Los
pétalos rosados se acariciaban con suavidad entre sí, ese vientecito suave que
los movía no se sentía más frío que el suelo en donde las rosas habían caído. Y
sobre ellas una lágrima. Salpicó lentamente y se esparció por la piel rosa de
la flor abandonada, él dejó de mirar a la rosa y se atrevió a levantar la
mirada, ahí la tenía, en frente, tan hermosa como todos los días en que había
brillado solo para hacerlo feliz, solo que ahora se veía nebulosa, gris, sin
expresión de alegría, estaba como muerta, con ojeras y una sombra oscura que la
envolvía en la más notoria de todas las tristezas.
-
- Sí, tengo cáncer. –
dijo ella.
Entonces
se desplomó sobre él, él acudió rápidamente a sostenerla e intentar acomodarla.
Nada era más ruin que verla en ese momento sin movimiento alguno, sin más
palabras para hacerlo sonreír, no había más gesticulación, no había nada. Y la
nada lo presionaba contra la malévola idea de que tarde o temprano la iba a ver
así dentro del cajón que separaría la felicidad del dolor más profundo, ¡¿por
qué el amor no era más fuerte que la muerte?! ¿Por qué la consciencia asimila
la acción de amar como eterna por encima de todos los razonamientos que indican
que, sea como fuere, inclusive el más puro de los amores vividos por nuestros
cuerpos mortales se tiene que acabar en algún momento?
Miénteme.
Dime que no es verdad. Dime que el para siempre era cierto.
Su
cuerpo debilitado se estremeció sobre la cama y de un salto se levantó, pálida,
huesuda, como absorbida de a poquitos por la succión implacable de la muerte
que de todos modos se la iba a llevar. Él lo supo desde un principio, todo ese
tiempo en sus adentros el pecho le había gritado al oído que eso estaba
sucediendo, pero él ensordeció, se cegó, se volvió impermeable a los pensamientos
lúcidos que el cerebro le ordenaba. Ella había padecido del mal hace mucho y
por eso prolongó tanto un matrimonio que jamás se celebraría, ni modo que de la
catedral hubiesen podido unir sus dos apesadumbradas almas en el panteón para
compartir la eternidad del silencio y la inexistencia juntos. Ella se lo ocultó
para que él no sufriera, pero ahora que quedaba tan poco tiempo, él sufría el
doble. El doble por saber que ella se iba y porque había sido tan feliz a
aquello que no podría tener jamás en su vida otra vez.
Esa
mañana, la primera vez que la vio, era la mujer más hermosa del mundo.
Sus
párpados no podían permanecer abiertos más tiempo, hablaba tan poco, pero al
menos un poco más de lo que sonreía. Su voz se hallaba putrefacta. Pero él la
seguía amando. Tarde o temprano iba a partir, ¡Dios Mío!, ¡dale el descanso a
ella y otórgame a mí el olvido!, ¡que me trague la tierra misma en un remolino
de desastres y no se halle más en mí conciencia para recordarla!
¡Pero,
Señor, dame tanto amor como para hacerle justicia al tamaño de la felicidad que
ella todo este tiempo me ha dado!
Ella
cerró sus ojos a la vida. La rosa se marchitó.

