Cruzó la avenida y esperó por algún carro. Era aún muy de mañana, pero sus ojeras mostraban su cansancio. Era fea, estaba escuálida y llevaba el maquillaje corrido. No la hubiese notado de no ser porque cada transeúnte que pasaba por su lado miraba a la pobre mujer con un gesto de desdén o asco.
La noche que acababa de pasar había sido muy fría, pero ella parecía no tener cuidado alguno por ello: vestía una falda muy corta y un vestido delgado de un color que no puedo recordar,la escena la percibía tan triste que llevaba mi ojos a su rostro para guardar casi eternamente su gesto de angustia, repudio a sí misma y cansancio. De vez en cuando tragaba saliva y con ella parte de su angustia para sonreír de manera forzada, dejando ver apenas sus dientes que se enfilaban desordenadamente.
El tiempo pasaba lento pero el día se aclaraba rápidamente, llegaba cada vez más gente al paradero que subía en alguna línea y desaparecía en ella. La mujer seguía en el mismo lugar, observando a la gente, a una familia, a una pareja, a un solitario. Pero había dejado el oficio horas atrás y quizá sólo buscaba regresar o huir.
¡Qué escondería detrás del maquillaje, la ropa y el oficio! Eso es algo que nunca sabré, algo que quizá sería yo poco valiente como para preguntar. Mis reflexiones escasas se vieron interrumpidas por la llegada del transporte que debía tomar.
A través de la ventana la vi sonreír y mi corazón se arrugó por un instante. Ella es una de las mujeres de la noche. En ese instante me convencí de que no hay escena más lamentable que verlas de día, incapaces de ocultar su identidad, ante las miradas de todos y buscando libertad, sonriendo con pesar: siendo mujeres buscadas de noche y repudiadas cuando el día clarea.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario