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Un blog diferente.

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viernes, 18 de octubre de 2013

Querido Mío.

 Es como si aún pudiera escuchar tu llanto, rompiendo sin temor la blanca sala de aquel hospital. Tú yacías tibio y frágil en mis brazos y el mundo parecía saber que habías llegado para revolucionar sus cimientos y hacer vibrar su monotonía.
   Regresé a casa y sentí como si fuera navidad, Aquel que todo lo puede me había complacido con un hermoso y tierno regalo, a diferencia de esa fecha que se cantan villancicos, yo aprendí a entonarte unas desafinadas canciones de cuna.
 Pronto esas melodías se convirtieron en pausadas pronunciaciones; me reencontré con mi niña interior, fue como retroceder varios escalones para poder intentar comprenderte un poco más. Amabas aquel cuento de un auténtico músico, El flautista de Hamelín –que por cierto, todavía permanece en nuestra biblioteca. Fuiste creciendo con extrema rapidez, empecé a ver lo brillante que eras en la escuela y lo poco que ya me necesitabas para leer tus párrafos favoritos y atar tus zapatos.
 Ya no rogabas por quedarte apretado a mis piernas porque te asustaba el colegio, esa época había pasado con la voracidad en que una golondrina deja su nido.
 ¡Ay, hijito! Tú solo comenzabas a trazar tu propio camino, ibas dejando atrás las infantiles conversaciones para pasar más tiempo frente al espejo –de seguro para impresionar a alguna señorita–, y a meditar en lo que harías terminando la escuela; jugabas a decir qué sucedería en cinco años, luego en diez y así avanzabas sin percatarte que mi corazón se estrujaba.
 Estabas tan nervioso el día en que esperábamos los resultados, pero cuando descubrimos que habías logrado ingresar, una carcajada se escapó de tus labios y lágrimas colmadas de emoción me inundaron. Estaba tan orgullosa de ti, estoy orgullosa de ti. Estudiarías la carrera que tanto yo amaba, por la que vivía día a día agradecida con la vida, aprenderías a sanar heridas y aliviar dolores de los pobres sin esperanza. Yo te sonreía y acariciaba el cansado rostro cada mañana que salías a enfrentarte con coraje a la lucha de lograr tu misión, yo sabía que lograrías cada uno de tus objetivos y vez por vez estabas más cerca de hacerlo.
 Tu graduación, qué memorable y precioso momento, ya eras todo un médico. Con alegría me entregaste la medalla que significaba tu esfuerzo, un beso acompañó aquel gesto de gratitud. Pasaron más días –cómo quería detener el tiempo–, llegaste a mí con los ojos brillosos, me pediste un minuto para platicar, estabas demasiado ansioso. No fue necesario que dijeras algo, a pesar de que balbuceabas palabras sin sentido, yo sabía de qué se trataba: te habías enamorado.
 Te irías de mí para siempre, pero era tan extraña aquella sensación, porque te sentí más unido a mí que siempre. Celebramos juntos tu felicidad, ahora yo tenía una hija más. Ahora ya tenías tu propia familia, no eras más mi pequeño niño de ojos vivaces y chispeantes, eras todo un hombre, fuerte y decidido.
 Querido mío, te escribo esta carta para recordarte que cada paso que diste, aunque no me viste y no pediste mi ayuda, estuve allí. Me honraste al seguir la vocación que amamos, querido colega. Sé feliz hijo, que yo lo seré sabiendo que sonríes a pesar de que estés lejos.

Con eterno amor, mamá.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Juego de té.


 Ni la gravedad ni ningún mítico poder mágico podrían detener la caída de la blanquecina y frágil tasa de refinada porcelana. El tiempo que nada perdona, pareció apiadarse de mí –o todo lo contrario; fui presa de sus taladrantes minutos, y retorció intempestivamente los colores pasteles de mi felicidad, como cinta de película reproduciéndose segundo a segundo viví aquel momento.

¿Quién diría que los astillosos residuos de una pequeña tacita serian el comienzo del triste final de un juego?

La brutalidad quebró la cálida inocencia, el descontrol aplastó la ternura, la sucia sed de poder avasalló el amor; el oscuro líquido que con esmero mami me había preparado ahora se encontraba esparcido, mis suaves y esponjosos muñecos yacían en el manchado suelo, regados y humedecidos con la horrenda mezcla de un viscoso fluido carmesí y té dulce.

En un arrebatado instante aquel hombre se había propuesto acabar con el brillo de mis ojos. Corrí a  esconderme, el fuerte y aberrante olor a alcohol viciaba el aire de nuestra pequeña casa. Mi mamá se encogió y a lo lejos pude ver cómo le decía algo a ese monstruo, él alzo los brazos frenéticamente, y seguidamente descargó su ira contra la inestable mesita donde estaban los finos platos de mi juego de té.   

Tomó entre sus manos la rosada tetera que con tanto esfuerzo mamá me había comprado y la impactó sin remordimientos contra el empastado piso, el estruendoso sonido hizo mella en nosotras y un respingo salió de mi boca. Decidí salir de mi refugio y mi madre corrió hacia mí, “¡sal de aquí Elie!”, me dijo con una expresión de horror en su dulce carita. la que, cual ahora, estaba marcada por las lágrimas. Aquel hombre dio grandes zancadas y ella con inigualable gallardía se colocó en frente, me aferré de sus piernas con fuerza. Comenzamos a retroceder.

Nuestro verdugo, mi padre, balbuceaba amenazas, sus ojos inyectados de sangre me miraban como león tras su presa. Había vuelto, empujado la puerta y estaba decidido a acabar con la armónica atmósfera que, desde hacía un tiempo mamá y yo, habíamos dedicado a construir entre risas y juegos.

“Te amo Elie, todo estará bien”, me susurró mamá cuando me cargó entre sus confortables brazos, no importaban los gritos y fierezas que el monstruo dijera, tenía a mi mejor amiga conmigo. Me apretó contra su pecho y cerramos los ojos.

Siempre adoré jugar a servir el té.
Mami me enseñó, era nuestro pasatiempo y encuentro favorito.

El juego de té había terminado.

martes, 17 de septiembre de 2013

Ariadne

 El hielo se derretía en la vereda por la madrugada. Los neumáticos del carro patinaron al pasar por la avenida que se alimentaba de la luz del sol naciente en el horizonte. El hospital se encontraba a dos cuadras más. Las calles estaban vacías. Mi esposa confiaba en que llegaríamos a tiempo. La emoción de la llegada de Ariadne agudizaba mis sentidos y sentía que todo estaba bajo control. De pronto una luz fuerte, me encegueció. Luego un silencio profundo, intenso, vacío, inaudible.

***

 Un llanto. Para pedir ayuda, otro para asegurarse que estamos cerca. Una sonrisa, una mirada perdida en cielo del dormitorio. Me gusta verla, disfruto a cada movimiento suyo. Aristóteles dijo que el tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes. Disfrutábamos de cada fotograma imaginario, de cada instante, cada gesto que ella nos regalaba echada en su cuna. Repetía su nombre en mi mente. La amaba.

 Después de dejarla dormida en su cuna esa madrugada, mi esposa regresa a nuestra cama. Me dice al oído que la ve un poco pálida, hago un apunte mental para el pediatra al día siguiente. El sueño le gana a mis párpados no sin antes darle un beso en la frente a mi esposa. La luz se difumina y quedo en suspendido en el vacío.

 Escucho la sirena de la ambulancia afuera en la calle. Estoy en medio del pasillo del hospital corriendo. Llevan a mi esposa en una camilla. Me impiden seguirle. Quedo atrás de unas puertas transparentes y el pasillo se hace más distante al apagarse las luces. Te amo. Pienso en el eco de su voz que rebota en las paredes y llega hasta donde estoy de pie, hasta el interior de mí mismo. En medio de la oscuridad sus dedos pierden fuerza, mi mano se suelta. Impotencia.

 Despierto asustado. Es de noche aún, las sombras de la ciudad no se han ido. Repaso con las yemas de mis dedos la cicatriz en su brazo, un pequeño surco en su piel, una señal de lo que nunca olvidaremos, el día que Ariadne llegó a nuestra vida.

 El choque no pasó más que de un susto. La ambulancia rosó el carro por el lado donde me encontraba. Empujó al carro hasta que la vereda lo detuvo. Me golpeé en las costillas. No pude respirar por un buen rato. Mi esposa trato de cubrirse y apoyarse para no afectar al bebé. Los vidrios se quebraron y unos cuantos se incrustaron en su brazo derecho. Por suerte ya estábamos cerca al hospital.
Ese día, mi esposa me dijo entre sueños que todo saldría bien. Hoy, la beso nuevamente y me aferro a la alegría de continuar juntos. Descanso.

***

 De regreso a casa. Miraba por el retrovisor a mi esposa dar de lactar a Ariadne, nuestra hija. Aquella íntima conexión de miradas que me llenaba de alegría y energía para protegerlas, para estar dispuesto a sacrificar cosas que antes me hubiera costado mucho dejar. Ariadne, doncella que conoce los secretos de los laberintos, me sacó de uno.

 A veces mientras duermen las dos juntas, las observo. Trato de ver mi vida sin ellas, no puedo. Me imagino cómo será de grande, cuando vaya al colegio, cuando tenga una compañera amiga, cuando se pelee con ella y se reconcilien, cuando crezca y me reclame porqué pongo tantas reglas, cuando me presente a su amigo especial, cuando me diga que quiere estudiar algo que yo no deseo, cuando se case y la vea partir. Me niego a que ese tiempo pase tan raudo, me niego y guardo los momentos en que depende de nosotros aún, los atesoro y los cuido para que no se me vayan y no pueda retornarlos. Mis divagaciones se acaban en cuanto mi pequeña despierta, no llora, solo abre sus ojos y extiende sus manos para tocar el cabello de su madre, para coger un juguete, para mirar a su padre sonriendo, para saber que puede estar segura y feliz. Guardo una fotografía de su sonrisa.

 Mi esposa, aquella bella mujer que estuvo lo suficientemente convencida para decidir compartir la vida conmigo, aún entre sueños sonríe. Abraza a nuestra pequeña y la arrulla para que sigan durmiendo. Ariadne no quiere seguir durmiendo. Hace unos sonidos como si fueran palabras. Mamá despierta, papá espera para jugar con nosotros. Mi esposa percibe las ganas de jugar de nuestra pequeña. Encárgate tú, por favor. Me dice en el pensamiento, lo interpreto a través de sus ojos que no quieren despertar. La amo. Las amo.

 Cargo a mi hija con el mismo cuidado como cuando la recibí, aquel día. Un milagro, un nuevo mundo por descubrir, una nueva forma de ver la vida.

***

El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto.”

Charles Chaplin

martes, 3 de septiembre de 2013

Luces en el ático - II

Aquel día llegué, como siempre, a casa traído por el bus escolar. El bus, un espacio para probar nuestras habilidades en equilibrio pues nos retábamos a saber quién soportaba más tiempo de pie mientras el gran vehículo surcaba los baches y los rompemuelles en la pista. A pesar de tener asientos disponibles preferíamos la sensación de vacío en la planta de nuestros pies cada vez que el bus saltaba o se hundía.

Aquel día llegué a casa. Como siempre. Mis padres me saludaron y, observando sospechoso sus rostros, compartí con ellos el almuerzo. Fui un estudiante bastante responsable (aún intento serlo), así que después de terminar mis tareas viendo de reojo el misterio en el rostro de mis padres, dijeron: "Hijo, hoy nos vamos a comprar tu bicicleta." La emoción de ese entonces solo pudo ser superada por el hecho de manejar aquella bicicleta unos días después.

Los primeros intentos fueron rotundos fracasos. Aunque pensándolo mejor, no lo fueron del todo. Hace poco cuando leía la biografía de Tomas Alva Edison, él decía: "No fracasé, solo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla." Y en el intento mil descubrió la real forma de cómo hacerla. Por lo tanto, ahora creo que la perspectiva que debo tener de mis errores es que son oportunidades para repensar otra solución.

***

Esa tarde llegó de la universidad. Solía regresar feliz con una dosis de secretos en sus ojos. Miré cómo se acercaba trayendo sus cuadernos anillados. Me abalancé para coger uno ellos y no soltarlo. Aún no sabía leer, pero había algo que me atraía de esos cuadernos, el anillado, los colores de los bordes  de las páginas que cambiaban cada cierto número de hojas, las formas de las letras y los dibujos extraños, aquellas palabras largas, conjunto de letras, grupo de líneas y curvas…

Regresaba también con libros que sigilosamente sustraía y miraba las imágenes de cortes trasversales y longitudinales a las partes del cuerpo, los diagramas de los sistemas circulatorio, nervioso, muscular, digestivo, respiratorio me causaban interés. Me encontraba in fraganti y se percataba que acababa de pintar un garabato en la página final.

Su paciencia no se acabó, tampoco su afecto. Yo era su hermano pequeño y en el fondo nos queríamos a pesar de que le hiciera tantas travesuras a sus útiles de estudio y ella me atacara con cosquillas y almohadones en la cara. Creo que Dios le dio la oportunidad de prepararse para ser madre doce años antes. Y a mí, la lección de ser tanto o más tolerante con mis sobrinos que ahora hacen travesuras con mis cosas.

***


La vida, un espacio de tiempo en la historia de la humanidad. Un momento de respiro, un chispazo de luz en el universo. Si nuestra visión del mundo se redujera a ello parecería no tener sentido seguir adelante. Sin embargo, Dios colocó en cada ser humano la necesidad de trascender, de ir siempre un poco más allá. Agradezcamos a quienes nos acompañan en este caminar y disfrutemos una vez más cada día de las oportunidades que Dios nos da para trascender, corrigiendo nuestros errores; festejando nuestros aciertos.

martes, 27 de agosto de 2013

Luces en el ático - I

Desde los hombros de mi padre todo era posible.

El calor del sol en el ambiente mezclándose con el viento lozano, característico en la sierra. En la sombra, frío; y en la claridad, calor. Acaban de llegar los juegos mecánicos. Me cojo de la mano de mi padre fuertemente para no caer. El tamaño de aquellas máquinas de diversión es enorme, en un lado de la feria las manzanas acarameladas se preparan, los algodones de azúcar se muestran por sobre las cabezas de los transeúntes, del mismo modo los hombres en zancos repartiendo invitaciones para la función del circo esa tarde, y la multitud de personas vestidos y peinados conforme a la moda de esa época. Fines de los ochenta. 

“Cerrito de la Libertad”, el mirador hacia toda la ciudad. El clima perfecto y las nubes de lluvia en el horizonte. Los caminos sinuosos a través de las jaulas del zoológico, algunas águilas, monos pequeños y los peces. Como atracción principal: un león dormilón que cuando rugía todos se espantan y asombran.

El carrusel que intercalaba caballos, motos y carros. Kapuká, decía para hacer entender mi deseo de subir a una cabalgata imaginaria. Aún en los hombros de mi padre, llego hasta la boletería y luego me suben al juego. Busco mi caricatura favorita en la pared del centro y me acomodo para que empiecen las vueltas. Mis padres me saludan y hacen ademanes para saber de mi felicidad mientras cabalgo imaginariamente acompañado de Condorito.

***

La luz ingresa en mi dormitorio a través de la ventana. No otra vez, digo para desanimarme de ir al colegio. Me alisto a regañadientes entre la luz azul de la madrugada y entre mis papeles encuentro un libro que dejé a medias, lo guardo en mi mochila. Me despido raudo después del desayuno.

A la hora del recreo me pongo los audífonos y escucho la  música juvenil de ese entonces. Siguiendo el mainstream. Al descansar en las sillas del parque interno del colegio veo a los niños de primaria jugando a las chapadas, los niños de sexto grado repartiendo sus cartas de batalla de personajes de dibujos animados y las niñas intercambiando merchandising de la serie/novela adolescente de moda. Cada uno (incluido yo) cumpliendo nuestro rol según el estereotipo de nuestra edad.

Al repasar la mirada por los balcones veo bajar por las escaleras a un grupo de chicas que conversan entre ellas sobre los temas que no podía imaginar a esa edad. Una de ella tenía una sonrisa bella y al lado de su sonrisa, un lunar. Le presté mayor atención, se dirigían al quiosco a comprar algunas golosinas. ¿Cómo imaginar que siete años después estaríamos conversando tomados de la mano, en la universidad?

***

Los errores que un hijo comete, duelen a los padres. Incluso, creo que un poco más a las madres. Había defraudado a mis padres, no podía perdonarme a mí mismo esas actitudes de rebeldía, alejamiento y contradicción de los principios que en la niñez había aprendido a aplicar a mi vida.

Mi madre tomó la iniciativa. Hijo, perdónanos por no estar tan cerca de tus problemas – dijo triste y firme al mismo tiempo. Entendí que se culpaban de mi comportamiento, sin embargo, también entendí que mi responsabilidad en la preparación para mi madurez debió empezar hace mucho. Así es mi madre, me dice mucho con pocas palabras.

Esa mañana la noté distinta. La energía que tenía en sus ojos se estaba acabando. Me prometió que haría lo posible porque todo mejoraría. Miró a mi padre a los ojos. Y nos pedimos perdón, los tres. No volví a salir de casa para hacer cosas ilegales. No volví a pensar que podría ser dueño de mi futuro sin considerar a mis seres queridos.

***

Hoy, unos años después. Miro atrás y reviso los episodios que viví. Hubieron eventos que nos afectaron y nos pusimos tristes, hubieron situaciones en las que gracias a alguien terminamos beneficiados, hubieron discusiones que pudimos evitar, hubieron personas que pudimos conocer más y mejor, hubieron momentos en que debimos agradecer y dedicar más de nosotros mismos. 

Sin embargo, aprendí a estar satisfecho por lo vivido y resarcir los errores que cometí, a apreciar cada instante, a planificar el futuro apreciando la compañía de nuestros seres queridos, a perdonar, a pedir perdón y a agradecer a Dios por la vida, familia y amigos que tengo.

Nos vemos el siguiente martes.