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Un blog diferente.

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lunes, 16 de septiembre de 2013

Últimas páginas

Tenía el rostro ensombrecido. Tal vez llegar dos horas antes hubiese sido suficiente, pero no fue así...

Ni lluvia, ni sol, ni luna. El avance de los segundos era audible en el absoluto silencio de la madrugada, y ella tal vez buscaba algo más que una excusa. Nunca se llegan a saber con exactitud las intenciones de alguien, pero ella estaba allí. Sola.
Llevaba puesta una pijama infantil y esforzaba una inocencia extraviada. Su mirada no era la misma de esos años... esos ojos ahora estaban cubiertos por una fina película, eran algo tristes y perdidos. A veces hasta me parecían esperanzados en un algo que no sabía definir.
Miró la oscuridad del exterior y buscó entre sus recuerdos algo de él: una pipa, una pluma, un libro. Es que el final del invierno siempre era triste para ella.... es que empezaba la historia de su vida, nuevamente en medio de ese sentimiento de ausencia que sólo los que lo hemos experimentado tenemos idea.

Entre sus dedos sostenía un lapicero que agitaba nerviosamente, cambiaba de posturas y se asomaban sus manías y sus dolores de espalda.
Él nunca había llegado, no había llegado para ese día tan importante. Porque ese libro viejo significaba mucho más que su vida. Pero no llegó.

"Quiero que vengas a esa hora. Quiero entregarte algo que significa mucho para mí. A partir de ese momento me sentiré segura... si eres capaz de hacérmelo sentir".
Pero no llegó, y eso dejó de importar.

 Abrió las ventanas, se impulsó en la silla y se paró en el canto. Abrió lo brazos y, como albatro alistándose para el vuelo, cortó el viento. Dejó que su mente sueñe un poco, mientras seguía despierta para tratarse de convencer de que en ese momento no sería más que un sueño.
Pero escuchó una voz claramente, los cabellos salpicados de gris y las arrugas de la frente se hicieron casi presentes. Los cuerpos de los miles de hombres que nacían en las historias de su abuelo aparecían frente a ella, sin voluntad ni rostro. Y la vida se apagaba como vela, se extinguía como un sueño lejano. Pero vivía aún.


Agitó los brazos una vez más y perdió el equilibrio pero se estabilizó. Abajo, la oscuridad se tragaba las figuras y las ramas de los árboles proyectaban sombras humanizadas.
Ella saltó.

Ligera como pluma cayó lentamente, y los brazos que en un momento jugaban a cortar el aire, trataban de elevarse. Pero nada detenía su caída, nada la empujaba hacia arriba y la distancia era menor para llegar al suelo. Por primera vez conoció la agonía y por primera vez moría... pero la burbuja reventó...

Llevó la mano al pecho, sudorosa y temblando. Estaba agitada y parecía estar atada a la silla. Dejó caer el libro y éste dejó morir un par de hojas. El corazón se estremecía con el solo hecho de recordar, pero no brotaban lágrimas, no era capaz siquiera de eso.

Las páginas finales del libro tenían párrafos escritos con letra pequeña. El autor era un viejo que entre pastillas y café contaba historias tristes noche tras noche, en silencio. Historias cuya voz yacía impregnada en esas últimas páginas, cuando tratar el amor como tema le era hablar de muerte, y cuando hablar de muerte le era conocer que la vida siempre era mejor para él que ser nada.

Una frase sonaba aún entre sus sienes. Frase que dijo alguna vez en su lecho, cuando sabía que pronto sería un poco de materia enterrada, cuando satisfecho e insatisfecho al mismo tiempo miraba por primera y última vez la vida. Cuando la niña que acariciaba sus barbas oscuras salpicadas de gris lloró por última vez. "Y es que en el momento en que la intensidad reina, la razón sólo se mantiene por la fuerza".


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