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Un blog diferente.

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jueves, 6 de febrero de 2014

A Lúcida [2]

2
Su voz, distante, dulce, hechizante, me habla desde el otro lado del muro. Hay en ella algo de mí. Yo soy parte de su identidad, y ella parte de la suya. Su ausencia es cada vez más eterna, su voz es cada vez más opaca al igual que su luz.

He dejado un par de rosas ante su puerta y una carta que dice: Adiós, hasta ayer. Sus palabras me vuelven a alcanzar, débiles esta vez y mi nombre no tan mío habla de ella cuando la noche se queda a solas conmigo.
Yo, sumido en un letargo sin conclusión aparente, parezco rezar alguna frase escrita en el cuaderno del olvido, y puedo ver su imagen, diáfana, que dice que volverá pronto, que lucha contra su oscuridad para recuperar su nombre. 

El mar está quieto, azul, negro, nocturno. Debajo de sus aguas yace una promesa que brilla en el fondo. Una perla sin clasificación, una joya sin precio.
Es Lúcida, es ella. Se acerca a la superficie, me toma una vez más de la mano y me lleva en búsqueda de algún tesoro. Se mancha el mar con la tinta de sus labios, que estampan su amor en mi piel. Como prisionero resignado a la muerte, me olvido de todo y abandono mi cuerpo. Me ahogo. Vuelvo a ver sus cabellos por última vez para cerrarlos quizá eternamente. No parezco desesperado. No tengo miedo.

Su último susurro ha llegado hasta mí. De repente no hay mar, no hay cielo ni luna. De repente estoy encerrado en una prisión, un cuarto o un almacén. No tengo miedo. He empezado a soñar una vida en la que no la puedo encontrar.

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