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jueves, 5 de septiembre de 2013

Ritmo

Noche. Camino casi a tientas. La lluvia cae, tal vez, y no tengo sombrilla. Paso por una calle. Una de esas calles oscuras y tenebrosas. Como siempre, y camino lento.
Siento que algo aparece detrás, que se asoma sigilosamente una figura, como depredadora entre las matas. El silencio es relativo: Es silencio de palabras.
El miedo empieza a apoderarse de mí, pienso en todas las posibilidades, y empiezo a visualizar los finales trágicos de las películas. Pero me digo que esto no se parece a nada. Me digo que esto es peor, pero también sé que baso mis suposiciones en nada.
Oigo pasos. Paso a paso, lentos, calculados. Acelero. Pero los pasos parecen haberse mimetizado con los míos, no puedo notar la diferencia. Entonces la preocupación y la ansiedad se hacen más intensas. Empiezo a sentir electricidad recorriendo mi espina y empiezan a surgir mil interrogantes que no puedo responder.
La noche se apaga un poco más.

La oscuridad es densa, los faros de la calle apenas están encendidos. La luz es insuficiente como para correr sin temer un golpe frontal contra algún poste o muro. Como pocas veces, la oscuridad parece ganarle a la luz, y los faros parecen ser devorados por ella. Y yo no soy nadie para salir ileso. Es la fuerza de las circunstancias y más que eso al mismo tiempo.
Tomo una decisión, rápida e impulsiva. Busco en mi bolsillo izquierdo y empuño mi navaja. En la selva para sobrevivir a los depredadores debes convertirte en uno. Nunca sabes si la vida se despojará de ti en un instante de distracción, y sin que lo notes. Y empuño el mango de mi "alemana" por el temor a la muerte, en parte. El pánico en la idea de morir sin luchar, sin honor, de perder sintiéndome un perdedor me acosa al mismo tiempo. Si muero, no quiero morir. Esa paradoja a la que aún no he encontrado respuesta empieza a rondar mi cabeza y no encuentro solución. No he plantado un árbol, no he tenido hijos, no he escrito un libro. Si la vida tiene una misión, aún necesito un poco más de tiempo.
¿Pero qué sería la vida sin mí? ¿Cuán efímera o cuan eterna puede ser mi existencia? Tal vez hasta después de la pastilla del día siguiente, o después de nacer, hasta cuando sea viejo, o hasta un accidente. Y puedo ser eterno como un recuerdo común, pero aún así esa eternidad tiene un límite dentro de esta esfera cada vez más accidentada.
Dejo que el filo plateado emerja del mango rojo de mi navaja alemana. He girado velozmente...
Nadie...

Y vuelvo a volar como hoja, convirtiéndome en ave nocturna. Y mi navaja de mango rojo ya no está, la noche se la ha llevado pero ha dejado su rojo en mi vergüenza.
Cambian mis ideas, porque me siento indefenso. Y no ante la muerte, ahora hay algo que me aterra más: el miedo.

jueves, 15 de agosto de 2013

Azul cielo

Me recuesto sobre el césped con los brazos abiertos, dejo que la brisa pase por mi lado, dejo que las hojas que caen cubran mi cara. Abro los ojos y miro: cielo, nubes, hojas verdes y ensombrecidas creando un natural contraste. Un libro echado boca arriba a mi lado, mis cordones desatados, todo forma parte de un 'juego'.

Yo soy rojo, como el ocaso. El cielo no es azul, es celeste y permanece inmutable, pacífico, existiendo a su propio ritmo. Yo soy rojo, como un fruto maduro, una manzana tal vez. Soy rojo y no es notorio, pocos me ven recostado sobre el césped.

Celeste, ¿qué es? Un cuadro (y no de esos que se olvidan, porque este tiene color así como yo que soy rojo).

El infinito habla un momento, parece rugir y yo solo quiero escuchar. Acompaño a la naturaleza para robarle un poco de paz.

Alguien se percata de mí. No, no soy un pordiosero. Aunque no me negaría a recibir algo de usted, no tengo suficiente orgullo para negarme. Al fin y al cabo soy rojo y seré más invisible conforme caiga más el sol.

¿Dónde está el azul cielo? Se disuelve, se va al infinito.

Algún artista oculto pinta con acuarelas rojas el manto. Ahora soy invisible, me confundo entre los matices del mar de arriba. Ya no estoy recostado sobre el césped, ya no tengo los brazos abiertos. Ahora estoy en un cuarto, en un espacio reducido. Y me dicen que soy libre. Nadie me ve.