¿Los
colores estarán diseñados
de
manera adrede para marcar
la
mente frágil y fotográfica de
los
humanos?
Así
parece, o al menos, el rojo.
Aún
no se va de mi cabeza la imagen
de
aquellos grandes y voraces ojos
inyectados
de sangre, el último sello
—gracias
a un labial—
que
mamá dejó en mi mejilla,
las
gotas chorreantes de una muerte
que
trazaron mi destino;
crecer
bajo una sombra carmesí.
La
guerrilla, el polvo,
los
gritos y la pintura roja.
La
primera flor que me regaló,
era
patética, y colmada de ese
romanticismo
tan pesado que a él
lo
caracterizaba; más cursi que nada.
¡Bah!
el vestido de seda que adquirí
a
un buen precio en un remate,
para
fingir ser parte de tan rojo amor.
Molestas
cartas envueltas con un lazo,
grande
y del color de la pintura que un día
yacía
en el rostro de esos pobres niños. El
dolor
de ellos, y mi enojo, mi rabia e impotencia.
¡Qué rojo y embanderado se veía el camino!
Me
envolvía y a la vez me hacía libre.
La
guerrilla, el polvo,
los
gritos y la pintura roja.
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