“Entonces correr. Escapar tras tres años de existencia para observar el mundo con esa curiosidad infaltable. Recoger puñados de arena y la dejarla escapar en forma de hilos que el viento ondea.
Es triste observar el horizonte, en el mismo muelle de siempre, y sentirse solo. No saber de dónde vienes, no saber hacia dónde vas, no saber nada de nada. Mientras que el tiempo parece estar en complicidad con la nostalgia del momento y escuchar, de las gaviotas, lamentos y del mar, suspiros. Aprender a vivir sin capacidad de recordar. Observar las aves, las nubes, la luz que nacen lejos de allí. Ser Santino a fuerza de repeticiones, vivir en la zona de los pescadores y con la inocencia de un niño lanzarse a las arenas húmedas y soñar con castillos que se lleva el mar”.
¡Santino! ¡Santino!
Ha metido unas conchitas en sus bolsillos y corre descalzo por la playa hacia el muelle. Con sus manitas sucias restriega su rostro y lanza una sonrisa.
Y mientras corre, como en un sueño, la vida pasa velozmente y el mar se oscurece un poco, la gente va cambiando, cuerpos crecen y otros envejecen, se deterioran. La zona de los pescadores se alumbra de un tenue rojo y la marea sube.
Los pescadores ya han partido…
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