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Un blog diferente.

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miércoles, 5 de marzo de 2014

La mujer de junto al pozo.

- Hola, Cleia. Soy Lucy, es un gusto tenerte aquí en nuestra familia. - Le dijo sonriente la rubilinda señora de 40 años, entrenzada y con unos ojos verdes gigantes y muy abiertos. Su mirada advertía una sonrisa extraña. Parecía fingida.

- Hola, Lucy. - Dijo de una manera efusiva Cleia. Rubia también, pero de ojos azules con una expresión mucho más transparente y hasta de alivio. - La verdad, Lucy, es que yo ya practico el ashtanga yoga desde hace un par de años, ¡me encanta!, ¿ya?, y ya pues, o sea, yo he venido aquí para continuar mi práctica y todo el asunto ya que yo me inicié en San Francisco como te decía, como que hace unos dos años y medio. El punto, Lucy, es que estoy muy interesada en hablar contigo sobre otro tema un poco más complejo. No sé si puedas ayudarme.

A su lado una enorme estatua dorada y pesada de Ganesh les infundía una sensación de tranquilidad inexplicable. Al lado del objeto un incienso se iba quemando bañando todo el ambiente amaderado en un fragante cítrico. Y más allá estaba Clara, tomando notas de todos los artículos, elaborando un inventario. Muy escéptica de casi todo lo que escuchaba allí, solo le interesaba la grata sensación de estar en un lugar donde nadie jamás enfurecía.

Luego de una breve introducción, Cleia fue al punto. Era una joven normal y feliz apunto de casarse con el sobrino del embajador de Israel, una lindísima y sonada boda en toda la sociedad limeña que valga conocer, a sus 28 años no había tenido ningún logro excepcional, pero había viajado a tantas partes del mundo que ello le permitía jactarse de un conocimiento autodidacta sobre el ser humano y, bueno, el padre, el apellido, todo ello le autorizaba socialmente a fungir de socióloga sin serlo. Y, bueno, su matrimonio se celebraría en un mes, y hasta hace dos semanas su vida era normal. Pero algo cambió repentinamente el curso de los hechos, dos días antes de culminar una de sus visitas a Estados Unidos, en San Francisco algo la dejó perpleja y se lo contó a Lucy.

- Estaba con Rodrigo, mi novio, haciendo compras a full porque ya nos veníamos en dos días y pucha, yo soy una compradora compulsiva. Y ya pues, nos enteramos que cerca a la escuela de yoga habían abierto una feria artística de pinturas de arte impresionista y a mí me encanta el impresionismo. Cuando revisamos el flyer, estaban allí importantes artistas contemporáneos y se iban a exponer también cuadros clásicos. Entonces ni lo dudamos y pactamos ir para ese mismo día, cosa que era imposible de postergar ya que ese iba a ser el último día de todos que funcionaba la feria en la ciudad.  Fuimos a un plan de las siete de la noche y estábamos fascinados, yo más que él, aunque estaba recontra feliz porque cuando estoy feliz con Rodrigo, mi felicidad se multiplica por diez. Y ya pues, como que estaba súper emocionada y luego llegamos al apartado de un muy joven británico de cabello muy negro, guapísimo, con unas facciones preciosas, el hombre era un modelo. Pero, bueno, me interesé un poco en acercarme a ver su obra y me encantó, tenía una técnica muy buena y sus cuadros estaban montados en épocas muy antiguas. Guerras medievales y cosas por el estilo eran la temática de casi todos sus cuadros. Le pregunté curiosa el motivo de recrear situaciones románticas, bélicas y hasta costumbrista de tiempos tan remotos y me dijo, con la mirada fija en el cuadro, yo toda embobada con su voz de británico cien por ciento varonil, que él sentía que tenía un fuerte compromiso pendiente con el pasado, que siempre lo había sentido así y que no podía vivir este tiempo sin dejar de buscar el lugar común que su mente le antojaba devolverle en sueños y recuerdos que no existen.

Clara se detuvo de realizar el inventario y se interesó en lo que allí iba a escuchar, ya que un muy candente desenlace y muy predecible para una trabajadora de un club yoga se asomaba como una cereza roja y liza deslizándose entre los dedos de quien la va a morder.

- Entonces, ¿qué pasó? - Le dijo Lucy interesadísima con su pésimo español que por momentos su infancia canadiense no le permitía conjugar con facilidad.

- Entonces, como que se interesa demasiado en mi conversación y ni siquiera me había mirado una sola vez, ignorando totalmente a Rodrigo, me dijo, ven. Y me mostró una pintura que yo, siendo la primera vez que la veía, ya la conocía muy bien. Debajo de toda la borrosidad del impresionismo, con toda la luz y colores expuestos, podía ver el pozo, la vegetación, el baldecito de madera, las flores rojas, el cielo celeste, hasta el olor del bosque se me vino a la mente cuando miré el cuadro fijamente. Era el mismo lugar que asaltaba mi mente tantas veces en tantos sueños. Rápidamente vinieron a mí violentamente, muchas escenas y empecé a espantarme, ¿cómo es que ese tipo sabía? Me veía allí, en fugaces imágenes corriendo al pozo, llorando, abrazando a alguien, lágrimas, un exhalo de dolor, un caballo negro, el sonido de metales chocando, el olor a las flores, el dolor, mucho dolor y algo aún más terrible, el amor.

- ¿Qué había pasado? - Lucy estaba explotando de la curiosidad. Sus ojos estaban más grandes que nunca.

- El tipo no decía ninguna palabra, pero el olor de su perfume amaderado ya había sido reconocido por alguna parte de mi cabeza y me estaba volviendo loca. Es como cuando alguien te pregunta algo y sabes la respuesta, pero no te acuerdas. Ya, así, como ese tránsito entre el olvido y el acierto, esa terrible sensación de saber que estás a punto de saberlo porque ya sabías sino que estás buscando en todos los registros de tu cabeza, ¡eso me pasaba! Y, entonces, el apuesto británico me miró fijamente a los ojos, por primera vez, Rodrigo no existía en ese momento, fue fatal. Sus ojos negros y con abundantes cejas y pestañas penetraron mi alma, no recuerdo su expresión del rostro, pero entonces supe que estaba viéndolo a él, al de mis sueños, al que me encontraba en el pozo de tantos recuerdos inexistentes, estaba allí ese caballero que me despedía con lágrimas y angustia. Entonces despegó la mirada y casi con la misma desesperación con que mi corazón corría, sacó una última pintura escondida, era el rostro de una mujer que no podría confundir de ninguna manera, Lucy, porque esa mujer era yo.

Clara estaba extasiada. Lucy tenía los ojos afuera del rostro.

- Me fui corriendo con Rodrigo. - continuó Cleia. - Lo tomé de la mano y me fui corriendo, estaba espantada, finalmente entendí demasiadas cosas sin entenderlas. Solo sabía que ya sabía eso que aún no entendía y por lo tanto no podía decodificar. Rodrigo nunca me volvió a preguntar y bueno, nos vinimos a Perú y ahora te busco, Lucy porque quiero que me hagas una regresión. Quiero saber qué pasó allí, quiero que alguien me lo confirme, estoy asustada, lo peor es que ya no soporto a Rodrigo cerca, ahora siento que no es el indicado y estoy horrorizada porque no quiero que el británico se vaya de mi vida porque siento que una vez yo me fui y ahora he vuelto a hacer lo mismo. - lágrimas de desesperación empezaron a surgir del rostro de Cleia. Lucy la abrazó y empezó a calmarla.

En alguna parte del mundo el británico pintor se estaría preguntando qué había sucedido. Por qué la mujer con la que tantas veces había soñado se volvía a ir, así como esa vez junto al pozo, por la maldita guerra. Juraron volverse a buscar hasta encontrarse y ya se habían encontrado, había que buscarse mil veces para encontrarse mil una y al fin, luego de tantas idas y venidas, cumplir con su destino, ser felices. Por lo menos en una de esas vidas.

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