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miércoles, 11 de septiembre de 2013

El fantasma.

 Sus cuerpos flotaban descoloridos como almas penitentes alrededor de mi cabeza, eran las tres de la mañana y la memoria decidió evadir un poco menos, aunque sea por esa vez.

 Entonces uno de esos agentes imaginarios se detuvo a mi lado, tenía en la mano derecha una pipa de coco artesanal, sonreía mostrando los dientes y tirando el rostro para atrás, sacaba pecho siempre, su mirada era fija, pero vacía. Me dijo, hola hermano.

 Entonces me invitó a salir de ese perímetro cuadrado y nos fuimos a Jesús María. La tarde helada era un detalle irrelevante, él jamás tenía frío. Seguía flotando, siempre flotaba, casi ni se sentía su presencia por momentos. Su pipa de coco estaba vacía y solo la tenía allí de adorno, no tenía ninguna función. Hace algunos años quizás sí, hace algunos años quizás esa pipa de coco era el motivo de unidad en una grata amistad, pero el tiempo pasa y abre los ojos de los uno y enceguece más a los otros.

 Nadie descubrirá la verdad que no merece.

 Nadie será engañado si ha demostrado de manera contumaz amar más a la mentira que a cualquier otra cosa.

 No siempre fue un desteñido espectro casi transparente y flotante, errante de mis memorias y ausente de mi presente. No siempre fue un recuerdo.

 A veces en la misma piedra donde se esgrimen y sellan a furor de las pasiones humanas las promesas pro eternas, es en la misma roca venenosa donde se funden y quiebran el cumplimiento de las mismas.


 Que la roca os acompañe en las idas y venidas de tu desencontrado camino. Si algún día el gran hermano decide volver, solo debe tocar la puerta. Nadie negará a abrir los ojos; hoy no, mañana menos.

viernes, 30 de agosto de 2013

Él.

El olor a madera chamuscada invadía la habitación, las pequeñas e insignificantes gotas de la impenitente lluvia se acumulaban en el cortante borde de una oxidada ventana blanca; el sonido de los pinos con el viento añadía a la escena una connotación serena y pacífica, sin embargo, su alma no se sentía para nada armonizada con su alrededor.

Recordaba nostálgicamente cómo años atrás una linda y pequeña mujer había escrito con puño y letra una carta para su amado, con delicada atención había plasmado en el –ahora quebradizo y amarillento– papel su floral aroma. Se llevó la misiva al rostro e inspirando el pasajero y casi borroso perfume suspiró, cansino, pero feliz. 'Es ella', murmuró.

Movió cuidadosamente el fino lazo rojo que cerraba el paquete y repasó –por millonésima vez– el contenido de aquella hoja tan llena del ayer. Sus ojos destellaron alegría, su boca proclamó una tonta sonrisa. Todo seguía siendo tan igual, en cada párrafo la recordaba.

“Significas fortaleza para mí. Tus ojos sobre mí es lo único que necesito para alejar definitivamente el temor, para arrancar la seriedad y avanzar un paso hacia la eternidad. Eres tanto, significas tanto. Tu mano me da seguridad, solo puedo correr a tu lado, solo contigo. Significas lo que significas por el simple hecho de ser significativamente importante en mi vida, me enseñas el verdadero y precioso significado del amor, porque eso eres, eso significas: amor.”

Leyó en voz alta.
Cerró los ojos con fuerza, humedeció su garganta, la sentía tan cerca como ayer. Sonrió esperanzado. Él, que había buscado toda la vida su lugar, lo había hallado y navegado con su tierna compañera. Ahora ella no estaba a su lado más, pero, ¡qué rareza!, casi podía escuchar su melodiosa voz, aspirar su perfume, besar su suave boca.

La leña con el fuego lo hicieron volver en sí. Casi había dejado de llover por completo, una indefensa nube aparecía en el cielo herida por un rebelde rayo del majestuoso sol. Anudó nuevamente la carta y abriendo su santo libro favorito, la guardó en la página preferida de su amada, aquel sería su lugar. Ella le dijo que significaba amor, ese amor que pronto y en algún venidero día los reuniría y juntaría para compartir la eternidad.