Saliendo de la habitación ya no había nadie afuera, ni siquiera los que le habían acompañado antes cuando los tiempos eran buenos y no como los que ahora se vivían. Ni un saludo afuera, los tribunales no se comparaban con las lujosas mesas servidas en los mejores lugares del mundo, sitios a los que ningún peruano común hubiera podido llegar si no hubiera sido por esa apertura que él mismo inició.
En este país el éxito está condenado, todos son una bola de débiles mentales, debí matarlos cuando pude. Se dijo mientras intentaba lucir a pesar de todo, digno como solía serlo y con el pecho inflado, estaba bien peinado y la sonrisa no debía de faltar. Esta vez ya no tenía ningún asesor de imagen, solo un triste abogado que él figuraba perfectamente como un oportunista que succionaría hasta el último centavo de la plata que alguna vez llegó solo. Así es cuando tienes poder. Poder, esa miserable palabra, tan frágil y fugaz.
Bajó los brazos lo máximo que podía, él que siempre tenía empuñado algún pañuelo, estaba vez las esposas le impedían extender los brazos para recibir las arengas y energías de ese pueblo ingrato que gritaba histérico su nombre y el del partido, esa muchedumbre que hoy le exige la cárcel.
¿¡Cárcel, por qué!? Es que aquí se esfuerzan por verse lo más tontos que se pueda, es un esfuerzo único y mayoritario, único, potente, incomparable. Mientras más tontos se vean, mejor se sienten. En ningún otro país del mundo esta porquería podría suceder, pero este es país rojiblanco que alienta con fervor y pasión el único deporte en el que su desempeño es notablemente malo y vergonzoso, y al mismo tiempo gira la cabeza y olvida a los que afuera se llevan los oro. Por eso todos los que sí valen la pena se van afuera. Y si se quedan, son egoístas y exitosos empresarios, claro, pensar en los demás de verdad aquí no sirve. Aquí no.
En Chile se deben estar retorciendo de la risa. Siempre es así. El espectáculo de la vergüenza que damos. Ahora aquí me tienen, masa de inútiles, de fracasados, ¿de qué se jactan, comunistas asquerosos? ¿¡Ah!?
Cuando fui presidente debí acabar con toda esa gente. Pero yo sí creía en la democracia. Hay que ser muy estúpido para creer que no iba a beneficiarme, cualquiera lo hubiera hecho, ¿tú no lo harías? ¿Saben algo? Todos lo harían, tú también. Lo que te hace un buen estadista, hombre de estado, es lo que haces por tu pueblo, por tu gente, las oportunidades que les das, las puertas que les abres, la menor dependencia que les creas al estado que siempre buscará su beneficio porque todos lo hacen. Tú lo haces.
Solo que todos exigen y exigen y nadie quiere dar, nadie quiere cumplir. Tienen la mente revolcada al marxismo, pero son tan brutos que ni se han dado cuenta. Con la porquería que consumen no se podía esperar algo mejor, es lo malo de la democracia, que la gente elige y la gente no sabe elegir. Nunca sabrá elegir.
Le damos el poder de elegir los destinos de un país y de su gente a la mayoría. Y la mayoría siempre piensa como un asno colectivizado.
Sí, enfóquenme, tiren el flash con todas sus fuerzas, dispárenme; ni enmarrocado ni tras barrotes ni en la misma miseria, ni nada de lo que hagan, miserables, borrará la historia. Nada de lo que hagan la cambiará. Ustedes son más, sí, por eso son comunistas. Pero nosotros somos mejores.
Hagan el show que se les dé la gana, yo ya les gané desde el momento en que nací, fui mejor desde mi concepción. Sí, pues, tengo un ego colosal, sí, pues, ¿y a ustedes qué les importa?
Pero volveré y me volverán a aplaudir y volverán a salir las palmas, las palomas, los pañuelos, el criollismo y la victoria. Porque nunca morimos, nunca. En el dolor, hermanos.
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