Sed. Esa necesidad que nace en nuestro interior,
suplicando –a veces sutilmente y otras a gritos– ser saciada.
Los problemas, las situaciones, los desamores y los
sueños rotos, ¿podrán apoderarse de nuestra voluntad? ¿Podrán llevarnos a ser náufragos?
La desesperación se apodera vilmente de aquel
hombre que no puede distinguir entre la fría realidad y una utopía. Está
inmerso en un gran telón de agua, se pregunta tontamente, ¿náufrago, yo? Y no
se resigna a creerlo.
El vaivén del poderoso mar, imponente, rebelde e inescrutable
de principio a fin, lo envuelve, lo
eleva, lo retuerce en sus olas como queriendo hacerlo parte de su profundo
cementerio. Más y más sed, observa de izquierda a derecha. El cielo ruge, el
viento silba, el sol huye.
¿Beber o no beber? Sería delicioso para su cansino
cuerpo, deshidratado y ardido por el calor. La oferta es muy tentadora, está a
su alcance, a su alrededor, por todos lados. El agua salada lo satisface, se
siente en paz. La sed desapareció. De pronto un incontenible deseo tiembla en
su boca y anhela seguir bebiendo del generoso piélago. No puede detenerse. La
sal vibra en su adormecida lengua y su mente le pide detenerse, el sabor marino
se inyecta en sus venas y recorre rauda y violentamente por sus sistemas. Está preso.
El victorioso ponto ha preparado estratégicamente su fin.
Como un naufrago que puede alzar los ojos al Cielo, la
sed puede ser subyugada. Sed de justicia, de venganza, de triunfos.
¿Naufragaremos? ¿Moriremos bebiendo agua de mar? La isla de la libertadora
esperanza está muy cerca y el agua que allí probaremos nos saciará, no por un
día o por dos, sino por la eternidad.
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