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Un blog diferente.

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martes, 4 de marzo de 2014

12.5

Esa extraña cualidad de que todo tenga su lugar adecuado. Disposición, ubicuidad, ocupación. Palabras únicas que describen el estado de las cosas en un segmento de tiempo.
Hubo alguna vez en alguno de aquellos sueños que no se olvidan, que viven en un anhelo irresoluble, un quizás muy pronto, una promesa de cercano regreso que alarga las distancias y los segundos... hubo alguna vez en esos sueños que la vida nos regala, aquella impresión de un suave silencio. El cálido abrazo de la luz de fogata alumbrando rostros cavilantes y proyectando en la pared sombras monstruosas, entre risas y asombros las historias de aventuras, de animales parlantes y valientes, de duendes voladores y sonrientes, de travesuras de nuestros padres cuando tenían tu edad se presentaban vívidas en la imaginación.
Esa localización de los objetos me ubicaba a mí en perspectiva ladeada a la derecha con los ojos como persianas indecisas. El suave reposo de mi cabeza sobre una almohada delgada con funda fabricada con palitos de tejer. El sonido de una conversación a medio volumen sobre las consecuencias de las decisiones erróneas para la familia. Y a frente mío, mientras mis ojos no me permitían estar despierto, veía la silueta de una anciana con lentes grandes, vestido de algodón y pantuflas. Sonreía, Natalia, casi siempre sonreía.
Continuaba su lucha con la diabetes, enfermedad por la cual le iban a amputar una pierna. Gracias a una terapia naturista sólo llegaron a amputarle el dedo anular del pie. Una providencia irrefutable para su fe. Leía su Biblia, rezaba al Señor de la Ascensión, asistía a misa y estaba pendiente de que todos sus hijos hayan comido (aún así ya esten casados y con nietos).
Ella era la matriarca de la familia y cada agosto traía a la mesa del almuerzo las anécdotas que vivió con Gegrorio, el abuelo que no conocí. Contaba sobre cómo se las arreglaba para hacer alcanzar la comida a sus nueve hijos y una hija. Sobre como era la vida durante la segunda guerra mundial y sobre cuando llegó la riel del tren al pueblo. Nos quedábamos asombrados por los detalles con que imprimía sus historias y las hacían muy interesantes.
Durante su vida, ella tuvo que ver a su esposo y cuatro hijos entregar las llaves, como ella decía, antes que ella. Sin embargo, mantuvo la entereza frente a la adversidad y el dolor. Su fe jamás se quebrantó. Y ahora me alegro del legado que dejó a sus hijos. La decencia, el respeto y la lectura. Pues llegó hacia mi a través de mi padre. Entregándole a mis genes su 12,5 por ciento de herencia y sus historias que se mantienen vívidas en mi memoria.
Te extraño abuela Nata.

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