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Un blog diferente.

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martes, 19 de marzo de 2013

Honestidad para hacer la diferencia.


Excluyendo de plano el mensaje político del que fuera, en el 2011, el eslógan del partido que hoy es gobierno, busco rescatar esta frase como un estandarte de moral, de una autenticidad que no se refleja solo en la forma de hacer las cosas, la honestidad es un rasgo inherente, casi un aroma ineludible que se siente y se siente fuerte en la forma de ser de quien es honesto.


Lima es una ciudad golpeada, una ciudad violenta, una ciudad de gentes egoístas, de mentes perversas, de corazones desobedientes. Pero lo que más la aqueja, es que Lima es una ciudad asaltada por esas hordas de criminales que han puesto en jaque la honestidad. No solo nos roban desde el gobierno, que opera desnudado y a vista y paciencia, con el consentimiento de todos nosotros, víctimas complacidos; nos roban las empresas a las que nos han obligado a mantener sus fondos dinerarios; nos roban cuando nos ofrecen algo por lo que pagamos y recibimos un producto inferior, alegres lo aceptamos; nos roban cuando subes al bus y te obligan a pagar lo que no debes; nos roban cuando en ese restaurante no te sirvieron lo que pediste y con una carcajada dejamos que la cosa pase nomás; nos roban cuando salimos a caminar y por caminar nuestra vida puede llegar a valer menos que un celular, menos que un billete, menos que lo menos porque la honestidad ha sido despavoridamente ahuyentada de las calles. Vivimos en una sociedad deshonesta y cínica, cínicos todos, permisivos ante el robo, quietecitos ante el imperio del horror, sinvergüenzas, malhechores. Unos por robar; otros por silenciar y convertirse así en cómplices.
Pero las masas aprendieron a indignarse. Una incipiente sed de búsqueda de honestidad ha despertado en las glándulas de los limeños. Y toda esta inquietante realidad la podemos extrapolar a la sociedad del mundo en general.
Enferma del cogoteo salvaje, que nace de la desobediencia, producto del egoísmo, esta sociedad mundial tiene indignados y tiene legiones de anónimos, tiene colectivos sociales transnacionales, tiene apoyo de las gigantescas cadenas. Este sentir es, hoy por hoy, un sentir pandémico: no callarse más ante la cultura del robo.
El mundo se está moviendo, el mundo está ocupando, el mundo se está levantando. Pero una vez en que coincidimos con el fondo, podemos pasar a ser cuidadosos con las formas. Con violencia no vamos a combatir la violencia. No seamos partícipes de esta agudización de las contradicciones. Hay fórmulas más eficaces para enfrentar la deshonra que nos está arrebatando la paz.
Ya hace miles de años, allá en el Sinaí, se había escrito en una de las tablas: No robarás. Hoy te lo digo a ti, ¿no quieres más de esto? Pues basta, tú no lo hagas tampoco.
¿No quieres más estafa, robo, mentira, hurto? No lo practiques jamás. Ten por seguro que alguien te está mirando, que alguien verá en ti un ser de paz, que contribuye al bien y ese hombre seguirá tu ejemplo y puedes desatar con tu solo accionar, que parte desde el centro más profundo de cada pensamiento, toda una nube bienhechora, de buen comportamiento, de decencia, de honestidad. Solo así podremos hacer una diferencia auténtica, visible y capaz de transformar realidades.

PD. Saludos a la señorita de la sonrisa hermosa.

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