Miguel esperó paciente de pie junto a la puerta cristalina de la biblioteca. Su reloj marcaba las seis con veinticinco minutos y no había señal de la persona que esperaba. Pasaron diez minutos más, muy largos, y a lo lejos se divisó alguien que caminaba torpemente, distraída, y chocando con algún transeúnte por casualidad. En vez de adelantarse a su encuentro, esta vez permaneció quieto y observando sus pies por si se presentaba la ocasión de verla trastabillar sólo para sentirse entretenido.
Con la misma paciencia de siempre se plantó ante él, acomodó sus cabellos negros y con una sonrisa, muy similar a la de aquella primera vez, le entregó el libro. El comportamiento extraño que había tomado lo dejó perplejo y, por un buen rato, se mantuvo observándola sin decir nada.
- ¿Sucede algo? - dijo la observada al verlo tan extraño, pues empezaba a creer que estaba loco.
- Nada, absolutamente nada- respondió apartando la mirada y sosteniendo el libro casi al nivel de sus ojos - te lo regreso.
- ¿Qué? ¿Qué tienes?- en su rostro se manifestó una notoria perplejidad. Se acercó un poco más para poder observar mejor su expresión - ¿Por qué no me lo dijiste antes para no venir?
Él guardó silencio por escasos segundos que a ella le parecieron durar más, pues la idea de haber perdido el tiempo no le era muy agradable. Retrocediendo un poco como para recuperar su espacio, que a voluntad había cedido para satisfacer su curiosidad, volvió a observarlo pero con impaciencia más que con extrañeza.
- Yo ya terminé de leerlo - respondió.
- Tú, seguramente, crees que uno tiene mucho tiempo para perder.
- Ya terminé de leerlo, cedértelo no estaría mal. Sólo quería recuperar mi marcador.
- Entre la gente rara que he conocido tú sí te pasas...
- Me voy. Adiós- dijo Miguel sin darle tiempo a hablar más y aseguró su mochila para irse.
Lucy lo vio retirarse con cierta curiosidad. Y nada nuevo sucedió ese día.
La mañana de ese miércoles fue gélida y gris, el invierno parecía haberse establecido por adelantado en ese momento. Con una manta sobre los hombros, sentada, casi acurrucada, en uno de los sillones de la sala, Lucy leía concentrada y como fuera de ese mundo. Por momentos despegaba su mirada y la dejaba perdida en algún punto inespecífico.
Cerca de las nueve de la mañana cerró el libro, lo metió en su morral y se dirigió hacia la puerta. Su madre, despierta mucho antes que ella, sólo se dignó a asomar la cabeza por la puerta de la cocina, pero esta vez se volvió rápidamente para evitar ser descubierta. Lucy había recordado algo: no tenía que darle el libro otra vez. Dibujo una sonrisa victoriosa, por haberse quedado con el libro, pero después esa sonrisa se borró. Seguramente en ese momento se sintió incómoda al darse cuenta, como si no lo hubiese hecho ya, que Miguel había terminado de leer antes que ella y que burlándose de su poca velocidad la había citado sólo para pedir su marcador. Dando vueltas en su mente pronto se cansó y retomó su lectura en el mismo sillón.
Casi una hora después descendió por unas escaleras que conducían al segundo piso, un hombre en bata que llevaba una barba mal afeitada, cabellos ya en escacez, ojos grises o negros desteñidos, cejas pobladas, barriga notoria y arrugas en la frente. Era su padre, de rostro más severo de lo que realmente era, que bajaba pesadamente las escaleras para desayunar. Nunca se atrevió a preguntarle acerca de sus salidas de mañana y ella sabía que no lo haría. Su padre era probablemente uno de aquellos a quienes etiquetarían como "perros", pero reformado y sometido a prueba. Esa situación lo llevaba a ser siempre sumiso, no sabría asegurar si lo que lo movía era el amor por su mujer o el miedo a perderlo casi todo a causa del divorcio, pero allí estaba como fiel guardián de la casa, hombre de trabajo y padre casi ausente y sin voz. De ello había aprendido, Lucy, a sacar provecho, provecho que más usara para su libertad y para ir cada vez que podía a reuniones con sus amigas. Sin embargo esta vez abandonaba a su familia un tiempo y se iba a estudiar a otro punto del país, y por voto unánime entre el padre y la madre. Aunque su padre no se entrometía en sus asuntos estaba siempre al pendiente y sucedió que la había visto con un chico desconocido cerca a la biblioteca por lo que había persuadido a su madre de enviarla a alguna universidad donde pueda retomar de una vez los estudios que había dejado una y otra vez.
En estas cosas, cercanas, ella no pensaba en ese momento. Leyó casi todo el día. Se levantó muchas veces de su lugar, fue a su cuarto, leyó sobre su cama, sobre el suelo, en una silla, caminando y para la hora de la cena llegó a la mesa y mientras con una mano tomaba la taza, con la otra cuidaba no perder la hoja que leía.
"Si vas a leer, te vas a tu cuarto". Dijo su madre, pero Lucy sólo despegó los ojos del libro algo después, se disculpó y cenó velozmente. Cuando terminó, lavó los platos, tazas y cubiertos con la misma velocidad en que comió y fue a tumbarse en el sillón satisfecha. Se disponía a leer cuando su celular dio aviso de un nuevo mensaje.
---- Mañana me das el libro. Imagino que ya lo concluiste. Recuerda que yo usé mi carnet para sacarlo.----
Miró el celular con cierta viveza como tramando algo, pero esa era quizá su típica forma de ver las cosas cuando algo la tomaba por sorpresa. Las luces de la casa brillaron unas horas más mientras, en el mismo sillón y luego en su cama, Lucy leyó hasta quedarse profundamente dormida, con las luces prendidas de su dormitorio.
Vnto
.:: DTLP ::.
domingo, 21 de septiembre de 2014
martes, 16 de septiembre de 2014
Volar
- Mira mamá, esos pajaritos vuelan alto
En sus ojos la nostalgia se trasluce en lágrimas.y el recuerdo de su hijo hace muchos años repitiendo las mismas palabras. Ahora mayor y explicándole a su nieto lo mismo que su esposo le había dicho en el recuerdo vívido.
- Así hijo, tu podrás volar cuando crezcas.
Y los ojos grandes de la sorpresa y el grito de alegría a continuación.
Las imágenes habían formado parte de su vida en muchos episodios. La casa donde habían vivido lucía ahora más pequeña y decolorida. Casi imperceptible. A su lado habían construido un centro comercial y al otro eran las oficinas de una institución del gobierno. El cielo seguía azul profundo y las nubes de algodón viajando lento a través de todo el firmamento. Aùn tenía algunas fotos en el baùl de su casa en Lima con aquel cielo. Tenía álbumes con páginas de cartulina intercaladas con papel manteca semitransparente. En las páginas negras habían ranuras diagonales para encajar las cuatro esquinas de las fotografías coloridas en papel lustre reveladas por su esposo. El estaba vivo a través de todas aquellas fotografías.
Fueron al hotel donde estarían por unos días y luego se prepararon para comer pues el viaje había sido un tanto extenuante.
Recordó como había sido Huancayo aquellos años de su juventud. El calor era similar, la parte central de la ciudad se había detenido en el tiempo pero no era la misma. Las personas con quienes se cruzaban por las calles tenían un aire a ausencia. Llegaron al restaurante mas cercano y acogedor que encontraron, a cuadra y media del hotel.
Pidieron con la premura de regresar al hotel deseando que les atendieran con similar rapidez. En lo que le sirvieron la infusión para aclimatarse al clima peculiar, empezó a concentrarse en la corriente del agua para disolver el azucar.
- Amor
- Si, aquí estoy
- Bueno, ya estamos aquí. De regreso…
- Si, mi amor. Gracias por hacer mi sueño realidad
- Te extraño y te amo
- Y yo a tí…
- Mamá ¿todo bien? – interrumpió Javier
- Si, hijo. Creo que me está costando acostumbrarme a la altura. – respondió con una sonrisa nostálgica.
De regreso al hotel, cada cual fue raudo a su habitación para terminar de hacer los últimos deberes pendientes y descansar del viaje para estar listos al día siguiente para ir a conocer los lugares turísticos.
Esa tarde, Marta, conversó con su esposo a través de sus recuerdos, los repasó en silencio como para que piensen que estaba durmiendo. Lloró, sonrió, lo abrazó en su memoría y pensando para sí misma soñó en encontrarse pronto con su esposo. Extendió sus brazos. Los cielos celestes, limpios, las nubes de algodón puro y el viento suave que hace achinar los ojos de solaz. Estaba volando…
En sus ojos la nostalgia se trasluce en lágrimas.y el recuerdo de su hijo hace muchos años repitiendo las mismas palabras. Ahora mayor y explicándole a su nieto lo mismo que su esposo le había dicho en el recuerdo vívido.
- Así hijo, tu podrás volar cuando crezcas.
Y los ojos grandes de la sorpresa y el grito de alegría a continuación.
Las imágenes habían formado parte de su vida en muchos episodios. La casa donde habían vivido lucía ahora más pequeña y decolorida. Casi imperceptible. A su lado habían construido un centro comercial y al otro eran las oficinas de una institución del gobierno. El cielo seguía azul profundo y las nubes de algodón viajando lento a través de todo el firmamento. Aùn tenía algunas fotos en el baùl de su casa en Lima con aquel cielo. Tenía álbumes con páginas de cartulina intercaladas con papel manteca semitransparente. En las páginas negras habían ranuras diagonales para encajar las cuatro esquinas de las fotografías coloridas en papel lustre reveladas por su esposo. El estaba vivo a través de todas aquellas fotografías.
Fueron al hotel donde estarían por unos días y luego se prepararon para comer pues el viaje había sido un tanto extenuante.
Recordó como había sido Huancayo aquellos años de su juventud. El calor era similar, la parte central de la ciudad se había detenido en el tiempo pero no era la misma. Las personas con quienes se cruzaban por las calles tenían un aire a ausencia. Llegaron al restaurante mas cercano y acogedor que encontraron, a cuadra y media del hotel.
Pidieron con la premura de regresar al hotel deseando que les atendieran con similar rapidez. En lo que le sirvieron la infusión para aclimatarse al clima peculiar, empezó a concentrarse en la corriente del agua para disolver el azucar.
- Amor
- Si, aquí estoy
- Bueno, ya estamos aquí. De regreso…
- Si, mi amor. Gracias por hacer mi sueño realidad
- Te extraño y te amo
- Y yo a tí…
- Mamá ¿todo bien? – interrumpió Javier
- Si, hijo. Creo que me está costando acostumbrarme a la altura. – respondió con una sonrisa nostálgica.
De regreso al hotel, cada cual fue raudo a su habitación para terminar de hacer los últimos deberes pendientes y descansar del viaje para estar listos al día siguiente para ir a conocer los lugares turísticos.
Esa tarde, Marta, conversó con su esposo a través de sus recuerdos, los repasó en silencio como para que piensen que estaba durmiendo. Lloró, sonrió, lo abrazó en su memoría y pensando para sí misma soñó en encontrarse pronto con su esposo. Extendió sus brazos. Los cielos celestes, limpios, las nubes de algodón puro y el viento suave que hace achinar los ojos de solaz. Estaba volando…
domingo, 14 de septiembre de 2014
V. La casa vacía
La mesa estaba dispuesta, diversos alimentos entre los que figuraban frutas, oleaginosas, cereales y pan se presentaban desordenadamente en una canasta al centro de la mesa. Una mujer de aspecto algo rechoncho movía un cucharon dentro de una olla vieja pero muy bien conservada mientras silbaba alguna canción antigua. En una de las sillas del pequeño comedor, un hombre delgado y serio leía algo en el celular, quizá noticias, quizá otro tipo de información. Para las diez de la mañana de ese día, el resto de la familia se unió al desayuno y al cabo de algo más de media hora, uno por uno fueron retirándose en progresión silenciosa, casi religiosa.
Para las diez con veinte, una llave giró la cerradura de la puerta que daba a la calle y esta se abrió lentamente. Lucy entró despacio y temiendo alguna recriminación. Llevaba aquel mismo libro que se ha mantenido en el anonimato hasta hoy y aferrado a este, se dirigió sin pensar más hacia la cocina: La casa estaba vacía.
En ese ambiente, una mesa circular, pequeña y de patas relativamente cortas, le daba la bienvenida con una nota escrita en una hoja grande, con una letra desordenada: "Hay comida en el fridge". Tomó la hoja, la arrugó y la depositó en un tacho cercano. Tras esto, se dirigió a uno de los sillones que estaban en la sala y se dejó caer en uno de ellos. Abrió el libro y observando la página en que estaba, parecía ser que pretendía terminar de leer un capítulo inconcluso.
Aquellos que han seguido la historia desde el comienzo se preguntarán la razón que justifique que Lucy tenga en su poder el libro siendo que ella, según el acuerdo, lo recibía en la tarde y lo entregaba en la mañana...
El día catorce de ese mes, Miguel no se apareció jamás, ella tampoco lo hizo, pues al enterarse de que no iría a recoger el libro, celebró la ocasión con un día de lectura en algún parque distante de su casa. De esa forma se invirtieron los turnos y aunque nada conveniente para Miguel, pareció no importarle mucho. Así Lucy quedó un tanto más convencida de que aquel trato había resultado en un buen negocio.
La fecha que marcaba el calendario era el décimo séptimo día del mes de junio. Este día tuvo en el cielo un cielo radiante y nubes escasas, llegaban rayos de luz que parecían proceder de muchos soles al mismo tiempo, que invadían la casa y se reflejaban en espejos, lozas, vidrios y todo objetivo que pudiere reflejarlos. Ante la observación de ello Lucy dejaba el libro para abstraerse en sus pensamientos. Pensar que de un momento a otro tendría que alejarse de su ciudad, su familia, su biblioteca favorita, sus parques elegidos para el buen ocio y la recreación. No derramaba lágrima alguna, pero el corazón lo mecía compungido en actitud triste, algo por lo que su familia había evitado hacerle observación alguna sobre sus salidas y actitudes.
En tanto seguía encerrada en sus pensamientos, el celular sonó. Su contestación algo apagada se llenó de sorpresa y tras un par de minutos de conversación, se levantó pesadamente del sillón, recogió sus llaves y también el libro, y salió a paso ligero.
La casa quedó inmóvil recogiendo la alegría que llegaba con los rayos de luz, asumiendo un aspecto primaveral aunque era otoño y el invierno se asomaba ya. Los ambientes inhabitados se refrescaban con el paso del viento frío y en el patio un pequeño aspa de molino giraba suavemente.
Vnto
Para las diez con veinte, una llave giró la cerradura de la puerta que daba a la calle y esta se abrió lentamente. Lucy entró despacio y temiendo alguna recriminación. Llevaba aquel mismo libro que se ha mantenido en el anonimato hasta hoy y aferrado a este, se dirigió sin pensar más hacia la cocina: La casa estaba vacía.
En ese ambiente, una mesa circular, pequeña y de patas relativamente cortas, le daba la bienvenida con una nota escrita en una hoja grande, con una letra desordenada: "Hay comida en el fridge". Tomó la hoja, la arrugó y la depositó en un tacho cercano. Tras esto, se dirigió a uno de los sillones que estaban en la sala y se dejó caer en uno de ellos. Abrió el libro y observando la página en que estaba, parecía ser que pretendía terminar de leer un capítulo inconcluso.
Aquellos que han seguido la historia desde el comienzo se preguntarán la razón que justifique que Lucy tenga en su poder el libro siendo que ella, según el acuerdo, lo recibía en la tarde y lo entregaba en la mañana...
El día catorce de ese mes, Miguel no se apareció jamás, ella tampoco lo hizo, pues al enterarse de que no iría a recoger el libro, celebró la ocasión con un día de lectura en algún parque distante de su casa. De esa forma se invirtieron los turnos y aunque nada conveniente para Miguel, pareció no importarle mucho. Así Lucy quedó un tanto más convencida de que aquel trato había resultado en un buen negocio.
La fecha que marcaba el calendario era el décimo séptimo día del mes de junio. Este día tuvo en el cielo un cielo radiante y nubes escasas, llegaban rayos de luz que parecían proceder de muchos soles al mismo tiempo, que invadían la casa y se reflejaban en espejos, lozas, vidrios y todo objetivo que pudiere reflejarlos. Ante la observación de ello Lucy dejaba el libro para abstraerse en sus pensamientos. Pensar que de un momento a otro tendría que alejarse de su ciudad, su familia, su biblioteca favorita, sus parques elegidos para el buen ocio y la recreación. No derramaba lágrima alguna, pero el corazón lo mecía compungido en actitud triste, algo por lo que su familia había evitado hacerle observación alguna sobre sus salidas y actitudes.
En tanto seguía encerrada en sus pensamientos, el celular sonó. Su contestación algo apagada se llenó de sorpresa y tras un par de minutos de conversación, se levantó pesadamente del sillón, recogió sus llaves y también el libro, y salió a paso ligero.
La casa quedó inmóvil recogiendo la alegría que llegaba con los rayos de luz, asumiendo un aspecto primaveral aunque era otoño y el invierno se asomaba ya. Los ambientes inhabitados se refrescaban con el paso del viento frío y en el patio un pequeño aspa de molino giraba suavemente.
Vnto
jueves, 11 de septiembre de 2014
Knight
He cambiado de posición.
Como una ficha de ajedrez en un mundo cuadriculado.
Metáforas sobran; formas de decirlo, abundan.
Puedo ponerle "comas" a la vida y "puntos" a cada momento.
Puedo encerrar lo que digo y lo que pienso, en un baúl de olvidos.
Puedo tirar al mar lo que oigo, entre sueños, entre noches.
Puedo dejar descolgado el teléfono, mientras la noche se llena de ausencia.
La variante sigue siendo la misma.
La ecuación es distinta.
Corren roedores alrededor de las fichas.
Todos podemos cambiar.
Y si tus palabras no eran para mí y eran para un fantasma.
Alivio.
Unas velas se han encendido dentro de esta habitación iluminada.
Alivio y culpa.
Llueven los abrazos y los besos y nuestras miradas culpables nos delatan.
Pero nadie sabe interpretarlas.
Soy una ficha que ha cambiado de posición.
Entre dos reinas y al alcance de un peón.
Como una ficha de ajedrez en un mundo cuadriculado.
Metáforas sobran; formas de decirlo, abundan.
Puedo ponerle "comas" a la vida y "puntos" a cada momento.
Puedo encerrar lo que digo y lo que pienso, en un baúl de olvidos.
Puedo tirar al mar lo que oigo, entre sueños, entre noches.
Puedo dejar descolgado el teléfono, mientras la noche se llena de ausencia.
La variante sigue siendo la misma.
La ecuación es distinta.
Corren roedores alrededor de las fichas.
Todos podemos cambiar.
Y si tus palabras no eran para mí y eran para un fantasma.
Alivio.
Unas velas se han encendido dentro de esta habitación iluminada.
Alivio y culpa.
Llueven los abrazos y los besos y nuestras miradas culpables nos delatan.
Pero nadie sabe interpretarlas.
Soy una ficha que ha cambiado de posición.
Entre dos reinas y al alcance de un peón.
miércoles, 10 de septiembre de 2014
Fuego.
Cuando se
pone así, es insufrible. El metal en ese punto de calor puede partir tus huesos
como si fueran tiza y nada pasa en vano, duele. Y la verdad es que duele
bastante, más que nada, compañerito.
Pero, si
duele tanto, ¿por qué lo han hecho así? No entiendo. Ese procedimiento solo
puede tener una finalidad y es la de torturarnos. ¿O no?
No,
compañerito, te equivocas profundamente. Tú eres muy joven aún para entenderlo.
A la edad que tú tienes todo es tan simple, tan fácil. Mientras más chiquillo,
más irresponsable con tus pensamientos, peor con tus palabras. Por eso dices
sandeces.
El
procedimiento tiene la finalidad de volvernos más fuertes. Por eso nunca hay
que esperar a que llegue a estar tan caliente, eso es ilógico. No solo te harás
más fuerte; te vas a hacer más rápido.
Y, ¿para
qué? ¿Para qué debemos ser más fuertes y, de pronto, más rápidos? Dime tú,
compañero, ¿para qué
¡¿Cómo que
para qué?! Pues para que puedas sobrevivir. Para que luego no estés dando pena.
Deberías agradecer al gobierno y no cuestionarlo.
El
gobierno nos pone en una situación contra la pared. Nos da violencia y nos
vuelve violentos para defendernos de lo que ellos mismos nos ocasionan.
Y, te has
puesto a pensar, cumpita, ¿por qué ellos que tienen todo el poder y encima nos
cuidan, quisieran tenernos asustados a todos?, ¿para qué? Si ellos son más
fuertes...
Te
equivocas, compañero, te equivocas mucho. Nosotros somos más fuertes porque
somos más.
Ni
siquiera has pasado la prueba del fuego y dices que eres fuerte. ¡Más que
ellos, encima! Qué risa me das compañerito.
El fuego
que te ponen, el metal caliente no te hace más fuerte. Te mantiene a su merced,
a su expectativa. Te vuelve dependiente porque son ellos quienes administran
ese terror. Te ponen fuego para debilitarte, para que te sepas inferior en todo
sentido, para que no digas nada, para embrutecerte. Y te ponen en un medio
adverso para que no tengas a dónde ir, para que mueras en el intento. Ellos no
te cuidan, ellos nos condenan.
Estás
pensando mucho, compañerito. Los chicos a tu edad están mirando televisión,
están enamorándose, quizás reproduciéndose, los demás compañeritos están en pos
de una moda. Sigue la tendencia, compañerito, no vaya a ser que te pongan el
fierro más caliente y te mueras.
Ya no.
Seguro alguien en alguna parte está pensando como yo. Y quizás somos algunos
los incómodos. Y quizás hemos despertado y, quizás, esto se acabó. Pero no voy
a esperar a que una duda se resuelva sola. Prefiero el fuego extremo que me mate
de una a vivir quemado por años, que me maten por partes y me arranquen las
esperanzas. Como no quiero quedar como tú, elijo ser diferente, muy a pesar de
cualquier fuego.
martes, 9 de septiembre de 2014
Nieve
Los ojos en el cielo
La ventana, una cortina
Lluvia silenciosa
Recuerdos en la superficie
La ventana, una cortina
Lluvia silenciosa
Recuerdos en la superficie
El latido del recuerdo
Un esfuerzo irrefrenable
Te extraño y guardo
Tu voz en mi memoria
Un esfuerzo irrefrenable
Te extraño y guardo
Tu voz en mi memoria
El viento trae tu risa
"Te abrazaré, aferrado"
La nieve no acabará
Calidez para sobrevivir
"Te abrazaré, aferrado"
La nieve no acabará
Calidez para sobrevivir
Te miro a través del papel
Encuentro tu fotografía
Escondida en la primera página
Un bebé llevado en hombros
Encuentro tu fotografía
Escondida en la primera página
Un bebé llevado en hombros
El río camina
Al paso que fuimos
Los tropiezos y las escalas
Paso a paso, te amo
Al paso que fuimos
Los tropiezos y las escalas
Paso a paso, te amo
Luna de luz
Lluvia de ritmo
Arco iris de color
Amor de dos
Lluvia de ritmo
Arco iris de color
Amor de dos
Sierra no cierres
Tus caminos sinuosos
El sol llegará
Y tus campos verdes volverán
Tus caminos sinuosos
El sol llegará
Y tus campos verdes volverán
Yo, fotógrafo documental
Ella, antropóloga en esencia
Yo, viendo rostros
Ella, interpretando gestos
Ella, antropóloga en esencia
Yo, viendo rostros
Ella, interpretando gestos
Cruzando voces
Escuchando inquietudes
"Nos conocemos de años
Sin habernos visto"
Escuchando inquietudes
"Nos conocemos de años
Sin habernos visto"
Llegamos al cielo
Iluminado de estrellas
Una tinta sobre los labios
Intenta respirar conmigo
Iluminado de estrellas
Una tinta sobre los labios
Intenta respirar conmigo
Una vida juntos
Un hijo
Una nuera
Un nieto
Un hijo
Una nuera
Un nieto
Lo siento
Tuve que viajar antes
Mientras nuestro hijo
Aún soñaba
Tuve que viajar antes
Mientras nuestro hijo
Aún soñaba
Vivo contigo
A través de ti
La nieve no acabará
Calidez para sobrevivir
A través de ti
La nieve no acabará
Calidez para sobrevivir
Pronto nos encontraremos
"Tranquila, yo te espero"
Aún falta
Algo por hacer
"Tranquila, yo te espero"
Aún falta
Algo por hacer
Tu sueño
Sueño compartido
Complice, comigo
Nuestro sueño cumplido
Sueño compartido
Complice, comigo
Nuestro sueño cumplido
domingo, 7 de septiembre de 2014
IV. La página negra
Tras dejar las maletas en el vestíbulo, Miguel indicó a su hermana cómo pensaba disponer de las habitaciones y le dio a elegir una. Para ello no tardó más de diez minutos, y tras ese lapso se encerró en su dormitorio.
La habitación era amplia. La cama consistía en un colchón puesto sobre un esqueleto de cemento trabajado artísticamente, y una decoración muy ingeniosa, que quizá al verla uno podría pensar que se trataba de un lujo sumamente costoso. El lado izquierdo de la cama estaba casi empotrado en la pared y medio metro más arriba había espacios ahuecados en forma cuadrangular que guardaban ciertos objetos y algún libro que otro. Pasando la vista de la cama hacia la ventana era inevitable prestar atención a sus libreros, muy ordenados, que encerraban gran cantidad de libros de diferentes temas, aunque llamaban mucho la atención obras de la literatura peruana y universal, puestobque eran los mas abundantes. Con leer los títulos, sin necesidad de más, uno sentíase escuchando una clase de literatura, con aquel profesor apasionado por el arte, recitando a conocidos autores y grandes obras. Pasaban por los ojos Moliere, Víctor Hugo, Tolstoi, Dickens, Kafka, Dumas, Neruda, Becquer, Machado, Witthman, La generación perdida en su totalidad, entre otros que harían la lista muy larga. Habían también tomos de enciclopedias, libros de cocina, ciencias de todos los tipos, historia, entre otros que ya habían perdido el título con el desgaste que traen los años. Era en sí, una biblioteca muy bien abastecida, y la mayoría de estos libros parecían haber sido devorados una o dos veces. Si revisabamos, en ese momento, el cuarto, de canto a canto nos íbamos a encontrar con muchos más objetos que nos harían imaginar que Miguel era uno de esos que viven de lo que el arte les puede ofrecer. Pero dejaré esa descripción para más adelante cuando el la situación lo amerite.
En ese momento, él se encontraba recostado de lado y en una postura incómoda. El libro en la mano, abierto y con las hojas tendidas de la manera particular en que lo hacen cuando uno escudriña las profundidades de un libro. Sus ojos absortos se perdieron en la lectura e hubiese estado en aquella postura y estado de concentración por horas si no hubiese llamado a la puerta su hermana. Dejó el libro abierto sobre la cama, metió sus pies en unas pantuflas que tenía debajo de ella y salió a atender el llamado.
Las horas habían transcurrido veloces y la noche llegaba a sus doce. Las calles de la ciudad habían quedado sin almas que quizá, las sombras que rondaban algunas calles eran de penitentes o ladronzuelos inexpertos.
Miguel y su hermana se miraban fijamente. Miguel tan sereno y poco comunicativo acababa de despachar a un hombre que llevaba un sobretodo gris muy oscuro, y se había presentado como Ron Marrón. Aquél hombre de barbas y cabellos castaños dijo que tenía algo importante que hacer y que no podría explicarle muy bien "aquel asunto". La pequeña conversación que entablaron pareció llevar consigo el recuerdo de alguna historia desnutrida, que tenía cierto rezago en la "página negra".
Tras la despedida de aquel hombre extraño y del que aún no sabemos mucho pero que es importante saberlo, Miguel regresó a su dormitorio y cerró la puerta tras sí. El ligero frío del otoño penetraba por las ventanas abiertas de par en par, pero parecía no importarle a él. No parecía molesto y quizá eso encerraba una alerta mayor, pero que el tiempo podía solucionar. Se dirigió a su cama, cerró el libro que yacía sobre su cama, lo dejó en un lugar inespecífico y se metió en su pijama de rayas grises y blancas. Su hermana apareció en la puerta, tocando suavemente como si temiese que ya hubiese quedado dormido. Miguel abrió la puerta bruscamente y se encontró muy cerca del rostro de su ella que llevaba una pequeña bandeja con una taza que contenía lo que parecía ser manzanilla.
- ¿Olvidé desearte buenas noches? Lo siento. Pero espero que no me pidas que te cuente un cuento- dijo Miguel, dejando que una sonrisa se dibuje en su rostro, una sonrisa a medias.
- No. Para eso ya habrá oportunidad. Toma, una manzanilla le dará algo de felicidad a tu noche- dijo la muchacha entregandole la bandeja y haciendo el ademán de retirarse- Descansa muy bien. Y no ronques.
- Yo no ronco.
- Ese secreto te lo guardaré - Sonrió de esa forma tan diferente a la de él y se fue tarareando alguna canción que acaso había inventado en ese momento.
Tras tomarse la manzanilla, Miguel se envolvió en sus sábanas y quedó profundamente dormido al intante. Las luces se apagaron en casi toda la casa, excepto en el patio por cuestión de seguridad pues era la única vía de entrada para algún inescrupuloso ladrón, que si bien eran escasos y usualmente tan torpes o poco ingeniosos que realizaban sólo pequeños robos, valía la pena ser precavido. El silencio comenzó su intento de reinado contra los ruidos que débilmente emitía la naturaleza y los habitantes de la zona se entregaron plácidamente a las horas de descanso y sueños.
Vnto
La habitación era amplia. La cama consistía en un colchón puesto sobre un esqueleto de cemento trabajado artísticamente, y una decoración muy ingeniosa, que quizá al verla uno podría pensar que se trataba de un lujo sumamente costoso. El lado izquierdo de la cama estaba casi empotrado en la pared y medio metro más arriba había espacios ahuecados en forma cuadrangular que guardaban ciertos objetos y algún libro que otro. Pasando la vista de la cama hacia la ventana era inevitable prestar atención a sus libreros, muy ordenados, que encerraban gran cantidad de libros de diferentes temas, aunque llamaban mucho la atención obras de la literatura peruana y universal, puestobque eran los mas abundantes. Con leer los títulos, sin necesidad de más, uno sentíase escuchando una clase de literatura, con aquel profesor apasionado por el arte, recitando a conocidos autores y grandes obras. Pasaban por los ojos Moliere, Víctor Hugo, Tolstoi, Dickens, Kafka, Dumas, Neruda, Becquer, Machado, Witthman, La generación perdida en su totalidad, entre otros que harían la lista muy larga. Habían también tomos de enciclopedias, libros de cocina, ciencias de todos los tipos, historia, entre otros que ya habían perdido el título con el desgaste que traen los años. Era en sí, una biblioteca muy bien abastecida, y la mayoría de estos libros parecían haber sido devorados una o dos veces. Si revisabamos, en ese momento, el cuarto, de canto a canto nos íbamos a encontrar con muchos más objetos que nos harían imaginar que Miguel era uno de esos que viven de lo que el arte les puede ofrecer. Pero dejaré esa descripción para más adelante cuando el la situación lo amerite.
En ese momento, él se encontraba recostado de lado y en una postura incómoda. El libro en la mano, abierto y con las hojas tendidas de la manera particular en que lo hacen cuando uno escudriña las profundidades de un libro. Sus ojos absortos se perdieron en la lectura e hubiese estado en aquella postura y estado de concentración por horas si no hubiese llamado a la puerta su hermana. Dejó el libro abierto sobre la cama, metió sus pies en unas pantuflas que tenía debajo de ella y salió a atender el llamado.
Las horas habían transcurrido veloces y la noche llegaba a sus doce. Las calles de la ciudad habían quedado sin almas que quizá, las sombras que rondaban algunas calles eran de penitentes o ladronzuelos inexpertos.
Miguel y su hermana se miraban fijamente. Miguel tan sereno y poco comunicativo acababa de despachar a un hombre que llevaba un sobretodo gris muy oscuro, y se había presentado como Ron Marrón. Aquél hombre de barbas y cabellos castaños dijo que tenía algo importante que hacer y que no podría explicarle muy bien "aquel asunto". La pequeña conversación que entablaron pareció llevar consigo el recuerdo de alguna historia desnutrida, que tenía cierto rezago en la "página negra".
Tras la despedida de aquel hombre extraño y del que aún no sabemos mucho pero que es importante saberlo, Miguel regresó a su dormitorio y cerró la puerta tras sí. El ligero frío del otoño penetraba por las ventanas abiertas de par en par, pero parecía no importarle a él. No parecía molesto y quizá eso encerraba una alerta mayor, pero que el tiempo podía solucionar. Se dirigió a su cama, cerró el libro que yacía sobre su cama, lo dejó en un lugar inespecífico y se metió en su pijama de rayas grises y blancas. Su hermana apareció en la puerta, tocando suavemente como si temiese que ya hubiese quedado dormido. Miguel abrió la puerta bruscamente y se encontró muy cerca del rostro de su ella que llevaba una pequeña bandeja con una taza que contenía lo que parecía ser manzanilla.
- ¿Olvidé desearte buenas noches? Lo siento. Pero espero que no me pidas que te cuente un cuento- dijo Miguel, dejando que una sonrisa se dibuje en su rostro, una sonrisa a medias.
- No. Para eso ya habrá oportunidad. Toma, una manzanilla le dará algo de felicidad a tu noche- dijo la muchacha entregandole la bandeja y haciendo el ademán de retirarse- Descansa muy bien. Y no ronques.
- Yo no ronco.
- Ese secreto te lo guardaré - Sonrió de esa forma tan diferente a la de él y se fue tarareando alguna canción que acaso había inventado en ese momento.
Tras tomarse la manzanilla, Miguel se envolvió en sus sábanas y quedó profundamente dormido al intante. Las luces se apagaron en casi toda la casa, excepto en el patio por cuestión de seguridad pues era la única vía de entrada para algún inescrupuloso ladrón, que si bien eran escasos y usualmente tan torpes o poco ingeniosos que realizaban sólo pequeños robos, valía la pena ser precavido. El silencio comenzó su intento de reinado contra los ruidos que débilmente emitía la naturaleza y los habitantes de la zona se entregaron plácidamente a las horas de descanso y sueños.
Vnto
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