A los 79 años ya nada debe parecerse ni verse similar, ni siquiera lejanamente parecido. ¿Cómo es que están dispuestos a esta monumental locura este par de ancianos desquiciados? Se preguntaba con una solemne sonrisa que le servía de máscara para ocultar sus pensamientos de hartazgo. Ser nieta de un adorable anciano de casi ochenta años era un privilegio del que ya casi nadie contaba. Pero tampoco nadie esperaba que de un día para otro al viejo se le ocurra hacer un viaje de cientos de kilómetros para hacer lo último de su vida, un suceso que él mismo calificaba como el final feliz de una larga y terrible historia.
- Nadie puede oponerse. Nunca nadie pudo oponerse, que me hayas acompañado no quiere decir que gracias a ti estoy aquí, solo me has acompañado, esto tenía que pasar de todas formas. Ese siempre fue nuestro destino, estar aquí. - Le dijo el anciano sonriente con un gesto de amabilidad y dulzura que solo los abuelitos buenos pueden reflejar.
Ambos estaban sentados en una sillita de fierro en un parque precioso de alguna parte del mundo bajo un cielo celeste que se opacaba de a pocos. Entonces el anciano le agradeció a su nieta haberlo acompañado, pero que era momento de que se vaya, ella ya iba a llegar y no quería que nada más los interrumpa, ya demasiadas cosas les habían interrumpido como para que ahora una más les sirva de pretexto para una tantas veces repetida postergación.
Entonces la nieta se fue y el anciano quedó solo por una hora y media más. Tomando un café muy caliente y leyendo Le Monde. Esperando con la paciencia de los ancianos. Y de pronto, ella se asomó con una sonrisa enorme que seguía siendo la misma a pesar de tantos años en su haber.
- Oye, viejo cojudo, ¿qué estás esperando?, ¿no me vas a dar un abrazo? - le dijo la anciana emocionada y casi riéndose.
El anciano saltó de inmediato y abrazó a la decrépita mujer que estaba allí enchalinada con un vestido blanco floreado, como en los sueños cuando los abriles aún rodeaban los veinte.
- Casémonos ya.
- Sí, hagámoslo, tómemonos este café y brindemos todas estas noches, las que nos queden, mirando a la Torre Eiffel, en este París que nos es ajeno, pero que es nuestro desde que éramos un par de adolescentes cobardes, incapaces de ser felices.
- Dos matrimonios fallidos en mi caso.
- Nunca me casé, pero tener un hijo no es gracia. Ser madre soltera era casi uno de mis sueños, una meta, tenía que hacerlo y demostrar que podía.
- No quiero postergar la historia, limoncita.
Los ancianos se tomaron de la mano y recordaron cada instante de sus vidas y cada uno de los vericuetos que los había mareado a lo largo de sus vidas y les habían condenado a ser felices cuando ya ni lágrimas existían. Solo risas, solo sonrisas. Lo único que les rodeaba era Francia y Europa y el dinero de sus haberes acumulado y muy bien amasado y ropas e historias, y muchas ganas de todo, de vivir, de empezar a serlo. La anciana tomó al anciano por el cuello y lo besó como si fueran dos adolescentes locos el uno por el otro y el anciano le siguió el beso. Por un momento todo el escenario se había transformado. Eran un par de jóvenes besándose y soñando una vida juntos, la verde vegetación que les rodeaba era testigo de sus jóvenes pasiones y sus manos traviesas. Luego de sesenta años una historia culminaba, muy cerca de que sus vidas entregadas a todos los días del verano estén cerca a la culminación, también.
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