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miércoles, 13 de agosto de 2014

Cacosmia.

Esa tarde había sido diferente, diferente de todas las demás. La cocina estaba un poco desordenada y en la sala principal de la casa (ataviada y pulcra siempre) se dejaba ver una pequeña revolución. Que no todo esté en el lugar indicado era un indicativo de la ruptura del 'siempre' para convertirse en un 'ahora', distinto. La rutina de años estaba quebrada como un vaso de cristal que por años nadie había tocado y que de pronto al querer darle alguna utilidad, este resbala de los dedos y choca con la materia de la realidad, emitiendo el sonido característico del cambio, de la sorpresa, de lo nuevo y lo que pasó. La cocina y la sala sonaban a cristal roto. ¿Qué le había pasado a esta mujer?
El señor, marido, don algo, el buen ciudadano que todas las mañanas salía a comprar el pan y la leche siempre a la misma hora y en los mismos lugares escogiendo las mismas especies de todo lo que conseguía, estaba abrumado. El cristal roto le era hediondo, ¿qué había pasado con la mujer?
Al instante, se abrió la puerta principal, el sonido siempre de la misma llave al ingresar por la cerradura se lo había anticipado. Ella lucía diferente, radiante, vestida como se visten las solteras sin hijos, pero su gesticulación al verlo cambió velozmente, el sinsabor se representó en una mueca que no dice nada y por ello explica todo. Verla así lo llenó de ternura, la vio entrando como la primera vez que entraron en ese recinto y la casa era nueva y ella al verla gesticuló emoción, intensidad, alegría, la emoción de lo nuevo.
Y recordó el mismo gesto en su rostro de joven, antes que lleguen los años con sus días iguales, cuando terminando de hacer el amor por primera vez ella lo sujetó con fuerza por el brazo izquierdo y le dijo que era el hombre de su vida, que ella era la mujer más feliz del mundo. Era el mismo rostro que puso al ver a su primer hijo nacer, luego los tres más que siguieron. Como cuando le dijo que sí la primera vez o cuando un beso era el beso que recordarían mientras no se acostumbraran, esa palabra, qué palabra la costumbre, el mismo gesto que puso luego del primer beso y de la primera vez que hizo él pública la relación. Era el gesto, la cara, la forma visual del cristal roto. Si el cristal al romperse hubiera tenido cara, esa sería su cara precisamente.
Pero los años, pero la misma almohada, pero los hijos, pero la casa, pero la escoba, pero la calle, pero el mercado, pero los domingos familiares, pero la ropa que se ensucia, pero la ropa que se compra todos los días 29, pero las salidas en familia, pero las formas, pero la educación, pero el qué van a decir los vecinos, pero la iglesia, pero los viernes a las 10 de la noche que el televisor se veía apagado y ya no se encontraba un sentido al porqué, pero las conversaciones familiares todas iguales, pero los mismos besos por tantos años todos iguales y repetitivos, pero la misma canción, pero los días de la madre, pero los días de la mujer, pero los cumpleaños, pero las navidades, pero las mismas flores, pero el mismo perfume por treinta años, pero los besos sin sabor ni sentido, pero las mañanas frías, pero las noches que tenían sueño, pero el café sin azúcar, pero la misma comida favorita, pero el mismo champú, pero el mismo jabón, pero los jueves de hacer el amor, pero la jamonada en el pan, pero su camisa que le queda bien, pero la plancha, pero las mandarinas, pero los estados de cuenta, pero los salarios.
Al final nos hemos acostumbrado a ver la misma porquería y estamos acostumbrados a la repetición y nos creemos felices. No, nos sabemos infelices. Nos creemos normales, eso.
Y la mujer que aburrida cogió otro bigote ese martes a las 3.30 de la tarde. El cristal se rompió.
El señor, el don, el marido, el buen tipo deja pasar a su mujer y le indica que ponga todo en orden, que se va a bañar, que ya está retrasado en comparación de -todos-los-días-.
Qué bonita es la misma tarde todas las tardes y el mismo embotamiento emocional que sabe dopar y anular la novedad. Qué hermoso comer todos los días y decir que está sabroso. Ella se preguntaba si acaso cocinar un día cualquier cosa con el peor sabor no sería por lo menos una bendición.

Un día más en el calendario. El calendario colgado con estricta prudencial distancia con el reloj y más abajo una tarjeta colgada, un regalo (o condena) de algún amigo que los visitaría alguno de estos domingos para hablar siempre las mismas cosas. Rezaba el rótulo: Y fueron felices para siempre.
***
Cacosmia.- “Perversión del sentido del olfato en cuya virtud resultan agradables los olores repugnantes o fétidos.” - JULES MICHELET;. Francia; 1798-1874.

Loui

miércoles, 29 de enero de 2014

Ella.

La delgadísima gota azul recorría el continente de su rostro de piel tersa, hermosa y maquillada hasta sin motivos. Exhalaba un gemido de dolor, que se contenía y ahogaba en el bullicio de la música fuerte y estridente. El repentino blanco tipo flash, intenso, que cortaba las escenas por eslabones me hacían observarla de lejos en recortes tipo cómic.

Su delgada y curvilínea silueta, los tacos enormes en aguja, la minifalda que dejaba entrever e imaginar todo, el escote donde se perdían los ojos de los muchachos, las uñas de sus manos, rojas y largas, perfectamente cuidadas; su boca, pintada, toda ella pintada. Hermosa, muy bella. Pero llena de dolor.

Pidió en la barra una copa de algún trago exótico que ella conocía, ella se sabía todos los nombres posibles. La imaginaba retorciéndose de dolor por dentro, pero sonriendo a todos. Prestando sus labios a todas las barbillas ajenas de cualquier lugar. Nadie besaba mejor que ella y eso lo sabíamos todos, los víctimas de sus crueles antojos o los de los suyos.

Cuando la conocí no parecía ser ni la mitad de lo que en la discoteca se veía. Era una chica sencilla; hermosa, pero sencilla, en un arenal. Como una flor en medio de un basural. De inmediato me sonrió y caí a sus pies como cae la nieve atraída y sin remedio al piso. Me derretí en su pasión tantas veces que pensé que yo era su amor, hasta que descubrí que ella no tenía amor.

Lo que ella tenía era una madre enferma y hermanos muriéndose de hambre.

Y tenía perfectas formas. Era una de las más cotizadas prostitutas de ese bar, todos lo sabían, nadie lo decía. Ella se enjugaba en su dolor todas las noches antes de empezar. Muchos creen que alguna vez ella los amó, yo soy uno de esos ingenuos. Ella no ama, no ama ni al placer porque ni lo conoce. Ella solo conoce de billetes y ama a su madre y a sus hermanos.

Ella derrama una lágrima azul todas las noches antes de empezar. Cuando todos ya encendieron su deseo hacia ella, antes de que comience la subasta por el alquiler del perfume de su piel esa noche, algunos nos amotinamos de lejos para verla. Somos un club de enamorados, todos daríamos la vida por saber que esa lágrima es por alguno de nosotros. Pero de inmediato ella sonríe, consigue algún cliente nuevo, alguien que irremediablemente se unirá al club de sus adoradores.

Se pide otro trago más y esta vez son tres parroquianos que le preguntan el famoso, cuánto es. La tarifa siempre sube. Yo me asqueo y me voy, hasta la siguiente noche, mi amor, me digo.

viernes, 1 de noviembre de 2013

(Yo) No me la llevo fácil - Parte IV

No me importa de dónde tú vengas, 
si detrás del Calvario tú estás, 
si tu corazón es como el mío 
dame la mano y mi hermano serás. 
¡Dame la mano, querido hermano! 
Dame la mano y mi hermano serás.

La primera vez que la cantamos se me escarapeló el cuerpo. No sabía en dónde quedaba el Calvario, pero no importaba de dónde yo viniera. Yo venía de Cocachacra y estaba harta, pero ellos se veían felices y yo quería sentirme como ellos.

Esa vez llegué devastada. Tengo los recuerdos nítidos de esa noche, esa sucia noche, no paraba de llorar, había perdido uno de los zapatos y casi arrastrándome llegué a la vieja cabaña a la que me habían condenado mis padres, estaba llena de odio e ira, quería reventar todas esas miserias, ¿por qué me habían hecho pasar por eso, esa miserable vida marginal cuando yo podía ser alguien más? Entonces mamá dio un salto cuando me vio, estaba horrorizada, '¿qué te han hecho esos terroristas malnacidos?' Yo me dejé caer, estaba, más que molesta, cansada.

Cuando desperté, mi papá estaba mudo sobre la mesita que estaba al lado de la cama, con su botella de ese trago amargo, sorbiendo de a poquitos, sin decir nada. Siempre tan ausente, como si no existiera él, como si no existiera yo, como si ya no habría sido suficiente. Mi mamá estaba apenadísima, secándome la cara con algo, me había limpiado todo el cuerpo con un trapo inmundo y estaba que me miraba fijamente antes de decírmelo.

- ¿Qué te han hecho esos terroristas, hiíta? Te dije que no estés yéndote pa'llá, esa gente es mala.

Comprendí el redondo sentido de sus palabras y en el fondo sabía que lo que decía era verdad, estaba molesta porque tenía razón, pero estaba desengañada y decepcionada, odiaba la realidad de todas las cosas, estaba tan contrariada que no lo podía soportar un segundo más, entonces exploté en llanto.

Luego, le conté todo a mi mamá.

Las muertes, los crímenes, lo que les escuché hablar de mí. Lo que los comunistas hablaban y el miedo que tenía, todo día tras día, su gran revolución, la amnistía general, San Marcos, La Cantuta, el Centro de Lima, los malditos apristas, los fujirratas, todo era política y yo ya había estado tan aburrida. Luego cuando quise salirme, cuando quise retirarme, las cosas que me dijeron, aún sonaban en las paredes de mi conciencia sus gritos de deprecio: "¿Sabes por qué no quieres luchar? Porque aparte de ser serrana eres una serrana resignada, como tus viejos miserables, conformistas, se dedican a prolongar su miseria, ¡mírate, serrana cochina! Aquí no eres nadie y no quieres luchar porque no te interesa ser nadie, a gente como tú felizmente también los matamos cuando pudimos."

Los golpes, las manos, el ardor, las cachetadas, escupitajos, adjetivos, aún cuando ya estuve en la calle, miraba todo diferente, lo pude ver, en todas las caras de toda esa gente, era verdad, todos me tenían asco y repulsión. ¿Y dónde quedó todo eso de que éramos peruanos, de que éramos hermanos? 

No dejaba de llorar y anastesiada en mi dolor, atontada, sin fuerzas, llorando vez tras vez, volví a esta choza miserable. Mi mamá estaba atónita, su sabiduría se había terminado, quizás porque nunca fue sabia, solo era alguien que podía decir cosas a gente que sabía menos ella.

Estaba amargada y volví a explotar, la vi de nuevo allí, tonta, sin decirme nada. Salté y gruñiendo empecé a tirar todo por todas partes, estaba loca. Recién mi padre se dignó a existir, quiso golpearme, pero ni siquiera eso podía, estaba embotado en alcohol y se desparramó en mis narices. Seguí destruyendo y dejando caer todo, me importaba un comino lo que podía costar cada pequeña cosa, ¡eran cosas insignificantes, inservibles! 

La miré con ira y le grité, ¡¿por qué nunca luchaste para cambiar esto?!

Entonces en la inmundicia, sacó algo para tirármelo en la cara, estaba todo tan revuelto que por primera vez identifiqué algo parecido a lo que había visto en la casa de los comunistas, era un libro, lo tomó entre sus dedos regordetes y me lo aventó en la cara. La punta de la tapa me hincó justo abajo del ojo derecho y me hizo sangrar, me detuve y me resigné. Empecé a llorar sin parar y mis lágrimas se mezclaban con la sangre que brotaba de mi ojo, ya ni siquiera estaba amargada, estaba devastada. 

Me quedé encogida en ese rincón mientras mi madre volvía a poner todo en orden, mi padre seguía en el suelo como un animal, inmóvil, ebrio. Nadie decía nada. Entonces sucedió, 


"Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. 
Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. 
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. 
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

y más abajo,

Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos;"

Un oasis inundó mi corazón. Las lágrimas por un instante se detuvieron y había perdido la noción de la realidad, cogí el libro con desesperación y lo cerré, fue un susto espontáneo. Una vez cerrado pude ver las preciosas letras doradas que lo rotulaban, Santa Biblia. Dios me había hablado.

viernes, 18 de octubre de 2013

Querido Mío.

 Es como si aún pudiera escuchar tu llanto, rompiendo sin temor la blanca sala de aquel hospital. Tú yacías tibio y frágil en mis brazos y el mundo parecía saber que habías llegado para revolucionar sus cimientos y hacer vibrar su monotonía.
   Regresé a casa y sentí como si fuera navidad, Aquel que todo lo puede me había complacido con un hermoso y tierno regalo, a diferencia de esa fecha que se cantan villancicos, yo aprendí a entonarte unas desafinadas canciones de cuna.
 Pronto esas melodías se convirtieron en pausadas pronunciaciones; me reencontré con mi niña interior, fue como retroceder varios escalones para poder intentar comprenderte un poco más. Amabas aquel cuento de un auténtico músico, El flautista de Hamelín –que por cierto, todavía permanece en nuestra biblioteca. Fuiste creciendo con extrema rapidez, empecé a ver lo brillante que eras en la escuela y lo poco que ya me necesitabas para leer tus párrafos favoritos y atar tus zapatos.
 Ya no rogabas por quedarte apretado a mis piernas porque te asustaba el colegio, esa época había pasado con la voracidad en que una golondrina deja su nido.
 ¡Ay, hijito! Tú solo comenzabas a trazar tu propio camino, ibas dejando atrás las infantiles conversaciones para pasar más tiempo frente al espejo –de seguro para impresionar a alguna señorita–, y a meditar en lo que harías terminando la escuela; jugabas a decir qué sucedería en cinco años, luego en diez y así avanzabas sin percatarte que mi corazón se estrujaba.
 Estabas tan nervioso el día en que esperábamos los resultados, pero cuando descubrimos que habías logrado ingresar, una carcajada se escapó de tus labios y lágrimas colmadas de emoción me inundaron. Estaba tan orgullosa de ti, estoy orgullosa de ti. Estudiarías la carrera que tanto yo amaba, por la que vivía día a día agradecida con la vida, aprenderías a sanar heridas y aliviar dolores de los pobres sin esperanza. Yo te sonreía y acariciaba el cansado rostro cada mañana que salías a enfrentarte con coraje a la lucha de lograr tu misión, yo sabía que lograrías cada uno de tus objetivos y vez por vez estabas más cerca de hacerlo.
 Tu graduación, qué memorable y precioso momento, ya eras todo un médico. Con alegría me entregaste la medalla que significaba tu esfuerzo, un beso acompañó aquel gesto de gratitud. Pasaron más días –cómo quería detener el tiempo–, llegaste a mí con los ojos brillosos, me pediste un minuto para platicar, estabas demasiado ansioso. No fue necesario que dijeras algo, a pesar de que balbuceabas palabras sin sentido, yo sabía de qué se trataba: te habías enamorado.
 Te irías de mí para siempre, pero era tan extraña aquella sensación, porque te sentí más unido a mí que siempre. Celebramos juntos tu felicidad, ahora yo tenía una hija más. Ahora ya tenías tu propia familia, no eras más mi pequeño niño de ojos vivaces y chispeantes, eras todo un hombre, fuerte y decidido.
 Querido mío, te escribo esta carta para recordarte que cada paso que diste, aunque no me viste y no pediste mi ayuda, estuve allí. Me honraste al seguir la vocación que amamos, querido colega. Sé feliz hijo, que yo lo seré sabiendo que sonríes a pesar de que estés lejos.

Con eterno amor, mamá.

martes, 8 de octubre de 2013

Quisiera quedarme con tu presencia


Quisiera quedarme con tu presencia,
Acogerme en ella.
Despertar un día muy temprano,
Revisar si está aún aquí,
Saber que no se fue.

Quisiera quedarme con tu presencia
Cuando al pensar haberla perdido
La encuentro huyendo de mi egoísmo,
Sabiendo que no fue bueno
... que no fue mi intención.

Quisiera quedarme con tu presencia,
Tenerla presente
En la luz de nuestra vida,
En la sombra de nuestros sueños.

Refugiarla
De los peligros,
Aprender de ella
A enfrentarlos.

Quisiera quedarme con tu presencia
En el parque para jugar,
En nuestro hogar después de trabajar.

Luego,
Escribir al atardecer
Juntos
Nuestra historia en un papel.

Quisiera quedarme con tu presencia,
Pero no lo puedo hacer,
Mañana ya no estará:
Te la habrás llevado
De acá.

Quisiera...
Entonces...
Regalarte la mía,
Sí.

Mi presencia
Envuelta en papel
Con dibujos de colores
Que hicimos ayer.

Te la regalo hasta tu regreso,
Te la regalo hasta pronto
Para que la lleves en tus días
De alegría y de luz,
Para que la lleves en tus noches
De nostalgia y gratitud.

Para que la encuentres bajo la sombra de un árbol
Al descansar,
Para que le cuentes
Las aventuras que has de pasar.

Para que converse contigo
Durante el camino
De las cosas que reíamos,
De los secretos que teníamos.

Para que te proteja
Cuando el camino se haga rudo,
Para que te refugie
En un lugar seguro.

Para que te acompañe
En el camino de regreso,
Para que te traiga
Hasta donde te espero.

Desde hoy,
Todos los días
En mi silencio.

Quisiera quedarme con tu presencia,
Acogerme en ella,
Decirle mi secreto:
Que la quiero,
Que la espero.

martes, 17 de septiembre de 2013

Ariadne

 El hielo se derretía en la vereda por la madrugada. Los neumáticos del carro patinaron al pasar por la avenida que se alimentaba de la luz del sol naciente en el horizonte. El hospital se encontraba a dos cuadras más. Las calles estaban vacías. Mi esposa confiaba en que llegaríamos a tiempo. La emoción de la llegada de Ariadne agudizaba mis sentidos y sentía que todo estaba bajo control. De pronto una luz fuerte, me encegueció. Luego un silencio profundo, intenso, vacío, inaudible.

***

 Un llanto. Para pedir ayuda, otro para asegurarse que estamos cerca. Una sonrisa, una mirada perdida en cielo del dormitorio. Me gusta verla, disfruto a cada movimiento suyo. Aristóteles dijo que el tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes. Disfrutábamos de cada fotograma imaginario, de cada instante, cada gesto que ella nos regalaba echada en su cuna. Repetía su nombre en mi mente. La amaba.

 Después de dejarla dormida en su cuna esa madrugada, mi esposa regresa a nuestra cama. Me dice al oído que la ve un poco pálida, hago un apunte mental para el pediatra al día siguiente. El sueño le gana a mis párpados no sin antes darle un beso en la frente a mi esposa. La luz se difumina y quedo en suspendido en el vacío.

 Escucho la sirena de la ambulancia afuera en la calle. Estoy en medio del pasillo del hospital corriendo. Llevan a mi esposa en una camilla. Me impiden seguirle. Quedo atrás de unas puertas transparentes y el pasillo se hace más distante al apagarse las luces. Te amo. Pienso en el eco de su voz que rebota en las paredes y llega hasta donde estoy de pie, hasta el interior de mí mismo. En medio de la oscuridad sus dedos pierden fuerza, mi mano se suelta. Impotencia.

 Despierto asustado. Es de noche aún, las sombras de la ciudad no se han ido. Repaso con las yemas de mis dedos la cicatriz en su brazo, un pequeño surco en su piel, una señal de lo que nunca olvidaremos, el día que Ariadne llegó a nuestra vida.

 El choque no pasó más que de un susto. La ambulancia rosó el carro por el lado donde me encontraba. Empujó al carro hasta que la vereda lo detuvo. Me golpeé en las costillas. No pude respirar por un buen rato. Mi esposa trato de cubrirse y apoyarse para no afectar al bebé. Los vidrios se quebraron y unos cuantos se incrustaron en su brazo derecho. Por suerte ya estábamos cerca al hospital.
Ese día, mi esposa me dijo entre sueños que todo saldría bien. Hoy, la beso nuevamente y me aferro a la alegría de continuar juntos. Descanso.

***

 De regreso a casa. Miraba por el retrovisor a mi esposa dar de lactar a Ariadne, nuestra hija. Aquella íntima conexión de miradas que me llenaba de alegría y energía para protegerlas, para estar dispuesto a sacrificar cosas que antes me hubiera costado mucho dejar. Ariadne, doncella que conoce los secretos de los laberintos, me sacó de uno.

 A veces mientras duermen las dos juntas, las observo. Trato de ver mi vida sin ellas, no puedo. Me imagino cómo será de grande, cuando vaya al colegio, cuando tenga una compañera amiga, cuando se pelee con ella y se reconcilien, cuando crezca y me reclame porqué pongo tantas reglas, cuando me presente a su amigo especial, cuando me diga que quiere estudiar algo que yo no deseo, cuando se case y la vea partir. Me niego a que ese tiempo pase tan raudo, me niego y guardo los momentos en que depende de nosotros aún, los atesoro y los cuido para que no se me vayan y no pueda retornarlos. Mis divagaciones se acaban en cuanto mi pequeña despierta, no llora, solo abre sus ojos y extiende sus manos para tocar el cabello de su madre, para coger un juguete, para mirar a su padre sonriendo, para saber que puede estar segura y feliz. Guardo una fotografía de su sonrisa.

 Mi esposa, aquella bella mujer que estuvo lo suficientemente convencida para decidir compartir la vida conmigo, aún entre sueños sonríe. Abraza a nuestra pequeña y la arrulla para que sigan durmiendo. Ariadne no quiere seguir durmiendo. Hace unos sonidos como si fueran palabras. Mamá despierta, papá espera para jugar con nosotros. Mi esposa percibe las ganas de jugar de nuestra pequeña. Encárgate tú, por favor. Me dice en el pensamiento, lo interpreto a través de sus ojos que no quieren despertar. La amo. Las amo.

 Cargo a mi hija con el mismo cuidado como cuando la recibí, aquel día. Un milagro, un nuevo mundo por descubrir, una nueva forma de ver la vida.

***

El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto.”

Charles Chaplin

martes, 10 de septiembre de 2013

Lunar


Tu voz serena
Mi luz ajena
Te pertenece
El bokeh de la luna
Las cortinas sin cerrar
Un universo móvil
Como los que cuelgan sobre la cuna
Como las estrellas

Tu sonrisa que ilumina
Mi camino hacia el laberinto
De tus pensamiento
De tus secretos
Deshilando sorpresas
Que se esconden y renuevan
Que me alegran

Se avecina mi curiosidad
En los límites de mi razón
Una cornisa sobre la montaña
Un libro por escribir
Aprendiendo a jugar
Cuando la vida nos invita
Cuando las sombras se disipan

Recojo mis pasos
Y los vuelvo a colocar
La luna, las luces, susurros
Las cosas sencillas de la vida
Queriéndolas tener
Porque tengo un futuro para compartir
Porque no puedo esperar

lunes, 9 de septiembre de 2013

Dos horas

  Esperó dos horas bajo la lluvia un día que no recuerdo muy bien. Había dejado suelto su cabello y trataba de controlar su ansiedad. Pero su mirada fija en una esquina cambiaba de foco casi tantas veces como respiraba. La lluvia no cesaba de caer, era un invierno como éste, uno de esos inviernos de lluvias ocasionales y vientos gélidos.
  Eran las nueve más quince en el móvil. Él había prometido llegar a las ocho. Su mirada se humedecía pero no dejaba caer lágrimas, sólo brillaba de esa manera nostálgica que tienen las miradas de los que sufren por amor.
"Tal vez tiene una excusa, seguramente la tiene".
Pero las dos horas se cumplieron, el chocolate caliente se enfrió, sus ropas se habían humedecido al igual que la punta de sus pies. No iba a llorar. No iba  a hacerlo porque ella era inexpresiva, mujer fuerte y decidida.

Esperó un poco más... Nadie llegó.

Pasaron apenas días. Llegó algún mensaje para ella, alguno que entre líneas decía 'perdón'. Pero tal vez era una utopía del otro lado teniendo en cuenta su poca capacidad de olvidar, es decir, de perdonar.
"Que si en los libros no perdono a los villanos; en la vida real, menos".

No recuerdo mucho más de la historia, es que ella tampoco era capaz de contar mucho, no era capaz porque sentía que perdía la única protección que la mantenía aún a salvo de más sufrimientos: el secreto.
Dicen que perdonar es divino, pero siempre hay quienes no creen más en ello, no creen más en el amor.

A veces me golpea aún, cuando se entera que robo su vida para rellenarla de imaginación. A veces me dice gracias y otras veces me dice que soy desagradable. Pero perdona mi imprudencia, se perdona algunos errores, pero no lo perdonó. Es porque verlo le recuerda que alguna vez se dejó llevar sin pensar... porque en él ve reflejada su imagen ingenua e ilusionada.

Pero aunque a veces pregunte qué de bueno tiene el perdón, con esos ojos brillantes y humedecidos por alguna razón inexplicable, no soy capaz de mirarla a los ojos y decirle lo que pienso. Es que a veces el perdón va de la mano con algo más... con el amor, pero no ese amor lleno de fuego y ciego, sino ese amor del que pocos hablan. Ese que te hace comprender al resto, el que te permite vivir, el amor por ti, y por otros. 

El perdón no es de tontos, es todo lo contrario. "Y es que si tu mascota querida te lastima no la sacrificas, sino que cuidas de poner tu mano cerca de su boca la siguiente vez". Perdonar significa olvidar, pero no significa dejar que jueguen con tu vida.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Cicatriz

Pudo ser capaz de lanzar una de esas preguntas que derivan en horas eternas, en las que se nos recuerda que es probable que hayamos estado solos sin saberlo. Mujeres, errantes en el sentimiento que con una pregunta nos introducen en ese mundo en que las ideas nunca terminan de aclararse para nosotros los viejos, y en el que usualmente entramos sólo para hacer prevalecer nuestra experiencia. Pero yo he leído, yo he leído… Es más, yo he visto alguna vez la verdad fluyendo entre algunas de estas montañas, pero los viejos no queremos escalar más cumbres… Pero ella me obliga…
“El amor ¿dónde queda el amor?” No tenía capacidad de respuesta. Caminé un poco más sin tener una idea clara. Sufrió mucho y repetía constantemente: “A la vida le gusta enseñarnos a golpes. No lo entiendas literalmente, pero se acerca mucho a eso”. A veces me sentía más útil callando. Es que a veces el silencio prudente es el mejor remedio. Pero aquella vez no era el momento, acaricié mis barbas grises y empecé a articular palabras que creía sin lógica, porque para hablar de igual a igual uno siempre debe vaciar el vaso. Entonces me limité a comenzar una idea con un “A mí me parece… que el amor va un poco más allá”…
El tema había tomado alguna ruta de vuelo, empezaba a abrir su corazón, empezaba a mostrar sus marcas, sus heridas.
“¿Qué sucede cuando alguien no deja que cicatrice tu herida y vuelves a caer en lo mismo?, la cicatriz se ha abierto y eso duele. Y mientras él aparece en cada esquina, yo vuelvo a tropezar confiada. Nuevamente me embarga esa sensación extraña, me confundo y, pues, me pasa lo mismo. No me quieren dejar vivir, así son esas personas. Atacan la herida cuando empiezo a sentirme segura”.  Guardé silencio unos segundos y traté de explicarme en términos de emoción, orgullo animal, apego. Y creí que había fracasado…
Las montañas se extendían accidentadas y bellas en frente de nosotros. Los barrancos se ocultaban con su velo bruno y la alfombra que amortiguaba nuestros paso se mecía suavemente con la brisa. Di media vuelta, inhale un poco de ese aire fresco y me decidí en abandonar mi intento de parecer tan sabio como nos pintan…
Sigue hablando…
Arrastré los pies, pero ella me detuvo y repitió sus palabras porque sabía que me estaba volviendo sordo: Sigue hablando.
La miré y repetí una frase de mi juventud, una frase que pensé que iba a olvidar con el tiempo. Pero esta vez tenía esa cadencia y ese ritmo que hacían de palabras simples, profundas. “El amor es un sentimiento y por lo tanto racional. Las emociones (y pasiones) son esas que reviven de vez en cuando y cambian un estado de ánimo dando tumbos en medio de una imagen ficticia de la realidad. Entonces los románticos, los que confiamos, los que esperamos cosas buenas en el mundo, tratamos de convencernos que es posible que sea real. Pero volvemos a toparnos contra el mismo muro lleno de intenciones egoístas”. La miré diciéndome que mis palabras no decían mucho. Pero ella me miraba fijamente.
"Entonces los románticos, los que confiamos, los que esperamos cosas buenas en el mundo, tratamos de convencernos que es posible que sea real. Pero volvemos a toparnos contra el mismo muro lleno de intenciones egoístas". Eso es cierto. ¿Cómo lo sabes?, ¿te pasó?
Miró sus ropas y volvió a mirarme con esa mirada de niña preguntona.
“Los viejos también hemos sido jóvenes. También lo hemos sido. Pero como siempre responderé que puede que sí y puede que no”.
“Ese párrafo me ha dicho mucho”.
“Es sólo un poco de experiencia y observación. No soy ningún sabio”.
“Experiencia…”
“Con muy buena cicatrización”. Sonreí para intentar romper el misticismo. “Es cuestión de disposición. El paso más difícil, pero emprender el camino hacia una meta no es siempre fácil”.
“Pero lo peor es percatarte que antes de dar el primer paso has caído. Que has regresado al punto de partida sin avanzar siquiera”.
“Rendirse no es una opción para quien quiere ser feliz”.
“¿Qué pasará cuando se me acaben las fuerzas, el aliento?”
“Siempre tendrás personas para donarte un poco de las suyas”.
“Tus palabras, la exactitud de ellas, a veces tienen mucho poder”. Era raro verla así. Veía la niña que hace poco sólo hacía preguntas sobre las flores y el cielo. Reconocía quién era otra vez...

Volteó la mirada. Pensé que lloraba, pero entonces se colgó de mi cuello como alguna vez. Esta vez yo no era tan fuerte como para sostenerla por mucho tiempo, pero no pensaba en ello. La apreté contra mi pecho, se me humedecieron los ojos y el silencio se encargó de sellar el momento. Hasta el viento enmudeció...

viernes, 30 de agosto de 2013

Él.

El olor a madera chamuscada invadía la habitación, las pequeñas e insignificantes gotas de la impenitente lluvia se acumulaban en el cortante borde de una oxidada ventana blanca; el sonido de los pinos con el viento añadía a la escena una connotación serena y pacífica, sin embargo, su alma no se sentía para nada armonizada con su alrededor.

Recordaba nostálgicamente cómo años atrás una linda y pequeña mujer había escrito con puño y letra una carta para su amado, con delicada atención había plasmado en el –ahora quebradizo y amarillento– papel su floral aroma. Se llevó la misiva al rostro e inspirando el pasajero y casi borroso perfume suspiró, cansino, pero feliz. 'Es ella', murmuró.

Movió cuidadosamente el fino lazo rojo que cerraba el paquete y repasó –por millonésima vez– el contenido de aquella hoja tan llena del ayer. Sus ojos destellaron alegría, su boca proclamó una tonta sonrisa. Todo seguía siendo tan igual, en cada párrafo la recordaba.

“Significas fortaleza para mí. Tus ojos sobre mí es lo único que necesito para alejar definitivamente el temor, para arrancar la seriedad y avanzar un paso hacia la eternidad. Eres tanto, significas tanto. Tu mano me da seguridad, solo puedo correr a tu lado, solo contigo. Significas lo que significas por el simple hecho de ser significativamente importante en mi vida, me enseñas el verdadero y precioso significado del amor, porque eso eres, eso significas: amor.”

Leyó en voz alta.
Cerró los ojos con fuerza, humedeció su garganta, la sentía tan cerca como ayer. Sonrió esperanzado. Él, que había buscado toda la vida su lugar, lo había hallado y navegado con su tierna compañera. Ahora ella no estaba a su lado más, pero, ¡qué rareza!, casi podía escuchar su melodiosa voz, aspirar su perfume, besar su suave boca.

La leña con el fuego lo hicieron volver en sí. Casi había dejado de llover por completo, una indefensa nube aparecía en el cielo herida por un rebelde rayo del majestuoso sol. Anudó nuevamente la carta y abriendo su santo libro favorito, la guardó en la página preferida de su amada, aquel sería su lugar. Ella le dijo que significaba amor, ese amor que pronto y en algún venidero día los reuniría y juntaría para compartir la eternidad.

jueves, 29 de agosto de 2013

Tras tu partida

Camino sobre el arco iris, buscando una voz. Aún la esperanza de alcanzar alguna de esas estrellas sigue viva. Avecillas cuentan secretos que no hubiese creído nunca y, en tanto, me elevo entre colores, mientras pierdo mi sombra.

Nadie lo sabe, soy inalcanzable. Cada día en medio de la soledad eterna brillo y gruño. Puedo estar loco, para algunos, loco aquí y ahora. Yendo de arriba para abajo y subiendo de cuando en cuando, en este preciso momento. Pero nadie lo nota, nadie me toca.

He perdido la noción del tiempo, sentado en una de las tantas sillas del aeropuerto. Ya no soy capaz de sostener mi reloj, no soy capaz de permanecer dentro de estos límites.
No tengo mucho que decir ni hacer, sólo dejo que la gente, mucha gente, pase por mi lado entre empujones y miradas llenas de extrañeza. Parezco perdido, porque mi cabeza da vueltas sin definirse en un punto.
Entonces tal vez llegas tú. Entonces no estoy solo, ahora ambos estamos solos. Me dices con esa sonrisa bella que la pureza es celeste o azul, y que tú eres celestial. No por hipnotismo, mas por curiosidad te observo. No he podido alejar mi vista de ti. Sostengo la cámara sin ser capaz de disparar.

Pero así como has llegado te vas. No hay diferencia ahora entre tu vida y la mía, ambos somos pasajeros del mismo vagón, sólo que tú tienes la capacidad de observar a pesar del movimiento. Yo me mareo.
Las miles de promesas que he hecho alguna vez, esas que hubiese cumplido de haber sido necesarias, van ocultándose entre lo común y lo rutinario. Has vuelto a tu tierra, a esa de ensueño.
Eres a veces tan mala que no eres capaz de reconocer mis potenciales acciones. Aunque no rogaba amor, lo esperaba como una consecuencia. Pero así no funciona el amor, no tiene nada que ver con dejarse morir por él. El fuego de la pasión o la ira, yace muerto en algún lugar mientras las canciones trágicas se repiten una y otra vez sin piedad.
Pero yo no oigo más. He bebido recuerdo tras recuerdo en tazas de manzanilla hasta quedar profundamente despierto.

miércoles, 28 de agosto de 2013

De la mano.

 Al coquetear la noche, y rozarla, el día se tiñe naranja variopintado por los colores del melancólico sol. Es la playa y es verano. La arena no se define entre fría ni caliente y el mar pretende rebelarse una vez más, solo la acción del viento lo controla y desata. Los caminantes observan lo que no pueden cambiar y se acongojan por la insignificancia de su tamaño, un sentimiento sobrecogedor los hace mirar y admirar el mar en su monstruosa dimensión y los colores del verano de tarde los colocan en el sitio donde el corazón les palpita más rápido y a sus pensamientos, los sentimientos, les exigen razonar sobre la volatibilidad de su existencia, sobre el amor, el dolor, la eternidad, la mortalidad, el rápido paso del verano y la la ligera huella que dejan sobre la arena. Todo ello efímero, como sus vidas, como fue algún pasado que incluso arde al recordar; como el incierto futuro; como el veloz galope del presente al que hay que sujetar con ambas para que no se les escape.

 La playa de día, en el apogeo del sol, es otra que la del atardecer. Los elementos creados se disponen a mostrar con fiereza su rasgo más poderoso y la mente humana no se resiste a sentirse humillada luego de observar tanta grandeza.

 El poder de la playa solo puede resistirse en compañía, en soledad  el compás y peso de la profundidad puede ahogar el espíritu más feliz. Entonces las almas se juntan de a dos y las manos se entrelazan; los dedos amarrando la mano del otro dejan caer por las comisuras granitos de arena que chorrean y abundan en el paraje costero. Se toman de las manos y se sienten más fuertes, no ha de importar si dos debilidades se han unido para hacer una debilidad más compleja. Dos manos entrelazadas pueden más que la fricción de la arena, que la corrosiva espuma del salado mar, que la acción violenta de todos los vientos, que el naranja escarlata del tirano sol.

 Dos manos entrelazadas se sienten más fuertes y poderosas que todos los elementos creados porque se saben inconscientemente sujetadas a la par y al mismo tiempo, en simultáneo, por la cohesión de lo no creado, de lo que supera el miedo, la angustia, los sentimientos y los pensamientos. Se sienten invencibles, porque dos manos entrelazadas son el reflejo de lo único que permanecerá para siempre: el amor.

martes, 27 de agosto de 2013

Luces en el ático - I

Desde los hombros de mi padre todo era posible.

El calor del sol en el ambiente mezclándose con el viento lozano, característico en la sierra. En la sombra, frío; y en la claridad, calor. Acaban de llegar los juegos mecánicos. Me cojo de la mano de mi padre fuertemente para no caer. El tamaño de aquellas máquinas de diversión es enorme, en un lado de la feria las manzanas acarameladas se preparan, los algodones de azúcar se muestran por sobre las cabezas de los transeúntes, del mismo modo los hombres en zancos repartiendo invitaciones para la función del circo esa tarde, y la multitud de personas vestidos y peinados conforme a la moda de esa época. Fines de los ochenta. 

“Cerrito de la Libertad”, el mirador hacia toda la ciudad. El clima perfecto y las nubes de lluvia en el horizonte. Los caminos sinuosos a través de las jaulas del zoológico, algunas águilas, monos pequeños y los peces. Como atracción principal: un león dormilón que cuando rugía todos se espantan y asombran.

El carrusel que intercalaba caballos, motos y carros. Kapuká, decía para hacer entender mi deseo de subir a una cabalgata imaginaria. Aún en los hombros de mi padre, llego hasta la boletería y luego me suben al juego. Busco mi caricatura favorita en la pared del centro y me acomodo para que empiecen las vueltas. Mis padres me saludan y hacen ademanes para saber de mi felicidad mientras cabalgo imaginariamente acompañado de Condorito.

***

La luz ingresa en mi dormitorio a través de la ventana. No otra vez, digo para desanimarme de ir al colegio. Me alisto a regañadientes entre la luz azul de la madrugada y entre mis papeles encuentro un libro que dejé a medias, lo guardo en mi mochila. Me despido raudo después del desayuno.

A la hora del recreo me pongo los audífonos y escucho la  música juvenil de ese entonces. Siguiendo el mainstream. Al descansar en las sillas del parque interno del colegio veo a los niños de primaria jugando a las chapadas, los niños de sexto grado repartiendo sus cartas de batalla de personajes de dibujos animados y las niñas intercambiando merchandising de la serie/novela adolescente de moda. Cada uno (incluido yo) cumpliendo nuestro rol según el estereotipo de nuestra edad.

Al repasar la mirada por los balcones veo bajar por las escaleras a un grupo de chicas que conversan entre ellas sobre los temas que no podía imaginar a esa edad. Una de ella tenía una sonrisa bella y al lado de su sonrisa, un lunar. Le presté mayor atención, se dirigían al quiosco a comprar algunas golosinas. ¿Cómo imaginar que siete años después estaríamos conversando tomados de la mano, en la universidad?

***

Los errores que un hijo comete, duelen a los padres. Incluso, creo que un poco más a las madres. Había defraudado a mis padres, no podía perdonarme a mí mismo esas actitudes de rebeldía, alejamiento y contradicción de los principios que en la niñez había aprendido a aplicar a mi vida.

Mi madre tomó la iniciativa. Hijo, perdónanos por no estar tan cerca de tus problemas – dijo triste y firme al mismo tiempo. Entendí que se culpaban de mi comportamiento, sin embargo, también entendí que mi responsabilidad en la preparación para mi madurez debió empezar hace mucho. Así es mi madre, me dice mucho con pocas palabras.

Esa mañana la noté distinta. La energía que tenía en sus ojos se estaba acabando. Me prometió que haría lo posible porque todo mejoraría. Miró a mi padre a los ojos. Y nos pedimos perdón, los tres. No volví a salir de casa para hacer cosas ilegales. No volví a pensar que podría ser dueño de mi futuro sin considerar a mis seres queridos.

***

Hoy, unos años después. Miro atrás y reviso los episodios que viví. Hubieron eventos que nos afectaron y nos pusimos tristes, hubieron situaciones en las que gracias a alguien terminamos beneficiados, hubieron discusiones que pudimos evitar, hubieron personas que pudimos conocer más y mejor, hubieron momentos en que debimos agradecer y dedicar más de nosotros mismos. 

Sin embargo, aprendí a estar satisfecho por lo vivido y resarcir los errores que cometí, a apreciar cada instante, a planificar el futuro apreciando la compañía de nuestros seres queridos, a perdonar, a pedir perdón y a agradecer a Dios por la vida, familia y amigos que tengo.

Nos vemos el siguiente martes.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Sabor y sonido.


Te acariciaba la voz desde que esa noche de verano te escuché
por primera vez.
Mis oídos trenzaron las fibras del sonido de
tu voz
una y otra vez. Casi adicto al sonido de mi terrenal salvación,
inmerso en el deseo insaciable,
tu dulce voz es como miel,
desde esa noche de verano.
El primer día de este año fue el primer día de mi vida,
de esta historia,
nuestra historia,
la de los dos,
nuestra historia, esa en la que día a día me enredo probando del manjar
de tu voz.
Erre, de, ce. Tu voz, mi bendición,
delicadas notas de la más deliciosa canción.



miércoles, 14 de agosto de 2013

Mis escasas palabras.

Su larga cabellera es esa seda donde se pierden mis dedos cuando tengo el agrado y máxime honor de tocarla. 

Entonces esboza esa sonrisa a la que las líneas nunca le harán justicia y los múltiples adjetivos que pudieran ocurrírseme a mí jamás podrán describir ni en su acto ni en su efecto sin incurrir en carencia, sin que le falte ese toque de magia que en todo ella abunda, que de ella irradia, que de su sonrisa y por su sonrisa esparce al mundo. 

Sus ojos son el espejo de mi alma donde se escapa a tientas, de vez en cuando, su ternura, su amargura, su seriedad, su pasión, su amor, su esperanza, su fe, su alma; sus ojos refulgen ráfagas finas y duras de luz, esa luz que ilumina con especial candor mi espíritu, cada vez que mi corazón reposa en su mirada, allá donde mi amor encuentra el pasillo para ingresar a lo más profundo de su corazón. 
Respira perfección, la quiero tanto. 

Y la mejor parte, sus labios, ese tramo delicado de piel que mis labios adoran acariciar y perderme en el universo de ese amor que no nos es ajeno porque es más nuestro que de nadie más; adoro cerrar los ojos y extraviar mis pensamientos en las múltiples sensaciones que se disparan por mi dermis en el acto del beso; más que cualquier otra palabra que pueda definirlo, besarla es amarla más y hacérselo saber.

Hoy es catorce y mis escasas letras, mis escasas palabras, este mojón de tinta no puede estar dirigido sino a su majestad, mi reina. La quiero mucho y ella lo sabe. Ojalá sonría al leerme: Carolina Elizabeth sonríe.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Amor a primera vista.


El aire ingresaba por primera vez a sus pequeños y débiles pulmoncitos, después de treinta y nueve largas -y casi interminables- semanas no dependería más de ella para sobrevivir, tendría que aprender a hacerlo por sí misma. La espera había sido tan dulce, como todos suelen describirla, pero desesperante al mismo tiempo por el deseo de verla ya entre sus brazos. Sus ojos brillaban: admirados, embelesados y cansados. Chispeantes lágrimas recorrieron su rostro denotando su alegría, contándole al mundo su dicha.


Su corazón ahora palpita despavorido, acelerado; cada latido la colma de gozo, la hace sentir más viva. Un torrente de tiernas emociones se ha desbordado en su interior, se pregunta, ¿qué es? No puede explicarlo. Como una rosa despierta ante el sol de mañana, así los pétalos de su alma se abren a un nuevo amor. Una sonrisa se dibuja en sus labios al oír las vibrantes notas de un fuerte sollozo. Alza su vista al Cielo y en un suspiro vierte su agradecimiento, su complacencia y encomienda al Ser que se la envió que la haga feliz en todos sus caminos. Siente su suave y tibia piel contra su pecho, por primera vez la ve y reconoce a su compañera del asombroso viaje que emprendieron juntas hace más de ocho meses.

Ahora están frente a frente, puede tocarla, mimarla, arrullarla, es completamente suya y de Dios. Pasa su mano por su pequeña naricita, un estornudo le roba una sonrisa, pero al instante desea aliviarla. Imagina lo que tendrá que pasar, su primera caída, su primer diente de leche, su primer beso, su primer corazón roto... ¡No!, dice en su interior aterrorizada, quiere envolverla y acurrucarla en su regazo y no dejar que nada dañe a su nuevo amor, a su niñita. Respira resignada, tendrá que aprender como ella lo hizo. 'Mamá está aquí', susurra aquel ángel hermoso que la blindará con nobleza, con caricias por la noche. Aquella mujer que dará su vida por verla sonreír todos los días, que le enseñará el significado de la palabra mujer, que la apoyará en cada paso, que con su ejemplo será la mejor maestra que jamás alguien podrá tener; que le hablará del amor de Dios, que le enseñará a amar.

Se ha vuelto a enamorar, entiende lo que tantos le contaron. Reirá, luchará y peleará por darle lo mejor, por hacerla sonreír, por colmarla de felicidad. Dará todo desde el principio hasta el final por escuchar ese 'te amo mamá'.

«Muchas mujeres hicieron el bien;
Mas tú sobrepasas a todas.» Prov. 31:29.