Cuando servía en el ejército la vida era dura. Así comenzaban las historias de mi abuelo. Sus cejas pobladas salpicadas de plata se movían con cada gesto de emoción suya, su rostro aún poco arrugado para su edad se iluminaba cuando hablaba de esos años gloriosos en su vida.
Mi abuelo era de esos viejos que parecen inmortales. A pesar de sus ochenta años mantenía un cuerpo robusto y vigoroso. Sus cabellos eran muy cortos, algo típico en los hombres que han recibido formación militar y su rostro parecía tener una mezcla de dureza y mansedumbre. Y allí estaba el abuelo, contando sus historias, algo fantásticas y con porciones rellenas de hechos inverosímiles.
Ahora sus huesos se han debilitado y sus historias se han robustecido de imágenes cómicas, increíbles y poco comunes.
Cuando sus canas muestran sus años que se ocultan tras esa piel lisa, cuando lo veo tratando de dar algo para, de alguna manera, decir que aún está aquí y que aún tiene mucho que dar, cuando veo en sus ojos la emoción de un niño por el simple hecho de tener un desayuno con su hija, cuando 'me quita el tiempo' para darme sus consejos siento que ese lazo entre alguien que cuenta los años en retroceso y alguien inexperto como yo se afianza, siento que por ósmosis recibo un poco de esa sabiduría, un poco de esos años.
Ellos, los viejos, siempre tienen mucho que decir, mas pocos oídos dispuestos a prestarles atención. Ellos que pagan con sus achaques lo que hicieron con sus cuerpos, que ven atrás lo que no fue, lo que pudo ser y los que se avecina, ellos...
Ahora, sentado, todos comemos, es su cumpleaños y su rostro parece el de un niño de cinco años a la espera de su regalo. Cuando ya terminamos de comer, el abuelo me habla, pregunta si todo va bien y luego se levanta pesadamente de su asiento y me sonríe de esa manera nostálgica con que suelen hacerlo los que han sufrido mucho en la vida. Hijito, nunca cometas los errores que yo he cometido. A tu mamá, quiérala; a tu abuelita, quiérala; recuerda que ellas te quieren mucho hijito, recuerda que nosotros los viejos solo estamos para evitar que repitas nuestros errores. Sin duda esa es su frase célebre.

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