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Un blog diferente.

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viernes, 16 de agosto de 2013

Agua de mar.

Sed. Esa necesidad que nace en nuestro interior, suplicando –a veces sutilmente y otras a gritos– ser saciada.

Los problemas, las situaciones, los desamores y los sueños rotos, ¿podrán apoderarse de nuestra voluntad? ¿Podrán llevarnos a ser náufragos?
La desesperación se apodera vilmente de aquel hombre que no puede distinguir entre la fría realidad y una utopía. Está inmerso en un gran telón de agua, se pregunta tontamente, ¿náufrago, yo? Y no se resigna a creerlo.

El vaivén del poderoso mar, imponente, rebelde e inescrutable de principio a fin, lo envuelve, lo eleva, lo retuerce en sus olas como queriendo hacerlo parte de su profundo cementerio. Más y más sed, observa de izquierda a derecha. El cielo ruge, el viento silba, el sol huye.

¿Beber o no beber? Sería delicioso para su cansino cuerpo, deshidratado y ardido por el calor. La oferta es muy tentadora, está a su alcance, a su alrededor, por todos lados. El agua salada lo satisface, se siente en paz. La sed desapareció. De pronto un incontenible deseo tiembla en su boca y anhela seguir bebiendo del generoso piélago. No puede detenerse. La sal vibra en su adormecida lengua y su mente le pide detenerse, el sabor marino se inyecta en sus venas y recorre rauda y violentamente por sus sistemas. Está preso.
El victorioso ponto ha preparado estratégicamente su fin.


Como un naufrago que puede alzar los ojos al Cielo, la sed puede ser subyugada. Sed de justicia, de venganza, de triunfos. ¿Naufragaremos? ¿Moriremos bebiendo agua de mar? La isla de la libertadora esperanza está muy cerca y el agua que allí probaremos nos saciará, no por un día o por dos, sino por la eternidad.

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