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Un blog diferente.

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miércoles, 12 de marzo de 2014

A los ochenta en París.

A los 79 años ya nada debe parecerse ni verse similar, ni siquiera lejanamente parecido. ¿Cómo es que están dispuestos a esta monumental locura este par de ancianos desquiciados? Se preguntaba con una solemne sonrisa que le servía de máscara para ocultar sus pensamientos de hartazgo. Ser nieta de un adorable anciano de casi ochenta años era un privilegio del que ya casi nadie contaba. Pero tampoco nadie esperaba que de un día para otro al viejo se le ocurra hacer un viaje de cientos de kilómetros para hacer lo último de su vida, un suceso que él mismo calificaba como el final feliz de una larga y terrible historia.

- Nadie puede oponerse. Nunca nadie pudo oponerse, que me hayas acompañado no quiere decir que gracias a ti estoy aquí, solo me has acompañado, esto tenía que pasar de todas formas. Ese siempre fue nuestro destino, estar aquí. - Le dijo el anciano sonriente con un gesto de amabilidad y dulzura que solo los abuelitos buenos pueden reflejar.

Ambos estaban sentados en una sillita de fierro en un parque precioso de alguna parte del mundo bajo un cielo celeste que se opacaba de a pocos. Entonces el anciano le agradeció a su nieta haberlo acompañado, pero que era momento de que se vaya, ella ya iba a llegar y no quería que nada más los interrumpa, ya demasiadas cosas les habían interrumpido como para que ahora una más les sirva de pretexto para una tantas veces repetida postergación.

Entonces la nieta se fue y el anciano quedó solo por una hora y media más. Tomando un café muy caliente y leyendo Le Monde. Esperando con la paciencia de los ancianos. Y de pronto, ella se asomó con una sonrisa enorme que seguía siendo la misma a pesar de tantos años en su haber.

- Oye, viejo cojudo, ¿qué estás esperando?, ¿no me vas a dar un abrazo? - le dijo la anciana emocionada y casi riéndose.

El anciano saltó de inmediato y abrazó a la decrépita mujer que estaba allí enchalinada con un vestido blanco floreado, como en los sueños cuando los abriles aún rodeaban los veinte.

- Casémonos ya.

- Sí, hagámoslo, tómemonos este café y brindemos todas estas noches, las que nos queden, mirando a la Torre Eiffel, en este París que nos es ajeno, pero que es nuestro desde que éramos un par de adolescentes cobardes, incapaces de ser felices.

- Dos matrimonios fallidos en mi caso.

- Nunca me casé, pero tener un hijo no es gracia. Ser madre soltera era casi uno de mis sueños, una meta, tenía que hacerlo y demostrar que podía.

- No quiero postergar la historia, limoncita.

Los ancianos se tomaron de la mano y recordaron cada instante de sus vidas y cada uno de los vericuetos que los había mareado a lo largo de sus vidas y les habían condenado a ser felices cuando ya ni lágrimas existían. Solo risas, solo sonrisas. Lo único que les rodeaba era Francia y Europa y el dinero de sus haberes acumulado y muy bien amasado y ropas e historias, y muchas ganas de todo, de vivir, de empezar a serlo. La anciana tomó al anciano por el cuello y lo besó como si fueran dos adolescentes locos el uno por el otro y el anciano le siguió el beso. Por un momento todo el escenario se había transformado. Eran un par de jóvenes besándose y soñando una vida juntos, la verde vegetación que les rodeaba era testigo de sus jóvenes pasiones y sus manos traviesas. Luego de sesenta años una historia culminaba, muy cerca de que sus vidas entregadas a todos los días del verano estén cerca a la culminación, también.

martes, 11 de marzo de 2014

Ponte pausa

"En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos". Cuando declaró esta frase Andy Warhol no imaginó la inmediatez en que su presentimiento se haría realidad.
Hoy, los millennial somos un público muy ecléctico y crítico. No perdonamos el error y celebramos (aunque por poco tiempo) los aciertos. Nuestra atención se ha desarrollado en muhos niveles y el multitasking ya no es privilegio de una minoría. Nuestros hábitos nos hacen así, sin embargo corremos el peligro de no valorar algo realmente importante para nuestra vida y que pasa unos segundos frente a nuestros ojos.
Hoy deseo plantearles una tarea: Ponte pausa.
Una tarea sencilla y necesaria.
¿No les ha pasado alguna vez que han estado viendo una película o serie y se preguntaron qué fue lo que dijo el protagonista?
Entonces pusieron pausa y luego regresaron en la escena para escuchar con mayor detenimiento o ver algún detalle de la actuación o de la locación.
Antes de iniciar el día, decidan una hora para ponerse pausa. O coloquen su alarma en una hora al azar. Luego sigan con la cotidianidad de la rutina.
Al momento en que suene la alarma y llegue la hora programada. Miren a su alrededor y busquen una parte del paisaje frente a sus ojos que ustedes consideren sea un motivo para agradecer. Apunten el nombre del ser (ser, para mí,  implica todo aquello que tenga vida) que hizo posible el motivo para agradecer. Y sigan con la cotidianidad de la rutina.
Posteriormente, cuando tengan un poco más de tiempo, acerquense a ese ser y agradezcanle por el motivo que aprendieron a reconocer en aquel momento en que se pusieron en pausa.
Disfruten de la reacción que cada ser experimenta y comenten sus experiencias en este post o en el fanpage.
Gracias por llegar a esta parte de la lectura. Bendiciones para esta semana. Nos vemos el siguiente martes.
Chau.

lunes, 10 de marzo de 2014

El rey y la bailarina.

Sus delicados piececitos traspasaban armoniosos la barrera de quietud del lugar; todo un mar de serios y sosegados aristócratas meciéndose a un ritmo anticuado, pero felizmente allí estaba ella.
Llevaba ya varios segundos observándola desde su dorado asiento.
El porte de su delgada silueta danzando con gracia y soltura embellecía el panorama, fue entonces cuando el rey decidió abandonar la comodidad para invitarla a bailar a su lado. Ella hizo una suave reverencia ante su presencia, y con una amplia sonrisa aceptó su mano. Al llegar a la pista, el tiempo pareció no transcurrir, ambos habían encontrado un exquisito y perfecto ritmo, cada pieza musical era un pretexto más para no separar sus cálidos cuerpos. La sinfónica parecía tocar melodiosamente sus instrumentos solo para alegrarlos ellos, solo para aquellas brillantes miradas. El azul en el café, el marrón en el mar.
Un paso adelante y otro hacia atrás, una espléndida vuelta y otro giro más. El sonido de los violines era su guía, el marcapaso para seguir trenzando sus almas con la dulce compañía de los acordes destinados para cada baile. Acordes escritos desde antes, para aquel momento.
—Tu nombre debe ser más bello que cualquier canción —dijo el monarca con la voz aterciopelada—. Cántalo.
—Solo soy la bailarina, majestad —musitó con tranquilidad. El hombre de oceánicos ojos sonrió de lado y dándole un giro la atrapó.
—Entonces bailarina, ¿bailarías conmigo? —preguntó.
—Por supuesto majestad, ese es mi destino —dijo agachando sutilmente la cabeza, una cálida mirada se escapó por sus rabillos.
—¿Te quedarás para danzar cada pieza que se haya escrito en todo el reino? —interrogó, ella asintió—. Y bailarina, ¿prometes dedicar cada suspiro de tu alma cada vez que bailemos?
—Lo prometo majestad —respondió.
Cesaron de danzar, y el rey guió a la fina silueta de aquella misteriosa mujer al balcón del gran salón. Ambos empezaron a escuchar una tintineante melodía en su cabeza, parecía magia, la sonante conexión los elevaba a un afinado nivel.
—¿Lo oyes? ¿Oyes lo mismo que yo? —susurró el gran rey. La mujer de acaramelados ojos suspiró cansinamente, y volviéndose hacia él, tomó su mano, aquella mano que la había guiado a las más radiantes constelaciones musicales.
—Cada vez que oiga aquella melodía, recuérdeme majestad —espetó con ojos tristes—, recuerde que cumplí mi promesa. Dediqué cada suspiro de mi alma al danzar con usted majestad, y ahora que ya puede encontrarme en otra nota… es tiempo de irme.
—Pero bailarina, ¿a dónde vas?
—Solo soy la bailarina majestad, búsqueme y me hallará en cada dulce armonía y así, podré bailar con usted para siempre.

jueves, 6 de marzo de 2014

Si preguntas...

Así somos los escritores, nos desvivimos en letras por amores que son y no serán. Cruzamos las avenidas de lo incierto y nos aferramos a las pasiones que forman parte de la vida.
Tú, yo, ella (tú, otra vez), formamos parte de historias insulsas, cuentos, leyendas, fábulas, y creamos nuestro libro rojo, donde caen los restos que quedan de los besos y abrazos que repetimos de memoria cuando la noche se vuelve sicaria del alma.
Entonces el libro con hojas vacías vuelve a abrirse, vuelvo a empaparme en tinta, para desvivirme en otra historia que terminará cuando no haya más líneas por marcar.
Así somos los escritores, nos desvivimos en letras, morimos de amor y por otros vicios, y vivimos por ellos. También cambiamos, nos aferramos a ideales, vivimos, soñamos y a veces nos perdemos para, tal vez, encontrarnos. Pero siempre estamos... llevando una pluma a cuestas y un cuaderno arrugado, a donde nadie quiere ver. Conversamos con el viento, actuamos en el teatro de la locura y remojamos en tinta el corazón para vivir y desvivir, una y otra vez, nuestra voz.

Y cuando el silencio reina, cuando los ojos caen, cuando el sereno se levanta y se apaga la voz...
los escritores soñamos, despiertos, y tomamos una vez más la pluma para volar
hacia ese amor que es
y no será.

miércoles, 5 de marzo de 2014

La mujer de junto al pozo.

- Hola, Cleia. Soy Lucy, es un gusto tenerte aquí en nuestra familia. - Le dijo sonriente la rubilinda señora de 40 años, entrenzada y con unos ojos verdes gigantes y muy abiertos. Su mirada advertía una sonrisa extraña. Parecía fingida.

- Hola, Lucy. - Dijo de una manera efusiva Cleia. Rubia también, pero de ojos azules con una expresión mucho más transparente y hasta de alivio. - La verdad, Lucy, es que yo ya practico el ashtanga yoga desde hace un par de años, ¡me encanta!, ¿ya?, y ya pues, o sea, yo he venido aquí para continuar mi práctica y todo el asunto ya que yo me inicié en San Francisco como te decía, como que hace unos dos años y medio. El punto, Lucy, es que estoy muy interesada en hablar contigo sobre otro tema un poco más complejo. No sé si puedas ayudarme.

A su lado una enorme estatua dorada y pesada de Ganesh les infundía una sensación de tranquilidad inexplicable. Al lado del objeto un incienso se iba quemando bañando todo el ambiente amaderado en un fragante cítrico. Y más allá estaba Clara, tomando notas de todos los artículos, elaborando un inventario. Muy escéptica de casi todo lo que escuchaba allí, solo le interesaba la grata sensación de estar en un lugar donde nadie jamás enfurecía.

Luego de una breve introducción, Cleia fue al punto. Era una joven normal y feliz apunto de casarse con el sobrino del embajador de Israel, una lindísima y sonada boda en toda la sociedad limeña que valga conocer, a sus 28 años no había tenido ningún logro excepcional, pero había viajado a tantas partes del mundo que ello le permitía jactarse de un conocimiento autodidacta sobre el ser humano y, bueno, el padre, el apellido, todo ello le autorizaba socialmente a fungir de socióloga sin serlo. Y, bueno, su matrimonio se celebraría en un mes, y hasta hace dos semanas su vida era normal. Pero algo cambió repentinamente el curso de los hechos, dos días antes de culminar una de sus visitas a Estados Unidos, en San Francisco algo la dejó perpleja y se lo contó a Lucy.

- Estaba con Rodrigo, mi novio, haciendo compras a full porque ya nos veníamos en dos días y pucha, yo soy una compradora compulsiva. Y ya pues, nos enteramos que cerca a la escuela de yoga habían abierto una feria artística de pinturas de arte impresionista y a mí me encanta el impresionismo. Cuando revisamos el flyer, estaban allí importantes artistas contemporáneos y se iban a exponer también cuadros clásicos. Entonces ni lo dudamos y pactamos ir para ese mismo día, cosa que era imposible de postergar ya que ese iba a ser el último día de todos que funcionaba la feria en la ciudad.  Fuimos a un plan de las siete de la noche y estábamos fascinados, yo más que él, aunque estaba recontra feliz porque cuando estoy feliz con Rodrigo, mi felicidad se multiplica por diez. Y ya pues, como que estaba súper emocionada y luego llegamos al apartado de un muy joven británico de cabello muy negro, guapísimo, con unas facciones preciosas, el hombre era un modelo. Pero, bueno, me interesé un poco en acercarme a ver su obra y me encantó, tenía una técnica muy buena y sus cuadros estaban montados en épocas muy antiguas. Guerras medievales y cosas por el estilo eran la temática de casi todos sus cuadros. Le pregunté curiosa el motivo de recrear situaciones románticas, bélicas y hasta costumbrista de tiempos tan remotos y me dijo, con la mirada fija en el cuadro, yo toda embobada con su voz de británico cien por ciento varonil, que él sentía que tenía un fuerte compromiso pendiente con el pasado, que siempre lo había sentido así y que no podía vivir este tiempo sin dejar de buscar el lugar común que su mente le antojaba devolverle en sueños y recuerdos que no existen.

Clara se detuvo de realizar el inventario y se interesó en lo que allí iba a escuchar, ya que un muy candente desenlace y muy predecible para una trabajadora de un club yoga se asomaba como una cereza roja y liza deslizándose entre los dedos de quien la va a morder.

- Entonces, ¿qué pasó? - Le dijo Lucy interesadísima con su pésimo español que por momentos su infancia canadiense no le permitía conjugar con facilidad.

- Entonces, como que se interesa demasiado en mi conversación y ni siquiera me había mirado una sola vez, ignorando totalmente a Rodrigo, me dijo, ven. Y me mostró una pintura que yo, siendo la primera vez que la veía, ya la conocía muy bien. Debajo de toda la borrosidad del impresionismo, con toda la luz y colores expuestos, podía ver el pozo, la vegetación, el baldecito de madera, las flores rojas, el cielo celeste, hasta el olor del bosque se me vino a la mente cuando miré el cuadro fijamente. Era el mismo lugar que asaltaba mi mente tantas veces en tantos sueños. Rápidamente vinieron a mí violentamente, muchas escenas y empecé a espantarme, ¿cómo es que ese tipo sabía? Me veía allí, en fugaces imágenes corriendo al pozo, llorando, abrazando a alguien, lágrimas, un exhalo de dolor, un caballo negro, el sonido de metales chocando, el olor a las flores, el dolor, mucho dolor y algo aún más terrible, el amor.

- ¿Qué había pasado? - Lucy estaba explotando de la curiosidad. Sus ojos estaban más grandes que nunca.

- El tipo no decía ninguna palabra, pero el olor de su perfume amaderado ya había sido reconocido por alguna parte de mi cabeza y me estaba volviendo loca. Es como cuando alguien te pregunta algo y sabes la respuesta, pero no te acuerdas. Ya, así, como ese tránsito entre el olvido y el acierto, esa terrible sensación de saber que estás a punto de saberlo porque ya sabías sino que estás buscando en todos los registros de tu cabeza, ¡eso me pasaba! Y, entonces, el apuesto británico me miró fijamente a los ojos, por primera vez, Rodrigo no existía en ese momento, fue fatal. Sus ojos negros y con abundantes cejas y pestañas penetraron mi alma, no recuerdo su expresión del rostro, pero entonces supe que estaba viéndolo a él, al de mis sueños, al que me encontraba en el pozo de tantos recuerdos inexistentes, estaba allí ese caballero que me despedía con lágrimas y angustia. Entonces despegó la mirada y casi con la misma desesperación con que mi corazón corría, sacó una última pintura escondida, era el rostro de una mujer que no podría confundir de ninguna manera, Lucy, porque esa mujer era yo.

Clara estaba extasiada. Lucy tenía los ojos afuera del rostro.

- Me fui corriendo con Rodrigo. - continuó Cleia. - Lo tomé de la mano y me fui corriendo, estaba espantada, finalmente entendí demasiadas cosas sin entenderlas. Solo sabía que ya sabía eso que aún no entendía y por lo tanto no podía decodificar. Rodrigo nunca me volvió a preguntar y bueno, nos vinimos a Perú y ahora te busco, Lucy porque quiero que me hagas una regresión. Quiero saber qué pasó allí, quiero que alguien me lo confirme, estoy asustada, lo peor es que ya no soporto a Rodrigo cerca, ahora siento que no es el indicado y estoy horrorizada porque no quiero que el británico se vaya de mi vida porque siento que una vez yo me fui y ahora he vuelto a hacer lo mismo. - lágrimas de desesperación empezaron a surgir del rostro de Cleia. Lucy la abrazó y empezó a calmarla.

En alguna parte del mundo el británico pintor se estaría preguntando qué había sucedido. Por qué la mujer con la que tantas veces había soñado se volvía a ir, así como esa vez junto al pozo, por la maldita guerra. Juraron volverse a buscar hasta encontrarse y ya se habían encontrado, había que buscarse mil veces para encontrarse mil una y al fin, luego de tantas idas y venidas, cumplir con su destino, ser felices. Por lo menos en una de esas vidas.

martes, 4 de marzo de 2014

12.5

Esa extraña cualidad de que todo tenga su lugar adecuado. Disposición, ubicuidad, ocupación. Palabras únicas que describen el estado de las cosas en un segmento de tiempo.
Hubo alguna vez en alguno de aquellos sueños que no se olvidan, que viven en un anhelo irresoluble, un quizás muy pronto, una promesa de cercano regreso que alarga las distancias y los segundos... hubo alguna vez en esos sueños que la vida nos regala, aquella impresión de un suave silencio. El cálido abrazo de la luz de fogata alumbrando rostros cavilantes y proyectando en la pared sombras monstruosas, entre risas y asombros las historias de aventuras, de animales parlantes y valientes, de duendes voladores y sonrientes, de travesuras de nuestros padres cuando tenían tu edad se presentaban vívidas en la imaginación.
Esa localización de los objetos me ubicaba a mí en perspectiva ladeada a la derecha con los ojos como persianas indecisas. El suave reposo de mi cabeza sobre una almohada delgada con funda fabricada con palitos de tejer. El sonido de una conversación a medio volumen sobre las consecuencias de las decisiones erróneas para la familia. Y a frente mío, mientras mis ojos no me permitían estar despierto, veía la silueta de una anciana con lentes grandes, vestido de algodón y pantuflas. Sonreía, Natalia, casi siempre sonreía.
Continuaba su lucha con la diabetes, enfermedad por la cual le iban a amputar una pierna. Gracias a una terapia naturista sólo llegaron a amputarle el dedo anular del pie. Una providencia irrefutable para su fe. Leía su Biblia, rezaba al Señor de la Ascensión, asistía a misa y estaba pendiente de que todos sus hijos hayan comido (aún así ya esten casados y con nietos).
Ella era la matriarca de la familia y cada agosto traía a la mesa del almuerzo las anécdotas que vivió con Gegrorio, el abuelo que no conocí. Contaba sobre cómo se las arreglaba para hacer alcanzar la comida a sus nueve hijos y una hija. Sobre como era la vida durante la segunda guerra mundial y sobre cuando llegó la riel del tren al pueblo. Nos quedábamos asombrados por los detalles con que imprimía sus historias y las hacían muy interesantes.
Durante su vida, ella tuvo que ver a su esposo y cuatro hijos entregar las llaves, como ella decía, antes que ella. Sin embargo, mantuvo la entereza frente a la adversidad y el dolor. Su fe jamás se quebrantó. Y ahora me alegro del legado que dejó a sus hijos. La decencia, el respeto y la lectura. Pues llegó hacia mi a través de mi padre. Entregándole a mis genes su 12,5 por ciento de herencia y sus historias que se mantienen vívidas en mi memoria.
Te extraño abuela Nata.

lunes, 3 de marzo de 2014

Mujer de la noche

Cruzó la avenida y esperó por algún carro. Era aún muy de mañana, pero sus ojeras mostraban su cansancio. Era fea, estaba escuálida y llevaba el maquillaje corrido. No la hubiese notado de no ser porque cada transeúnte que pasaba por su lado miraba a la pobre mujer con un gesto de desdén o asco.
La noche que acababa de pasar había sido muy fría, pero ella parecía no tener cuidado alguno por ello: vestía una falda muy corta y un vestido delgado de un color que no puedo recordar,la escena la percibía tan triste que llevaba mi ojos a su rostro para guardar casi eternamente su gesto de angustia, repudio a sí misma y cansancio. De vez en cuando tragaba saliva y con ella parte de su angustia para sonreír de manera forzada, dejando ver apenas sus dientes que se enfilaban desordenadamente.
El tiempo pasaba lento pero el día se aclaraba rápidamente, llegaba cada vez más gente al paradero que subía en alguna línea y desaparecía en ella. La mujer seguía en el mismo lugar, observando a la gente, a una familia, a una pareja, a un solitario. Pero había dejado el oficio horas atrás y quizá sólo buscaba regresar o huir.
¡Qué escondería detrás del maquillaje, la ropa y el oficio! Eso es algo que nunca sabré, algo que quizá sería yo poco valiente como para preguntar. Mis reflexiones escasas se vieron interrumpidas por la llegada del transporte que debía tomar.
A través de la ventana la vi sonreír y mi corazón se arrugó por un instante. Ella es una de las mujeres de la noche. En ese instante me convencí de que no hay escena más lamentable que verlas de día, incapaces de ocultar su identidad, ante las miradas de todos y buscando libertad, sonriendo con pesar: siendo mujeres buscadas de noche y repudiadas cuando el día clarea.