Sus delicados piececitos traspasaban armoniosos la
barrera de quietud del lugar; todo un mar de serios y sosegados aristócratas meciéndose
a un ritmo anticuado, pero felizmente allí estaba ella.
Llevaba ya varios segundos observándola desde su dorado
asiento.
El porte de su delgada silueta danzando con gracia y
soltura embellecía el panorama, fue entonces cuando el rey decidió abandonar la
comodidad para invitarla a bailar a su lado. Ella hizo una suave reverencia
ante su presencia, y con una amplia sonrisa aceptó su mano. Al llegar a la
pista, el tiempo pareció no transcurrir, ambos habían encontrado un exquisito y
perfecto ritmo, cada pieza musical era un pretexto más para no separar sus
cálidos cuerpos. La sinfónica parecía tocar melodiosamente sus instrumentos solo
para alegrarlos ellos, solo para aquellas brillantes miradas. El azul en el café,
el marrón en el mar.
Un paso adelante y otro hacia atrás, una espléndida
vuelta y otro giro más. El sonido de los violines era su guía, el marcapaso
para seguir trenzando sus almas con la dulce compañía de los acordes destinados
para cada baile. Acordes escritos desde antes, para aquel momento.
—Tu nombre debe ser más bello que cualquier canción —dijo
el monarca con la voz aterciopelada—. Cántalo.
—Solo soy la bailarina, majestad —musitó con
tranquilidad. El hombre de oceánicos ojos sonrió de lado y dándole un giro la
atrapó.
—Entonces bailarina, ¿bailarías conmigo? —preguntó.
—Por supuesto majestad, ese es mi destino —dijo
agachando sutilmente la cabeza, una cálida mirada se escapó por sus rabillos.
—¿Te quedarás para danzar cada pieza que se haya
escrito en todo el reino? —interrogó, ella asintió—. Y bailarina, ¿prometes dedicar
cada suspiro de tu alma cada vez que bailemos?
—Lo prometo majestad —respondió.
Cesaron de danzar, y el rey guió a la fina silueta de
aquella misteriosa mujer al balcón del gran salón. Ambos empezaron a escuchar
una tintineante melodía en su cabeza, parecía magia, la sonante conexión los
elevaba a un afinado nivel.
—¿Lo oyes? ¿Oyes lo mismo que yo? —susurró el gran rey.
La mujer de acaramelados ojos suspiró cansinamente, y volviéndose hacia él,
tomó su mano, aquella mano que la había guiado a las más radiantes constelaciones
musicales.
—Cada vez que oiga aquella melodía, recuérdeme majestad
—espetó con ojos tristes—, recuerde que cumplí mi promesa. Dediqué cada suspiro
de mi alma al danzar con usted majestad, y ahora que ya puede encontrarme en
otra nota… es tiempo de irme.
—Pero bailarina, ¿a dónde vas?
—Solo soy la bailarina majestad, búsqueme y me hallará
en cada dulce armonía y así, podré bailar con usted para siempre.
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