Nunca te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío se queme,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay Fuego en tu Alma,
Aún hay Vida en tus Sueños.
Mario Benedetti
***
Lentamente los ojos de Ramiro
se fueron cerrando. Sofía, asida de sus manos, lloraba, casi sin hacer ningún
ruido. Solo unos sollozos, suspiros incompletos, mutismo sobrio. Todo en ella
parecía tomar un sentido cada vez más sutil. La forma en que articulaba las
palabras, la entonación y fuerza en que se emitían parecían desvanecerse.
Hablaba para sí, no para los que le rodeaban. Las preguntas que tenía se le
acumulaban sobre sus párpados de noches completas. ¿Cómo sería todo después de
esto?
Aún no quería estar en el
presente. Solo deseaba ese momento, ese espacio cálido en la última mañana de
invierno en la que su pequeño le abrace y sonría con la mirada cansada por un
día de mucho jugar. Hasta
mañana mami, te quiero mucho. Hasta mañana papá, cuida de mamita desde dónde
estes. Te quiero... Unos minutos después, un susurro tenue que se escucha
en todo el pasillo. Te amo.
Los objetos no solo se
contienen a sí mismos. Los objetos cargan, sin saber, los recuerdos de sus
dueños, de sus interacciones a través de ellos. No respiran, no miran, no
duermen, ni hablan. Sin embargo, inertes, mudos, vacíos, nos cuentan sus
testimonios de lo que viven, de lo que les tocó compartir con sus dueños, de
las emociones que despiertan en ellos. Los objetos le ayudaban a retener el
pasado en el presente. Ella lo volvía a vivir junto a ellos.
Un pato flotante, pequeño,
sonriente. Con un diminuto hueco en la boca para que salga el agua en un chorro
y juegue el pequeño Ramiro mientras lo bañan. Fue entonces cuando empezaron a
darse cuenta que algo no iba bien. Un estornudo y una sonrisa a medias. Diana,
la jovencita que le cuidaba, no le dio mayor relevancia sino hasta que lo
estuvo secando. Le pareció poco usual que el niño no estuviera inquieto. El
pequeño no se escapó de las manos que lo arropaban, estaba muy calmo después
del baño. Lo alistó para dormir y no tomó mucho tiempo para que las luces del
recinto se apagaran.
El carro que su padre le hubo
enviado. Un vehículo azul marino con líneas blancas. Luces que se prendían al
sonido de una tierna música de cuna activada por una pita que recogía mientras
duraba la canción. Ese juguete fue testigo y consuelo después de un día de
fiebre cuando el pediatra lo evaluó y posteriormente explicó lo que estaba
pasando en el cuerpo decaído de Ramirito.
Unos cubos de juguete con
dibujitos, letras y números en alto relieve que se caían de la cama de la
clínica cuando se quedaba dormido después del jarabe de las ocho. Papá, vino
uno de esos días, acababa de llegar de Frankfurt. Lo miró durmiendo. Arregló el
peinado de su bebé, el valiente capitán del crucero Golden Knight en el jardín
de la casa cuyo camino empedrado era tierra firme y el pasto alrededor era el
inmenso Océano Pacífico.
Un antílope galopante, cuyo
rostro le causaba gracia imitar su expresión. Fue el último juguete que recibió
y que le acompañó el día en que se fue. El día que su padre lo envió estaba en
Nueva Delhi, acababa de aterrizar. Encontró el juguete en una tienda de
artesanías. Sin pensar más, y pensando en la recuperación de su hijo, lo envió
de inmediato. Llamó a su suegra, Viviana, y le dijo que pronto llegaría un
juguete para Ramiro, para que lo espere jugando una vez recuperado de su
enfermedad. No deseaba sentir dolor, estaba centrado en pensar en que se recuperaría
en cuanto regresara, sin embargo a veces la realidad nos muestra el lado duro
de la vida.
Padre. Eric Berne escribió
sobre este rol. Uno aprende a ser padre desde que es hijo. Es más, uno actúa
como padre cuando juzga que debe actuar de ese modo al pensar que debe proteger
o corregir una conducta en una interacción con alguien de confianza. Uno se
siente padre, además, cuando tiene un ser que depende de las decisiones que uno
tome. Christian, no se sentía padre aún cuando se enteró que había dejado de
serlo. No lloró, no sufrió, pareció no afectarle en lo absoluto. Desconcierto,
por ponerle un nombre a lo que sintió entonces. Una sensación de no saber qué
hacer, ni qué decir.
No fue sino hasta el día
siguiente del entierro de Ramiro en que se dio cuenta que las cosas deberían
tomar otro rumbo. Sofía no había dormido, había pasado la noche entera
guardando los juguetes, recordando cada episodio y aventura que hubo vivido con
su hijo. Sofía sutil, con las fuerzas debilitadas, parecía que su cuerpo se
hubiera reducido al vestirse de negro. Christian despertó de madrugada y la
encontró en el cuarto de Ramiro con el carro azul marino cantando su melodía
alegre, la abrazó. Entiendo lo
que sientes, yo también lo siento.
Lloraron juntos. Sofía por el
tiempo que no regresa, Christian por no poder regresar el tiempo.
***
Shjol. Palabra hebrea para
llamar a los padres que perdieron un hijo. Una forma de identificarse como
deudo, un modo de saberse dolido por la falta de ese ser indefenso que cuidamos
con ternura y paciencia. Sin embargo, ese amor y ese querer sustentar una vida
que quedaron pendientes por prodigar pueden tomar un nuevo rumbo, una nueva
perspectiva y canalización de nuestro afecto. El apoyo a quienes carecen de
ello, a pequeños huérfanos de afecto que buscan en la mirada ajena un ápice de
certeza que tienen un lugar y función en esta vida. Que aún hay vida en sus
sueños.