Así somos los escritores, nos desvivimos en letras por amores que son y no serán. Cruzamos las avenidas de lo incierto y nos aferramos a las pasiones que forman parte de la vida.
Tú, yo, ella (tú, otra vez), formamos parte de historias insulsas, cuentos, leyendas, fábulas, y creamos nuestro libro rojo, donde caen los restos que quedan de los besos y abrazos que repetimos de memoria cuando la noche se vuelve sicaria del alma.
Entonces el libro con hojas vacías vuelve a abrirse, vuelvo a empaparme en tinta, para desvivirme en otra historia que terminará cuando no haya más líneas por marcar.
Así somos los escritores, nos desvivimos en letras, morimos de amor y por otros vicios, y vivimos por ellos. También cambiamos, nos aferramos a ideales, vivimos, soñamos y a veces nos perdemos para, tal vez, encontrarnos. Pero siempre estamos... llevando una pluma a cuestas y un cuaderno arrugado, a donde nadie quiere ver. Conversamos con el viento, actuamos en el teatro de la locura y remojamos en tinta el corazón para vivir y desvivir, una y otra vez, nuestra voz.
Y cuando el silencio reina, cuando los ojos caen, cuando el sereno se levanta y se apaga la voz...
los escritores soñamos, despiertos, y tomamos una vez más la pluma para volar
hacia ese amor que es
y no será.
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