Sus
cuerpos flotaban descoloridos como almas penitentes alrededor de mi cabeza,
eran las tres de la mañana y la memoria decidió evadir un poco menos, aunque
sea por esa vez.
Entonces
uno de esos agentes imaginarios se detuvo a mi lado, tenía en la mano derecha
una pipa de coco artesanal, sonreía mostrando los dientes y tirando el rostro
para atrás, sacaba pecho siempre, su mirada era fija, pero vacía. Me dijo, hola
hermano.
Entonces
me invitó a salir de ese perímetro cuadrado y nos fuimos a Jesús María. La
tarde helada era un detalle irrelevante, él jamás tenía frío. Seguía flotando,
siempre flotaba, casi ni se sentía su presencia por momentos. Su pipa de coco
estaba vacía y solo la tenía allí de adorno, no tenía ninguna función. Hace
algunos años quizás sí, hace algunos años quizás esa pipa de coco era el motivo
de unidad en una grata amistad, pero el tiempo pasa y abre los ojos de los uno
y enceguece más a los otros.
Nadie
descubrirá la verdad que no merece.
Nadie
será engañado si ha demostrado de manera contumaz amar más a la mentira que a
cualquier otra cosa.
No
siempre fue un desteñido espectro casi transparente y flotante, errante de mis
memorias y ausente de mi presente. No siempre fue un recuerdo.
A
veces en la misma piedra donde se esgrimen y sellan a furor de las pasiones
humanas las promesas pro eternas, es en la misma roca venenosa donde se funden
y quiebran el cumplimiento de las mismas.
Que
la roca os acompañe en las idas y venidas de tu desencontrado camino. Si algún
día el gran hermano decide volver, solo debe tocar la puerta. Nadie negará a
abrir los ojos; hoy no, mañana menos.
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