«Papi, ¿cuál
es tu color favorito?»
Era una pregunta muy simple.
Había sido deslizada con tan vago interés por sus
grandes y oscuros ojos; una juguetona sonrisa apareció en su rostro a la vez
que le daba un sorbo al jugo de frutas que tenía en sus deditos.
¡Qué curioso! Justo ella lo traía puesto. Un bello
listón ataviaba su ondeada cabellera resaltando su infantil coquetería. La
ingenua pregunta daba vueltas por mi cabeza, se golpeaba torpemente contra las
paredes de mi bóveda cerebral; el eco nublaba mi entendimiento, y sin querer un
recuerdo me atravesó, la falla de seguridad se había dado: el monstruo se
estaba liberando.
Oía con claridad la voz de mi madre «Es lo mejor para los dos, hijito, yo volveré
por ti. Te lo prometo». El ambiente estaba impregnado de ese color: sus
manos olían a frutas cítricas, el azafranado atardecer en el cielo, el color de
la fachada del orfanato. Todo, absolutamente todo estaba confabulado, para que
ese día -sin mi consentimiento-,
el naranja se convirtiera en mi color predilecto.
Recuerdo cuanto le rogué que no se fuera, que no
me abandonara. Me aferré con fuerza de su vestido, y mientras las monjas
intentaban separarme de ella, un botón se desprendió. Aquel objeto me acompañó todos
los días en los que la esperé en la ventana, por supuesto, era del color de la
mentira. Odiaba que siempre me sirvieran una rebanada de pastel de zanahoria y
jugo de naranjas frescas, lo odiaba. ¿Por qué? Porque también llevaban en su
contenido el color de la mentira.
Ella jamás volvió, jamás regreso.
Y cuando por fin pude tener mi propia familia, ella
también nos abandonó. Después de que nació mi pequeña Sophie; a mi esposa le
detectaron una enfermedad incurable. Recuerdo que utilizó su tierno listón
naranja hasta su último día de vida. También mintió, el amor no duró para
siempre. Mintieron los doctores, mintieron todos.
«Naranja, ese
es mi color, cariño»
¡Ese es mi color! El color de la mentira.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario