Puedo interpretar por tu silencio que estás escuchándome. No sé lo que piensas, te observo, pero no logro concebir más que algunas ideas vagas. Estoy con la vestimenta inadecuada o no sé pronunciar las palabras. Tú me estás observando, y en un momento creo estar sudando. Busco una salida sin querer escapar del momento. ¡Qué problema el estar así! Escucho el latir de mi corazón, o el tuyo, o es el latir de mi cabeza a punto de estallar. Tus ojos brillan y yo estoy como hipnotizado. Es mi problema, el hablar con el sexo opuesto. No he sentido en ningún momento ese tartamuedo, esa excesiva sudoración, ese temblor de manos, o esa tremenda torpeza con que suelen ilustrarnos a nosotros los tímidos: soy tan normal como los demás. Pero no sabes cuánto lucho por dentro, tratando de escoger las palabras adecuadas para no ser mirado como un loco, escapando de cualquier invasión a mi «territorio». Curiosamente tomaste la iniciativa, yo quise huir pero fue muy tarde. Es algo así como haber esperado mucho tiempo para un momento así, haber leído tantos libros y artículos sobre cómo impresionar a alguien, cómo hablar naturalmente, y no estar listo (o peor, querer escapar).
Se terminó el tiempo. He dejado de hablar y, al parecer, has entendido perfectamente la nulidad de mi razonamiento. Sólo te atreves a sonreír, o burlarte, por las tonterías que terminé por decir. Curiosamente, para variar, tienen que llegar tus padres. Ahora si estoy entrando a la etapa más damática de mi vida. Tú estás tan natural; yo quiero que la tierra me devore entero. Instintivamente me despido y creo sentir un alivio profundo...duró muy poco, o casi nada. Tu padre me mira fijamente, tu madre también, tú también y yo miro mi mano en la tuya. «¿No te sabes despedir?». Si antes me había sentido mal, ésta era mi evaporación total, una explosión en mi cabeza. Esta vez pude comprobar todas las exageraciones con que nos imitan en un par de segundos: tartamudeé para decir una simple palabra, me tropecé conmigo mismo, empecé a traspirar y mis manos empezaron a temblar. Pude escapar, pero sentí haber vivido una completa pesadilla.
Quizá no notaron mi torpeza, o quizá sí lo debieron hacer al descubrir que había olvidado mi mochila.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario