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Un blog diferente.

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martes, 4 de febrero de 2014

El lado positivo del fracaso - I

Hola amigo
Te escribo hoy desde el claroscuro de mi lucidez. Desde este insomnio de mediodía que no me dejó dormir la noche que pasó. Una desazón terrible, un ahogo sin agua. Ese nudo indesatable en la garganta. Si, lo sé. Tu ganaste. Y no te estoy escribiendo para reclamar que tu victoria pudo ser injusta, es más, te escribo para felicitarte porque aún a pesar de que haya hecho todo cuanto sea posible para hacerte fallar. Tu ganaste. Y no lo digo con malicia, ni sarcasmo. Lo trato de decir desde lo más profundo de mi juicio sobrio.
Sabrás entonces lo que pasó después de la última vez que nos enfrentamos.  Sabrás que no pude soportar la derrota. Sabrás que tuve que huir de mi casa pues no podría acercarme ni a mi esposa ni a mis hijos después de eso. Sabrás que no se supo nada de mi después de cuatro meses. Y ¿sabes qué? Regresé después de que me fui con la única esperanza de volverte a encontrar y vencerte. Pero ya era demasiado tarde. Ya no estabas más en el vicio. Así lo llamámabamos ¿recuerdas? Estábamos conscientes de que era eso para nosotros y que nos gustaba seguir jugando porque ese era nuestro medio para salir, para escapar de las responsabilidades de ser alguien. Si, ser alguien. Todavía las palabras de mi padre resuenan en mi cabeza. Tienes que ser alguien. Lo odiaba.
Como siempre tu estabas un paso antes que yo. Y ya lo habías superado. Yo no tenía con quién competir ya más. Así que, sin saberlo, ya me habías ganado una vez más. Escapé, huí otra vez y para siempre. Los policias me ubicaron y me encuentras acá. Escribiendo esta carta para estar tranquilo con mi conciencia. Para ya no buscarte la pelea una vez mas. Para dejar de ser ese sujeto y convertirme en alguien. Como mi padre, nuestro padre quería.
Y te digo amigo porque hermano ya no calza. Estoy diez años tarde de ser tu hermano. Menos aún, de ser el hermano mayor. Tu pareces serlo antes que yo. Amigo, te pido perdón aún sabiendo que ya lo haz hecho. Porque así eres tú, así te encontré a mi regreso, así me dijiste cuando conversamos la última vez y no lo entendí.
Te escribo desde este lugar donde me tienen para ya no hacer daño a nadie más, inclusive a mi. Y parece que está funcionando.  Tu me dijiste que funcionaría, amigo, mi hermano.  Y si. Está funcionando. He decido reconstruir mi vida, recuperar a mi familia y volver a ser YO. Quien quise ser cuando jugábamos que éramos pilotos de carreras. Airton Senna, Nikki Lauda y los hermanos Javier y Darío Gómez se enfrentan en la carrera definitiva. El titular de nuestros periódicos.
Dentro de unos meses iré a visitarte. A pesar de que tu ganaste aquella vez. Hoy he dedicido ganar YO. Y no contra tí, sino contra este deseo que controla mi voluntad de hacer lo bueno para todos y me obliga a buscar lo bueno sólo para mi. Creo que ahora te entiendo mejor cuando me decías que me perdonabas y que querías que yo me calme y qur necesita ba perdonar me también. Sin embargo, creo que es mejor tarde que nunca para darse cuenta de esto.
Gracias y espero que nos encontremos pronto. Me logré comunicar con Fabiana. El médico me ayudó a ubicarla. Me dijo que me dejaría ver a los niños en cuanto pueda salir de acá y que conversaríamos sobre lo que me pasó. Ojalá nuestra relación mejore. No deseo que se estropee todo de nuevo por culpa de su familia. Perdón. Se que no debo culpar a nadie y ser más indulgente con su familia pues yo también me equivoqué. Pero es algo que aún no logro controlar. En fin, el doctor me ha dicho que ya estoy cerca de controlarlo y que me hace bien escribir todo lo que pienso. Bueno, después de ver a los niños iré a verlos a ustedes y para ese rato espero ya estar mas controlado de la cabeza y que me hayas perdonado. Amigo.
Con aprecio.
Javier

lunes, 3 de febrero de 2014

"Listo"

Bajé las escaleras con la misma prisa de siempre. Algo sobrecargado con todos los planes que tenía para ese día, seguramente había olvidado de incluir muchas cosas en mi mochila, pero imposible hubiese sido notarlo en aquél estado.
Ella me esperaba como tantas veces. Me quería. Y estaba allí contemplándola, mientras buscaba en algún bolsillo el dinero, las llaves, algún pequeño presente, algo más. La quería.

Alguna vez las horas fueron eternas a su lado, pero ahora todo eso, recuerdos y sentimientos, se dispersaban. Me sentía tan culpable, como veces anteriores. Mi deseo acérrimo de ser veraz a toda costa me presentaba imágenes de una película trágica e incómoda. Sus ojos me miraban curiosos, preguntándome quizá inconscientemente por qué la crueldad de mi silencio, por qué me había quedado mirando un cuadro que había pasado por alto tantas veces, en la galería de arte a la que menos me gustaba ir. Cobarde. Es probable que lo fui. Trataba de jugar a su modo, con indirectas, con situaciones que pudieran darle alguna idea sutil y poco punzante de lo que quería decir. Pero o no entendía las señales, o no quería entenderlas. Y eso me elevaba al podio de los más descorazonados.

Aunque eternamente había repetido que cuando el amor se acaba, no tiene sentido seguir. Era, esta, una situación en la que el final destruía más que un lazo entre dos personas: Ellos, los que indirectamente participaban; las historias y secretos; el tiempo y el escenario, cómplices de escenas que ahora se colaban en una novela llena de falsedades. Pero no daba para más. Lo sabíamos. Lo sabíamos.

- ¿Pasa algo? - Me había tomado del brazo.
- Pasa de todo y pasa nada-. dije. Aunque pretendía decirlo rápidamente, mi lucha se eternizaba más y más.
- No juegues. Responde.
- Es difícil, ¿sabes? Esto del amor. No he llegado a entenderlo. Creo que...
- Mira. Si quieres decir algo, dilo.- Me interrumpió para dejarme en jaque después- Dijiste que siempre serías honesto.

Entonces salió a relucir la faceta de hombre sin mucho tino, directo, pero temeroso. Hablé cerrando los ojos, como un niño ante una inyección y esperé su respuesta. Listo. Fue lo único que dijo.
Yo no dije más, No mencioné jamás muchas cosas. Me fui. Se fue. Tomamos caminos opuestos. 

En el paradero, pensaba en cuánto podía realmente durar el amor. Pasaba la idea de su no existencia, pero era consciente, que a esa edad no sabía mucho acerca de nada. Todo era un juego, un juego del que no quería participar, pero en el que ya estaba incluido. En el que todo parece funcionar en ciclos, a veces, muy desordenados.

- Disculpa, ¿sabes qué hora es? 
- Claro.

viernes, 31 de enero de 2014

Corazonada

Corría por los gélidos pasillos del nosocomio, sin pausa, sin descanso, sin secar las gotas de sudor que surcaban su frente; la angustia cual costal de arena se amontonaba en sus brazos, el sabor a hiel le ganó la partida a la menta que había degustado hace minutos ¡y sus pies que no respondían!
Trastabillando se abrió paso entre una multitud que se amalgamaba con el ambiente tan serio del aquel lugar, los gestos de las personas eran bizarros, sus voces perturbadoras, el olor a medicamento lo asqueaba más de la cuenta. Siempre había odiado los hospitales, y ahora, solo imploraba que este fuera la salvación de su vida.

Pensó en detenerse cuando el corazón le saltó con fuerza, martillando sus costillas, como queriendo escapar para llegar primero. ¡No! no podía, una corazonada le decía al odio, le susurraba con voz casi inaudible que no se detuviera. Era su voz.

Cuando llegó, deslizó ávidamente sus ojos por la habitación, notó su pequeña silueta, postrada y empapada por la lluvia, sus ojos entrecerrados, su respiración imperceptible, sus labios secos; su delgado cuerpo inmóvil. La pelea en el auto, las bocinas, el semáforo, y el choque que los dejó inconscientes a ambos.


“Debiste oírme, cuando te hable de aquel presentimiento” le reprochó arrodillado junto a la camilla, se llevó automáticamente la mano al pecho, el dolor le dolía. Ella tosió y parpadeando con suavidad lo miró como siempre, con dulzura y paciencia. “Tranquilo, ahora yo tengo una corazonada… estarás bien” masculló; un escalofrío invadió sin permiso su espalda, los médicos se movían a su alrededor. Lágrimas asaltaron al sujeto de ojos brillosos, negó con la cabeza cuando le pidieron que se retirara, ella había empezado a convulsionar. Gritó su nombre, el corazón se le estrujaba, su respiración se apagaba, y su mundo se desplomaba. La enfermera le pedía que mantuviera la calma, y se asomó por última vez a la ventanilla de la sala.
El pitido del desfibrilador marcó el último latido de su corazón, y el insípido final de su propia corazonada.

jueves, 30 de enero de 2014

A Lúcida [1]

1
El alma ha esparcido muchos versos inútiles durante la historia. Versos que quizá nunca llegaron a su destino.
Páginas sueltas, cuadernos viejos, lágrimas que se decantaron aceitosas formando palabras azarosas que conforman una nueva forma de ver el mundo.
Allá ella, una luz bajo la noche, que me habla en un idioma simbólico, a la cual no respondo, ante la cual absorto llego a sumirme en el más profundo silencio. Ella me está mirando.

Sus cabellos sueltos no me alcanzan, sólo sus manos. Entonces todo toma sentido: los colores se pierden, las voces se apagan, las noches se encienden y al fondo de algún pasillo una mirada habla de sí misma.
He sido aprehendido por sus ojos, sus manos apenas me tocan, marcando mi rumbo, arruinando mi soledad. He querido hablar y me ha callado con sus palabras no dichas, he rozado sus mejillas y he perdido la noción del tiempo, he viajado al país de los eternos y poco a poco he abierto más los ojos, para soñarla, de manera más real como se continúan los sueños después de despierto.

Pero entonces la luz se va apagando lentamente, ella se va y me quedo en el limbo. Sus manos se alejan, sus horas también. Va quedando de ella un recuerdo agridulce y unas huellas que marcaron mi rumbo.

miércoles, 29 de enero de 2014

Ella.

La delgadísima gota azul recorría el continente de su rostro de piel tersa, hermosa y maquillada hasta sin motivos. Exhalaba un gemido de dolor, que se contenía y ahogaba en el bullicio de la música fuerte y estridente. El repentino blanco tipo flash, intenso, que cortaba las escenas por eslabones me hacían observarla de lejos en recortes tipo cómic.

Su delgada y curvilínea silueta, los tacos enormes en aguja, la minifalda que dejaba entrever e imaginar todo, el escote donde se perdían los ojos de los muchachos, las uñas de sus manos, rojas y largas, perfectamente cuidadas; su boca, pintada, toda ella pintada. Hermosa, muy bella. Pero llena de dolor.

Pidió en la barra una copa de algún trago exótico que ella conocía, ella se sabía todos los nombres posibles. La imaginaba retorciéndose de dolor por dentro, pero sonriendo a todos. Prestando sus labios a todas las barbillas ajenas de cualquier lugar. Nadie besaba mejor que ella y eso lo sabíamos todos, los víctimas de sus crueles antojos o los de los suyos.

Cuando la conocí no parecía ser ni la mitad de lo que en la discoteca se veía. Era una chica sencilla; hermosa, pero sencilla, en un arenal. Como una flor en medio de un basural. De inmediato me sonrió y caí a sus pies como cae la nieve atraída y sin remedio al piso. Me derretí en su pasión tantas veces que pensé que yo era su amor, hasta que descubrí que ella no tenía amor.

Lo que ella tenía era una madre enferma y hermanos muriéndose de hambre.

Y tenía perfectas formas. Era una de las más cotizadas prostitutas de ese bar, todos lo sabían, nadie lo decía. Ella se enjugaba en su dolor todas las noches antes de empezar. Muchos creen que alguna vez ella los amó, yo soy uno de esos ingenuos. Ella no ama, no ama ni al placer porque ni lo conoce. Ella solo conoce de billetes y ama a su madre y a sus hermanos.

Ella derrama una lágrima azul todas las noches antes de empezar. Cuando todos ya encendieron su deseo hacia ella, antes de que comience la subasta por el alquiler del perfume de su piel esa noche, algunos nos amotinamos de lejos para verla. Somos un club de enamorados, todos daríamos la vida por saber que esa lágrima es por alguno de nosotros. Pero de inmediato ella sonríe, consigue algún cliente nuevo, alguien que irremediablemente se unirá al club de sus adoradores.

Se pide otro trago más y esta vez son tres parroquianos que le preguntan el famoso, cuánto es. La tarifa siempre sube. Yo me asqueo y me voy, hasta la siguiente noche, mi amor, me digo.

martes, 28 de enero de 2014

Marina, puños cerrados

Marina, puños cerrados
Bella princesa de un reino sin tierra
Un territorio de superficie irregular
Universo de vaivenes, agua y sal
Marina, ojos exploradores
Ven pronto, pues, las olas te esperan
La arena, un solar con sombra
Y el susurrante mar
Marina, nariz pequeña
Mira, es nuestro amigo, el mar
Nos acompaña siempre, nos cuenta su cantar
Escucha, sus historias, aventuras sin edad
Marina, pies juguetones
Entiérralos en la arena, juega con ella
Mira hacia el  fondo, el Sol.
Hacia allá va el mar
Marina, oídos atentos
Dicen que el que mucho se despide
Es el porque no se quiere ir
Pues así son las olas
Nos dejan y nos recuerdan, regresan.
Marina, puños cerrados
Ya es momento de que los abras
Así como esta carta.
Léeme, brisa mía.
Soy Luna, a tu lado estoy.

lunes, 27 de enero de 2014

Hasta pronto

La última vez que la vi sus ojos me decían adiós. Tocó mi rostro y estampó en mis mejillas un beso muy dulce, indeleble, marca de su amor. "No me quiero ir. No me quiero ir". Dijo entre lágrimas que brotaban escasamente de sus ojos. Al verla, mis ojos copiaron a los suyos y dejaron caer las mismas lágrimas de tristeza. El dormitorio parecía ensombrecido y la luz se hacía insuficiente para iluminar nuestros rostros que yacían entre el dolor y la sensación prematura de ausencia.
Afuera discutían, acalorados, todos. Lloraba una y las demás exponían razones sobre la cuestión que afectaba nuestro ambiente. Me acerqué casi temblando, con lágrimas en los ojos, con los puños encrispados de rabia, impotencia, miedo. Contemplaba las mismas brujas que en mi infancia vi en ellas e imaginaba al mismo tiempo la escena triste de tener lejos a esa mujer, a quien amaba. Dije mucho, pero no cambió nada.
En el dormitorio, esa mujer cubría sus canas bajo el velo de sus tristeza y había cerrado la puerta de su espacio, ahora temporal.

La despedida fue triste, subió al taxi como una rea condenada a cadena perpetua. Nunca más la vería a deshoras, nunca más oiría sus historias, ni jugaría con sus cabellos mientras me contaba las historias de su infancia y me hablaba sobre la vida. Dejó en mi lugar un vacío que no es fácil de llenar. Y por saber que está allá esperándome, sentada en una silla que no es suya, en un cuarto pagado, junto a más personas que tienen su misma condición, vuelvo a derramar alguna lágrima, a veces más lágrimas, incluso tan abundantes como en su despedida.

Hoy escribo en un cuaderno que compré especialmente para ella. Aquí le digo todos los "te quiero" que no me permite el tiempo. Aquí no la extraño, aquí está conmigo...