajero y casi borroso perfume suspiró, cansino, pero feliz. 'Es ella', murmuró.

Movió cuidadosamente el fino lazo rojo que cerraba el paquete y repasó –por millonésima vez– el contenido de aquella hoja tan llena del ayer. Sus ojos destellaron alegría, su boca proclamó una tonta sonrisa. Todo seguía siendo tan igual, en cada párrafo la recordaba.

“Significas fortaleza para mí. Tus ojos sobre mí es lo único que necesito para alejar definitivamente el temor, para arrancar la seriedad y avanzar un paso hacia la eternidad. Eres tanto, significas tanto. Tu mano me da seguridad, solo puedo correr a tu lado, solo contigo. Significas lo que significas por el simple hecho de ser significativamente importante en mi vida, me enseñas el verdadero y precioso significado del amor, porque eso eres, eso significas: amor.”

Leyó en voz alta.
Cerró los ojos con fuerza, humedeció su garganta, la sentía tan cerca como ayer. Sonrió esperanzado. Él, que había buscado toda la vida su lugar, lo había hallado y navegado con su tierna compañera. Ahora ella no estaba a su lado más, pero, ¡qué rareza!, casi podía escuchar su melodiosa voz, aspirar su perfume, besar su suave boca.

La leña con el fuego lo hicieron volver en sí. Casi había dejado de llover por completo, una indefensa nube aparecía en el cielo herida por un rebelde rayo del majestuoso sol. Anudó nuevamente la carta y abriendo su santo libro favorito, la guardó en la página preferida de su amada, aquel sería su lugar. Ella le dijo que significaba amor, ese amor que pronto y en algún venidero día los reuniría y juntaría para compartir la eternidad.

jueves, 29 de agosto de 2013

Tras tu partida

Camino sobre el arco iris, buscando una voz. Aún la esperanza de alcanzar alguna de esas estrellas sigue viva. Avecillas cuentan secretos que no hubiese creído nunca y, en tanto, me elevo entre colores, mientras pierdo mi sombra.

Nadie lo sabe, soy inalcanzable. Cada día en medio de la soledad eterna brillo y gruño. Puedo estar loco, para algunos, loco aquí y ahora. Yendo de arriba para abajo y subiendo de cuando en cuando, en este preciso momento. Pero nadie lo nota, nadie me toca.

He perdido la noción del tiempo, sentado en una de las tantas sillas del aeropuerto. Ya no soy capaz de sostener mi reloj, no soy capaz de permanecer dentro de estos límites.
No tengo mucho que decir ni hacer, sólo dejo que la gente, mucha gente, pase por mi lado entre empujones y miradas llenas de extrañeza. Parezco perdido, porque mi cabeza da vueltas sin definirse en un punto.
Entonces tal vez llegas tú. Entonces no estoy solo, ahora ambos estamos solos. Me dices con esa sonrisa bella que la pureza es celeste o azul, y que tú eres celestial. No por hipnotismo, mas por curiosidad te observo. No he podido alejar mi vista de ti. Sostengo la cámara sin ser capaz de disparar.

Pero así como has llegado te vas. No hay diferencia ahora entre tu vida y la mía, ambos somos pasajeros del mismo vagón, sólo que tú tienes la capacidad de observar a pesar del movimiento. Yo me mareo.
Las miles de promesas que he hecho alguna vez, esas que hubiese cumplido de haber sido necesarias, van ocultándose entre lo común y lo rutinario. Has vuelto a tu tierra, a esa de ensueño.
Eres a veces tan mala que no eres capaz de reconocer mis potenciales acciones. Aunque no rogaba amor, lo esperaba como una consecuencia. Pero así no funciona el amor, no tiene nada que ver con dejarse morir por él. El fuego de la pasión o la ira, yace muerto en algún lugar mientras las canciones trágicas se repiten una y otra vez sin piedad.
Pero yo no oigo más. He bebido recuerdo tras recuerdo en tazas de manzanilla hasta quedar profundamente despierto.

miércoles, 28 de agosto de 2013

De la mano.

 Al coquetear la noche, y rozarla, el día se tiñe naranja variopintado por los colores del melancólico sol. Es la playa y es verano. La arena no se define entre fría ni caliente y el mar pretende rebelarse una vez más, solo la acción del viento lo controla y desata. Los caminantes observan lo que no pueden cambiar y se acongojan por la insignificancia de su tamaño, un sentimiento sobrecogedor los hace mirar y admirar el mar en su monstruosa dimensión y los colores del verano de tarde los colocan en el sitio donde el corazón les palpita más rápido y a sus pensamientos, los sentimientos, les exigen razonar sobre la volatibilidad de su existencia, sobre el amor, el dolor, la eternidad, la mortalidad, el rápido paso del verano y la la ligera huella que dejan sobre la arena. Todo ello efímero, como sus vidas, como fue algún pasado que incluso arde al recordar; como el incierto futuro; como el veloz galope del presente al que hay que sujetar con ambas para que no se les escape.

 La playa de día, en el apogeo del sol, es otra que la del atardecer. Los elementos creados se disponen a mostrar con fiereza su rasgo más poderoso y la mente humana no se resiste a sentirse humillada luego de observar tanta grandeza.

 El poder de la playa solo puede resistirse en compañía, en soledad  el compás y peso de la profundidad puede ahogar el espíritu más feliz. Entonces las almas se juntan de a dos y las manos se entrelazan; los dedos amarrando la mano del otro dejan caer por las comisuras granitos de arena que chorrean y abundan en el paraje costero. Se toman de las manos y se sienten más fuertes, no ha de importar si dos debilidades se han unido para hacer una debilidad más compleja. Dos manos entrelazadas pueden más que la fricción de la arena, que la corrosiva espuma del salado mar, que la acción violenta de todos los vientos, que el naranja escarlata del tirano sol.

 Dos manos entrelazadas se sienten más fuertes y poderosas que todos los elementos creados porque se saben inconscientemente sujetadas a la par y al mismo tiempo, en simultáneo, por la cohesión de lo no creado, de lo que supera el miedo, la angustia, los sentimientos y los pensamientos. Se sienten invencibles, porque dos manos entrelazadas son el reflejo de lo único que permanecerá para siempre: el amor.

martes, 27 de agosto de 2013

Luces en el ático - I

Desde los hombros de mi padre todo era posible.

El calor del sol en el ambiente mezclándose con el viento lozano, característico en la sierra. En la sombra, frío; y en la claridad, calor. Acaban de llegar los juegos mecánicos. Me cojo de la mano de mi padre fuertemente para no caer. El tamaño de aquellas máquinas de diversión es enorme, en un lado de la feria las manzanas acarameladas se preparan, los algodones de azúcar se muestran por sobre las cabezas de los transeúntes, del mismo modo los hombres en zancos repartiendo invitaciones para la función del circo esa tarde, y la multitud de personas vestidos y peinados conforme a la moda de esa época. Fines de los ochenta. 

“Cerrito de la Libertad”, el mirador hacia toda la ciudad. El clima perfecto y las nubes de lluvia en el horizonte. Los caminos sinuosos a través de las jaulas del zoológico, algunas águilas, monos pequeños y los peces. Como atracción principal: un león dormilón que cuando rugía todos se espantan y asombran.

El carrusel que intercalaba caballos, motos y carros. Kapuká, decía para hacer entender mi deseo de subir a una cabalgata imaginaria. Aún en los hombros de mi padre, llego hasta la boletería y luego me suben al juego. Busco mi caricatura favorita en la pared del centro y me acomodo para que empiecen las vueltas. Mis padres me saludan y hacen ademanes para saber de mi felicidad mientras cabalgo imaginariamente acompañado de Condorito.

***

La luz ingresa en mi dormitorio a través de la ventana. No otra vez, digo para desanimarme de ir al colegio. Me alisto a regañadientes entre la luz azul de la madrugada y entre mis papeles encuentro un libro que dejé a medias, lo guardo en mi mochila. Me despido raudo después del desayuno.

A la hora del recreo me pongo los audífonos y escucho la  música juvenil de ese entonces. Siguiendo el mainstream. Al descansar en las sillas del parque interno del colegio veo a los niños de primaria jugando a las chapadas, los niños de sexto grado repartiendo sus cartas de batalla de personajes de dibujos animados y las niñas intercambiando merchandising de la serie/novela adolescente de moda. Cada uno (incluido yo) cumpliendo nuestro rol según el estereotipo de nuestra edad.

Al repasar la mirada por los balcones veo bajar por las escaleras a un grupo de chicas que conversan entre ellas sobre los temas que no podía imaginar a esa edad. Una de ella tenía una sonrisa bella y al lado de su sonrisa, un lunar. Le presté mayor atención, se dirigían al quiosco a comprar algunas golosinas. ¿Cómo imaginar que siete años después estaríamos conversando tomados de la mano, en la universidad?

***

Los errores que un hijo comete, duelen a los padres. Incluso, creo que un poco más a las madres. Había defraudado a mis padres, no podía perdonarme a mí mismo esas actitudes de rebeldía, alejamiento y contradicción de los principios que en la niñez había aprendido a aplicar a mi vida.

Mi madre tomó la iniciativa. Hijo, perdónanos por no estar tan cerca de tus problemas – dijo triste y firme al mismo tiempo. Entendí que se culpaban de mi comportamiento, sin embargo, también entendí que mi responsabilidad en la preparación para mi madurez debió empezar hace mucho. Así es mi madre, me dice mucho con pocas palabras.

Esa mañana la noté distinta. La energía que tenía en sus ojos se estaba acabando. Me prometió que haría lo posible porque todo mejoraría. Miró a mi padre a los ojos. Y nos pedimos perdón, los tres. No volví a salir de casa para hacer cosas ilegales. No volví a pensar que podría ser dueño de mi futuro sin considerar a mis seres queridos.

***

Hoy, unos años después. Miro atrás y reviso los episodios que viví. Hubieron eventos que nos afectaron y nos pusimos tristes, hubieron situaciones en las que gracias a alguien terminamos beneficiados, hubieron discusiones que pudimos evitar, hubieron personas que pudimos conocer más y mejor, hubieron momentos en que debimos agradecer y dedicar más de nosotros mismos. 

Sin embargo, aprendí a estar satisfecho por lo vivido y resarcir los errores que cometí, a apreciar cada instante, a planificar el futuro apreciando la compañía de nuestros seres queridos, a perdonar, a pedir perdón y a agradecer a Dios por la vida, familia y amigos que tengo.

Nos vemos el siguiente martes.

lunes, 26 de agosto de 2013

Esas pequeñas cosas

     Esas pequeñas cosas


  Pequeñas cosas, pequeños momentos, pequeños gestos... pequeñas partículas que una a una se unen para ser parte de ese estado a cual llamamos felicidad. Ese estado en que todo es mágico y la ilusión parece real y se nos paraliza la cara en un gesto eterno: la sonrisa.
Vivimos, corremos, queremos ganarle al tiempo. Todo se resume siempre en la actitud. Nuestra actitud ante la vida, ante esas cosas pequeñas que en realidad pueden significar tanto: amor, piedad, aborrecimiento, paz, felicidad, fe. Lo cotidiano, eso que a veces pasamos por alto en medio de una rutina sofocante.
Ante la pregunta, '¿qué cosas te hacen feliz?', dudamos y buscamos en el fondo de nuestra conciencia. Es tal vez en ese momento que nos damos cuenta que hemos pasado tanto por alto...

*el vuelo de una mariposa
*un "gracias" o un "te quiero"
*una cita elevadora
*una pieza musical
*una foto
*sueños de infancia
*helados
*un beso de buenas noches
*la soledad (solitude)
*el olor a nuevo de nuestros libros favoritos
*el silencio
*el olor a mar
*la caída de una hoja
*los puntos suspensivos...

 Esas pequeñas cosas que crecen y, cuando pasa el tiempo y miramos hacia atrás, entendemos cuán grandes fueron. A veces las tomamos por tácitas; otras, por 'pequeñeces'. Y buscamos la felicidad incesantemente cuando las piezas de ese rompecabezas se extienden ante nosotros y pasan, y pasan...